La currante

Te acuestas. Te levantas. Muy temprano.
Y apenas desayunas, ya te engarzas
en esa gris cadena de montaje
de hora sobre hora sobre hora;
en esa factoría de amargura
que acartona el bambú que un día fuiste.
Tu cuerpo no tolera tanto tedio,
pero sigues, constante, braceando
con la inercia post mortem del insecto
que yace espachurrado en la escalera.
Vistes el mono azul —negro de lágrimas—
que a todos os entregan a la entrada.
Esfuerzo; sacrificio; resistencia.
Apatía; dolor; desesperanza.
Sólo pausas tu horario laboral
para picotear algún currusco,
y vuelves a tu puesto sin demora;
y sigues trabajando hasta la noche.
Trabajas para otra; eres su esclava.
La otra está viviendo la gran vida.
La jefa a quien le entregas tu sudor
es una señorita jerezana
que bebe fino y dicta conferencias.
Se dice que sonríe hasta en domingo.
Se siente realizada y viaja mucho.
Es feliz a tu costa. Eso te mata.
No aguantas que su bien sea tu mal.
Te exige que trabajes todo el tiempo.
Tú quisieras largarte y no volver.
Pero ella no te deja que te marches.
Te pide que te impliques con más brío.
La odias cada instante, pero acatas.
Acatas porque sabes que tu jefa
no existe como tal: eres tú misma.
Es tu yo del futuro, que te dice
que vas a conseguirlo si te empeñas.
Pero que es necesario que termines
este curro llamado oposición
para ser algún día lo que es ella.

* * *

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