La tercera vez que vi Braveheart

Vuelvo a jugar al fútbol sala después de ocho meses y medio. No me siento mal del todo. Lejos de mi cien por cien físico, pero para llevar tantos meses sin jugar, no está demasiado mal.

Perdemos algo así como doce a nueve, aunque marco tres goles: uno de desmarcarme, recibir el pase y rematar, otro —típico mío— de irme por banda izquierda, tirar de puntera con la zurda y atravesar al portero por debajo de las patas, y otro de echármela hacia la derecha para eludir al defensa y cruzarla al segundo palo, pega en el mismo y entra.

—Ayúdame a ser fría. Como antes —me escribe P.

En el aikido aprendes a caer. En la vida, también. No sé cuántas veces me han roto el corazón, pero aún sigo siendo capaz de implicarme. Con prudencia, eso sí. Pero sin experimentar ese miedo tan condicionante que padecen los futbolistas a los que alguna vez les ha hecho crac el ligamento cruzado anterior.

Hoy cumpliría ochenta y un años Rafael Sarmentero si hubiese nacido un ocho de enero, hace ochenta y un años. Estoy hasta las narices de efemérides absurdas. Y después, gloria.

Crema de calabaza: el alimento de los genios.

Cuando tenía veintitantos años, lloré por primera vez viendo una película. Sucedió con Braveheart. Lo curioso es que era la tercera vez que la veía. En las dos ocasiones anteriores, no hice ni el amago de llorar. Desde entonces, he llorado al ver otras películas. Como si aquellas primeras lágrimas hubiesen abierto una compuerta y dado acceso al interior de una cámara secreta.

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