La profesión más sexi del siglo XXI

© Roger Wolfe.

Queda inaugurada la temporada del polo. Del polo de vestir. La del otro, ya veremos. Aún tengo pendiente desde hace varios años probar los polos hipsters que venden en Malasaña.

Voy a una boda en Logroño. Es decir: no veo la final de la Champions.

Traje gris, ni muy claro ni muy oscuro; camisa gris un tono más claro; corbata amarillo yema de huevo.

Como ya he comentado alguna vez, no soy social, pero sí sociable. Dicho de otro modo: soy asocial pero no antisocial.

En la boda soy social hasta que empieza el ruido —eufemismo: música—. Lo siento mucho, pero lidiar con un alcoholizado desconocido que, copazo en mano, me grita obviedades a un centímetro de la oreja para hacerse oír sobre un chinchimpún demoniaco excede mi concepto de socialización. Llámame sibarita.

La final de la Champions la pierden los de Guardiola, a mi pesar.

Guardiola tiene una frase —que ya cité en Sano y salvo en Shibuya— bastante similar a una que escribí yo en El día del floculante, novela inédita —y bien inédita que está— que escribí entre los diecisiete y los veinte años. Mi frase decía: Arriesgar para no arriesgar. La suya: No hay nada más peligroso que no arriesgarse. Y vaya si arriesgó en el partido: sacó una alineación sin mediocentro defensivo —aunque también sin delantero centro, todo sea dicho—. Pero no le salió bien la jugada porque, en puridad, no arriesgó: sus equipos están tan educados en la sacrosanta posesión del esférico que son incapaces de intentar un pase que entrañe una cierta dificultad. A mí esto me parece un síntoma de conservadurismo, de falta de agresividad. ¿No es mejor fallar nueve pases de diez, si el décimo va a propiciar una ocasión franca de gol, que no perder ningún balón pero ser incapaz de ver puerta?

No vi el partido, cierto; pero a juzgar por el resumen y por las críticas leídas en la prensa, parece que el Manchester City habría jugado un excelente partido si, como dijo Maradona, las porterías estuvieran de costado.

Ciencia de Datos: La profesión más sexi del siglo XXI, afirma Fredi Vivas en una charla TEDx. Depende, como dijo el poeta.

En Fundamentos de la Ciencia de Datos me califican una PEC con un C+. Reconozco que arriesgué: dije que no creía en la justicia social:

A mi juicio —tal vez errado, pero honesto— la justicia social implica la injusticia individual. ¿Por qué? Por el siguiente razonamiento: Si admito que la vida puede ser justa o injusta y juzgo que ha sido injusta con determinada persona, entonces podría tratar de hacer justicia dando a esa persona lo que la vida no le dio o le quitó. Si yo pudiese hacer tal cosa sin que para darle a uno tuviese que quitarle a otro —que nada hizo mal para merecer dicha sustracción—, en tal caso sí podría aspirar a hacer algo parecido a la justicia. Pero comoquiera que dicho escenario no puede acontecer —para dar algo a una persona primero hay que quitárselo a otra—, considero que se estaría cometiendo una injusticia en nombre de una supuesta justicia. Algo así como un árbitro que, consciente de que señaló equivocadamente un penalti, decide pitar otra pena máxima inexistente para intentar hacer justicia. O algo así como que se obligue a un individuo a donar un riñón a otro que, por azares de la vida, ha perdido los suyos. Pero es que, además, este supuesto tampoco podría darse porque, en mi opinión, la vida no puede ser justa o injusta, en la medida en que no es un sujeto moral. Decir que la vida es justa o injusta es tanto como decir que una tormenta eléctrica puede tener mala idea por lanzar sus rayos contra nuestros tejados o contra seres inocentes. La justicia es una cualidad humana que precisa de una voluntad, un criterio, una capacidad de elección. Entonces, sintetizando, hacer justicia social equivaldría a ser voluntariamente injusto con una persona para tratar de resarcir una inexistente injusticia padecida por otra. Así, en lugar de guiarme por el objetivo de pretender hacer justicia social, lo que yo haría como profesional es apelar siempre a la empatía de los seres humanos, concienciando a quienes yo pueda influir del inevitable azar al que nuestras vidas están sometidas para que, voluntariamente, se presten a ayudar a los más desfavorecidos, conscientes de que estar en una buena o mala posición no está al 100% en nuestras manos. Si nos tocan malas cartas, uno puede llegar hasta donde puede llegar.

Quiere unirse al equipo de Rothamsted, quiere descubrirle una utilidad a las matemáticas con las que ha trabajado durante años, pero también quiere acudir a recitales de poesía, conocer a escritores y pintores, tener aventuras amorosas. ¿Cómo iba a conseguir que la gente de Rothamsted —hombres con chaqueta de tweed que fuman en pipa, mujeres de pelo greñudo y grasiento con gafas de sabihondas— lo entendiera? ¿Cómo podría pronunciar delante de ellos palabras como amor, poesía?

J. M. Coetzee, Juventud

En España, la palabra polifacético es peyorativa.

Pedro Ruiz
© Roger Wolfe.

Quedo con Roger Wolfe. Me regala el primer tomo de su antología Toda esta poesía, editada por Renacimiento. Resguardados bajo el toldo del Café Moderno —del Café Moderno de Logroño al Café Moderno de Madrid en menos de una semana—, asistimos al gozoso espectáculo de la lluvia: un mirífico chaparrón propio de latitudes tropicales lava con manirrota alegría la Plaza Comendadoras.

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