Las cosas que no entiendes

De repente estas ganas impertinentes de ir a Buenos Aires, meterme en cafetines y en librerías de viejo, comer pizza en locales centenarios y volver a Madrid cargado de libros de César Aira, de Bob Chow y de Raymond Roussel.

Hace un rato he ido a correr por la playa. Once minutos y pico. Al terminar, me he quitado las botas del fútbol, el pantalón del chándal —debajo llevaba un traje de baño, Ussía dixit— y la camiseta, y me he sumergido por completo en el mar.

He terminado un poema que empecé hace unos días. Tengo otro a medias que espero concluir en breve.

Estoy tratando de conformar un repertorio razonable para armar un nuevo libro. No entraba en mis planes inmediatos, pero en la Feria del Libro de Madrid fui a saludar a X, que firmaba en la caseta de la editorial W, y éste me animó a enviarle un borrador a la editorial, ofreciéndose él mismo a prologarlo.

La editorial W es mi editorial de poesía predilecta y X uno de mis poetas más apreciados.

Hace algunas semanas volé a Lisboa para pasar unos días con mi amigo Manolo y su familia. Fue un placer compartir tiempo con ellos y conocer la nueva casa de campo que han adquirido. En Lisboa había estado dos veces y no iba desde el año de gracia y del tigre de dos mil diez de nuestra era. La sensación que tuve al recorrer sus calles fue bastante inquietante: no recordaba apenas nada de cuanto veía y lo poco que identificaba me resultaba distinto. Fue como pisar una ciudad por primera vez.

Dice César Aira en una entrevista que le interesan más las cosas que no entiende que las que sí. Comparto su inclinación y la experimento en grado sumo en el ámbito de la informática. La informática de gestión —la rama que suele ofrecer mayor oferta laboral y a la que me dedico profesionalmente— pertenece a ese dominio de las cosas perfectamente comprensibles. De ahí que nunca me haya interesado más que como una aparatosa Máquina de Goldberg que efectúa una labor tan simple como transportar monedas desde las arcas de la empresa a mi cuenta corriente.

Si bien es cierto que, en ocasiones, unas líneas que has tecleado no se comportan como esperabas y ese desconcierto despierta en ti un sucedáneo de fascinación, por lo general este campo de la informática es previsible y comprensible y, por ende, poco interesante.

Ésta es la razón íntima —más allá de la aspiración a un futuro laboral más rico en posibilidades— por la que estoy estudiando Ciencia de Datos. Siempre he sostenido que la informática de gestión consiste únicamente en tomar unos datos que están ahí y mostrarlos. La Ciencia de Datos, en cambio, consiste —y ésta es la gran diferencia— en mostrar unos datos que no están ahí.

Por idéntica razón, supongo —las cosas que no entiendes—, estoy aprendiendo a echar el tarot y a jugar al backgammon.

Lo bueno, para que sea bueno, tiene que obedecer a los paradigmas ya establecidos. La función del artista no es obedecer paradigmas ya establecidos, sino crear paradigmas nuevos, crear cánones nuevos. Crear algo que, después, lo bueno se juzgue a partir de lo que hizo él.

César Aira

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