La electrizante vida de Rafael Sarmentero

Carlos Audaz es un chaval de veintitantos años que sube vídeos a YouTube. Su canal se llama «The Audaz Show», y en él comparte sus vivencias grabadas por él mismo con una videocámara de mano.

Carlos Audaz trata de llevar —y, por tanto, de mostrar— una vida de viajes, lujos y mujeres. Los Ángeles, Las Vegas, Miami, Nueva York, tonteo con una, tonteo con otra, beso con una, beso con otra, descapotables, «locura máxima», «¡buah!», «mirad, qué pasada», «vamos a armar una buena».

En el mismo momento en que Carlos Audaz pasea por Canadá con un par de tías a bordo de un Maserati, yo estoy solo en Madrid, en mi piso de cuarenta metros cuadrados, son las diecinueve cuarenta y ocho y ya he cenado. Esto que puede sonar a lamento es justamente lo contrario: es un elogio de la vida corriente, de lo que ocurre en la trastienda, de lo que sucede cuando las cámaras dejan de grabar.

La obra tiene que salir adelante, y la vida también. No hay placer en el exceso de placer. Qué haces tumbado en la arena blanca de Koh Phi Phi cuando llega el día cuarenta y seis de vacaciones.

La felicidad es rutina y ruptura. Soñar con Indonesia en este apartamento, tecleando estos caracteres verdes sobre fondo negro; soñar en Indonesia, mecido por las olas, con este apartamento, esta mesa baja y esta manta de lana roja que cubre ahora mismo mi regazo.

La otra noche soñé que llevaba a reparar un monitor Apple de fósforo verde, me habían presupuestado cincuenta euros y querían cobrarme trescientos treinta. Ahí lo llevas, Freud.

No escribo en verde sobre negro porque haya tenido de niño un monitor de fósforo verde y lo eche de menos. Tampoco por dármelas de hacker. Escribo en verde sobre negro porque son los colores que mostraba el WordStar 4.0 con el que empecé a escribir a ordenador. Cómo no amar el WordStar. Dios santo, viva el fútbol.

Me gusta la vida que llevo. Escribo poemas, pequeñas prosas como ésta, pienso en futuras novelas, doy una vuelta, hablo con gente, tomo café. Esta serenidad no exenta de deleite, que no precisa de esnobismos ni de vértigos triviales. No la llamaría «realismo mágico» porque el término ya está cogido, pero tal vez podría llamarla «costumbrismo flamboyante». O algo así.

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