La decepción siempre está en la expectativa

Cuando S me propuso escribir el rap, un entusiasmo adolescente —valga el pleonasmo— comenzó a fluir por mis arterias. Mi corazón bombeaba sangre a más BPM de lo que alguien que sólo se permite un par de signos de exclamación al día está acostumbrado a experimentar.

A la buena disposición con la que encaro tales menesteres, se unió lo prometedor que se dibujaba el futuro inmediato: tras escribir el rap, asistiría con mi amiga al estudio de grabación, y allí disfrutaría del privilegio de ver cómo trabaja un rapero profesional, quien me daría algunos útiles consejos y me deleitaría con sus buenas artes ejerciendo su faceta de productor.

Estaba deseoso de que llegase ese día.

Yo hice bien mi parte, creo. Escribí un buen rap. Hice algún ajuste que mi amiga me pidió. Tardé menos de cuarenta y ocho horas en terminarlo.

Pero lo demás no salió como esperaba.

En primer lugar, mi amiga se fue a grabar el rap ella sola. No me dijo nada. (Esta última frase la habría puesto entre signos de exclamación, pero ya he dicho que sólo me permito un par de signos al día y los tengo que reservar.)

No sólo no se le pasó por la cabeza la —a mi juicio— más que palmaria idea de que al autor le gustaría estar presente en la grabación de su propia letra. Es que ni siquiera comentó de pasada que iba a grabarla dicho día, como quien, hablando más para sí mismo que para su interlocutor, te hace partícipe de un hito caprichoso de su agenda. Ni ese ápice de fortuna tuve.

Tras hacerme saber que había concluido la primera sesión —la canción se grabó en dos sesiones—, le dije que me gustaría, al menos, acudir a la segunda. Y ella se lo planteó al rapero / productor.

Pero el rapero dijo que no.

Si yo hubiese sido la que S califica como su amiga de «culo diez» —la culombiana, prosaicamente Sarmentero dixit— tal vez habría estado de acuerdo en que los acompañase en la grabación. Pero no lo soy. Soy un tío. Y Manta Slow —así he empezado a llamar al rapero en mi cabeza—, en su microscópica masculinidad, quería ser el único gallo de su modesto corral. ¿Que qué excusa me puso? Que prefería que no tuviesen distracciones durante la grabación. Que ya, si eso, la próxima vez. No te lo pierdas: distracciones. No te lo pierdas: que ya, si eso. No te lo pierdas: la próxima vez.

Y hasta ahí hubiese estado mal, por la falta de etiqueta para con el autor, pero lo hubiese tolerado. Pero lo peor estaba por llegar.

Y ha llegado hoy, Madrid, miércoles, veintitrés de enero del Año de Gracia y del cerdo de dos mil diecinueve de Nuestra Era: que a la letra, me cuenta mi amiga, ha habido que hacerle algunos cambios. Que me lo va adelantando, dice mi amiga, porque me voy a enfadar. Que ha habido que cambiar algunos adjetivos para que encajen en la base; y añadir una estrofa.

Pero vamos a ver. Vamos a ver que nos vayamos organizando. ¿Cómo que ha habido que cambiar algunos adjetivos para que encajen en la base? Por favor, Manta Slow. Que eres un rapero profesional. Que vives de esto. Que te he escrito una letra que no puede ser más ortodoxa. Que sólo he usado octosílabos. Que todos los acentos prosódicos coinciden con la caja. Que no me salgo del cuatro por cuatro en ningún momento. Por el amor de Sansón y Dalila. ¡Que he sido capaz de rapearla hasta yo! (Ahora sí, los signos.) Y para colmo, una estrofa injertada. Como una transfusión de sangre a be positivo en un receptor cero negativo.

¿Tanta elegancia era pedir que se consultara al autor? Que se le comentase: «Oye, me está pasando esto, ¿puedes cambiar esto?» «Oye, me falta una estrofa para ajustarla a mi base, porque soy un poco inútil y no consigo cuadrarla. ¿Podrías escribir una estrofa más?»

Sí. Supongo que era pedir demasiado.

A mi amiga, si bien me desconcertó que no se le ocurriera que me podía interesar estar presente en la grabación, no le reprocho la profanación de mi letra. A fin de cuentas, ella sólo me pidió que la ayudara. Y yo le di la letra. Para que hiciera con ella lo que quisiera.

En cuanto a la mutilación del texto, lo que más me afecta es la pérdida de la ilusión. No es la primera, ni la segunda, ni la tercera vez que alguien toma una letra mía y la convierte en un Frankenstein de cuya paternidad no hay quien moralmente se haga cargo. Pero sí era la primera vez en que yo me había ilusionado en grado sumo ante la perspectiva de su musicalización.

La decepción siempre está en la expectativa.

Pero también la felicidad está siempre en la expectativa.

A continuación procedo a efectuar una inspiración en cuatro segundos, retengo el aire durante siete, y lo expulso durante ocho.

Y saco conclusiones para el futuro.

«No demos a nadie la ocasión de ser vil. La aprovecha.» (Nicolás Gómez Dávila.)

Que Dios reparta suerte. Namasté.

[Leer continuación]

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