La importancia de la claridad

Es absolutamente denigrante. Un caballero sortea la mediocridad statbuckiana pidiendo taza de porcelana en lugar de ese disparate de vaso de papel, y el establecimiento lo provoca acompañando la misma con una horrible, ridícula e infantil cuchara de PVC.

La importancia de la claridad en la escritura: Dice la Lonely Planet: «Es la segunda masa de agua más salada del mundo (después del lago Assal, en Yibuti), con una salinidad del 31%». Bien escrito sería: «Con una salinidad del 31%, es la segunda masa de agua más salada del mundo (después del lago Assal, en Yibuti)».

Cuando ya estaba todo preparado para retomar la escritura de la novela este lunes, se me estropeó la tarjeta SD con la que arrancaba Arch Linux en el MacBook. El camino de la autorrealización está plagado de imponderables. Es como si el universo quisiera impedir que lleves a cabo tu propósito vital.

He pensado que voy a hacer una partición en el disco duro del portátil y voy a instalar ahí el Linux. Me he puesto a hacerla esta mañana, antes de ir a trabajar, pero no ha sido posible. El sistema operativo me ha obsequiado con uno de esos errores oscuros contra los que muy poco se puede hacer. Es lo peor de la informática: los mensajes de error ambiguos, genéricos, vagos. Del tipo: «Error. La operación no se ha podido completar con éxito». Pues vale.

Google me envió el otro día un correo electrónico en el que me invitaba a revisar mi actividad durante el mes de noviembre. Como, a poco que te descuides, el muy ladino rastrea tus pasos a través del GPS del móvil, todos los desplazamientos que has hecho y los locales que has visitado constan en su base de datos. La novedad es que ahora, por lo visto, se pueden consultar.

Lo que hice en noviembre me traía sin cuidado. Pero recordé que siempre había querido conocer un dato: ¿Cuánto caminé aquél ya lejano día del año de gracia y del gallo de dos mil diecisiete de nuestra era, en el que me pateé Seúl? Ahora puedo responder la pregunta: veintiocho kilómetros.

M y yo hicimos onigiris la otra noche. Nos quedaron razonablemente bien, dada nuestra falta de pericia culinaria. Repetiremos y elevaremos nuestro listón.

«No es signo de buena salud estar adaptado a una sociedad profundamente enferma.» (Jiddu Krishnamurti.)

El primer síntoma del totalitarismo es pensar que alguien es un provocador.

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