La engañosa frivolidad del hombre profundo

Voy con María al cine a ver Las niñas.

Yo antes no iba al cine a ver películas que no me interesaran.

Pero cuando empecé a salir con María concluí que, si alguno de los dos tenía ganas de ver un determinado largometraje, era mejor soportar el trance a cambio de que el otro hiciese lo correspondiente. En definitiva: perder cinco para ganar diez.

Sin embargo, me había negado a ver Las niñas. Apesta a feminismo, había objetado cada vez que María intentaba convencerme con lastimeros reclamos proferidos con atiplada voz.

Pero mi negativa obedecía también a una cuestión de reciprocidad: María no había querido ir conmigo a ver First love ni Apocalypse now: Final cut porque, según ella, las películas de acción la marean (sic).

Sucede que uno tiene su corazoncito, como dijo el poeta; y al final termina por ablandarse. Eso sí: luego de canjear la concesión por un vale para un próximo visionado de una película que sea de mi interés.

Hay que afrontarla [la muerte] con toda su crudeza. Y sobre todo lo que hay que hacer es no olvidar tan fácilmente el deber de ser felices. Somos una casualidad y el tempo que vivimos es muy limitado; y deberíamos sacarle más partido. Y probablemente ser más felices. Nos complicamos a veces con cosas y con problemas que no lo son tanto.

Jorge Ilegal Martínez

Uno de mis temores —ya lo he comentado alguna vez— es que me dejen de interesar las novelas.

Que a uno le deje de interesar la ficción es algo relativamente común. A mi madre, gran lectora, le dejaron de interesar las novelas en cuanto empezó a cursar Geografía e Historia por la UNED. Aducía que, una vez que tratabas con la realidad, la ficción se te antojaba una suerte de broma. El cine, en cambio, sí le sigue interesando.

Mi padre, por contra, no veía películas prácticamente nunca. Una al año, pongamos, de media. Decía que no se las creía. Solo veía documentales y deportes.

Pienso que ahí puede residir la clave: en la verosimilitud. Con la edad, uno se vuelve más escéptico. Cada vez es más difícil que te la cuelen.

De modo que —concluyo— para que una novela te guste a partir de cierta edad, es necesario que esté lo suficientemente bien armada para que al leerla te genere el interés que solo te genera lo real.

Esta conclusión es motivo de alegría, pues significa que seguiré siendo capaz de disfrutar de la ficción; solo es preciso que ésta sea de calidad.

Ejemplo de disfrute reciente: La mujer en la ventana.

Yo sólo te digo una cosa, estrellita de rock que posas de tipo duro: las botas Chelsea son de mujer.

Está claro que la mejor opción posible es vivir sin trabajar.

¿Mejor que trabajar en lo que te gusta? Bueno; son dos formas de decir lo mismo. Trabajo es aquello que no harías gratis, recuerda. Aunque además de: en lo que te gusta, yo añadiría: cuando te apetezca. Este matiz es importante.

En orden de prelación, tras este modo de vivir tan utópico, viene el de trabajar para uno mismo. Sin jefes, sin horarios, y de manera deslocalizada.

Habría dos formas de lograrlo: vendiendo por Internet, bien productos físicos, bien digitales, o mediante páginas que contengan enlaces de afiliación.

Tanto la venta de productos digitales, como la creación de páginas monetizadas mediante marketing de afiliación, son opciones muy poco glamurosas. ¿Escribir o grabar cursos? ¿Contratar redactores publicitarios —copywriters, si bebes chai tea en Malasaña— para que escriban artículos sobre temas específicos de nulo interés para mí? No en esta vida. Chapeau para quienes se ponen manos a ello. Pero para reunir la voluntad necesaria para enfangarse en semejantes lodazales, es necesario que tu interés por generar dinero supere el umbral de motivación. Y en mi caso esto no sucede. Además del incentivo económico, yo necesito un tirón adicional para ponerme a funcionar.

En el documental Ashley Madison: Sexo, mentiras y ciberataques, Veronica Vain, CEO de Bang Box, señala:

Hablando como emprendedora, la mayoría, cuando tiene una idea, es porque vieron una necesidad del mercado para algo que ellos necesitaban. La mayoría de los emprendedores no dice: Oh, la gente necesita esto pero en realidad no lo quiero. La mayoría de los emprendedores, cuando comienza algo, quiere el producto. Por eso lo hace.

Tengo una idea acerca de qué producto vender. No obstante, entre la idea y la acción existen unos cuantos años luz de arduo transitar.

—¿Cuál es tu plan? —me pregunta mi hermana.

—Pues lo cierto es que no tengo plan A. Solo tengo plan B.

Involuntarias boutades aparte, el plan B es aprender big data o ciberseguridad. La primera materia tiene de atractivo lo relacionado con la inteligencia artificial; y con la estadística. La segunda, con la posibilidad de poder vivir como un lobo solitario que analice páginas web para detectar vulnerabilidades —pentesting, lo llaman— para comunicárselo a la empresa en cuestión a cambio de dinero.

En el mencionado documental sobre Ashley Madison aparece un chaval de Filipinas que se paga los estudios universitarios con los ingresos que obtiene de este modo.

En lo sucesivo voy a volver al exhaustivo guionizado de mis novelas. A la escaleta, es decir, al guión detallado a nivel de capítulo.

Sí, será menos divertido escribir sabiendo de antemano lo que va a pasar. Pero para mí es la mejor forma: pensar y ejecutar. Guionizar y filmar. Por mi trabajo y demás intereses vitales, no tengo todo el día para divagar entre ensoñaciones varias acerca de lo que va a ocurrir a continuación en la trama. Mis momentos de escritura son eso: momentos. Periodos de media hora, una hora, en los que más me vale saber lo que voy a escribir. Incluso cuando le dedicó más tiempo —por ejemplo, los domingos por la mañana, en los que suelo desayunar solo, como ahora mismo— prefiero tener clara mi hoja de ruta, pues es la estrategia que me ofrece más rendimiento, mejor ratio de palabras escritas por minuto de tiempo de escritura. A escribir, como a programar, es mejor venir ya pensado de casa.

A ti te enseñé yo cómo remediar el hipo en una habitación del Hotel Riu.

Voy al cine con María a ver la última película de Woody Allen —Rifkin's festival—.

—Tú no eres profundo. Eres una persona muy práctica —me dice María durante la proyección.

Creo que su apreciación no es acertada.

En mi opinión soy ambas cosas.

Hay dos tipos de personas prácticas: las que no les dan vueltas a la cabeza porque no tienen nada en qué pensar, y las que no lo hacen porque ya han pensado tanto sobre casi todo que no precisan seguir haciéndolo para adoptar una postura o emitir un juicio.

Mi caso es el segundo: soy profundo porque reflexiono mucho sobre los más diversos asuntos, tanto los grandes como los pequeños —¿Qué llevo todo el día haciendo al escribir esta vaina, sino reflexionar?—. Lo que ocurre es que le he dado ya tantas vueltas a ciertos temas, que he llegado lo suficientemente hondo como para alcanzar una conclusión; lo cual me permite ser práctico.

Todavía no he subido al monte Fuji.

Por cierto, si quieres recibir de vez en cuando algún texto mío más personal, déjame aquí tu nombre y tu dirección de e-mail*:

(*) Lee mi manifiesto sobre las redes sociales.