Juan José Millás baja a la tierra y me invita a una tónica

Algunos cierran bares. Otros abrimos casetas.

—Yo siempre leo a la defensiva —le digo a Juan José Millás—. Como si no quisiera que me gustase lo que leo. —Sospecho que lo hago porque leo como escritor, no como lector—. Así que la primera vez que leí algo tuyo, que fue Primavera de luto, pensé: «No está mal; pero los cuentos se parecen demasiado». Porque todos terminaban con «En fin».

Juan José Millás, su mujer y yo vamos caminando por Augusto Figueroa. Los estoy guiando desde Libertad 8 hasta Aleatorio! Bar.

—Es que esos cuentos formaban parte de una serie que escribí para El País —me explica Millás—. Y la serie se titulaba así: «En fin».

Repito: voy por la calle caminando con Juan José Millás. Como dos viejos amigos. Me hago la misma pregunta que en otros momentos estelares de mi vida me he formulado: ¿Cómo he llegado hasta aquí? Estoy hablando con uno de mis escritores favoritos de todos los tiempos. Aquél que, hace veinte años, incluí mentalmente en la que bauticé como mi Trilogía de las Cuatro Jotas: Julio —Cortázar—, Joaquín —Sabina— y Juan José —Millás—. Con el escritor que es capaz de comparar un muerto de un accidente de tráfico con un bocadillo de mortadela.

Así es: los mitos también tenemos mitos.

Este particular encuentro no es fruto de estrategia alguna, sino de puro azar: En octubre o noviembre recito en La Tabacalera. Allí coincido con un individuo que declama, de memoria y de modo teatral, un texto bastante extraño. El tío me cae bien y valoro que su discurso se aleje —en fondo y forma— de ese otro tan manido que estoy habituado a escuchar en este tipo de suburbios literarios.

El tipo se hace llamar Millás, y evidentemente me planteo si tendrá algún parentesco con el ínclito escritor. No le pregunto.

Meses después asisto a un evento llamado «sucio slam», un invento que, según leo, es originario de Chile y consiste en una competición poética que tiene lugar en la calle. Éste en concreto se celebra en La Pelubrería, una peluquería ubicada en lo más profundo de Chueca.

Los poetas recitan dentro del local, en el escaparate, mientras los espectadores escuchamos desde la calle a través de un altavoz. La acera es estrecha, por lo que muchos ocupamos la calzada y nos vemos obligados a desplazarnos cada vez que se aproxima un vehículo.

Antes de que dé comienzo el slam hablo con Millás y —ahora sí— le pregunto:

—¿Tienes alguna relación con Millás el escritor?

—Sí. Soy el pequeño.

—¿El hijo pequeño?

—Sí.

Algunos días después, me acerco a Libertad 8 porque actúa allí. Llego puntual, una mala praxis cuando se trata de acontecimientos relacionados con la poesía.

Saludo a Millás, que se queda en la calle hablando con unos amigos, y entro en el local para coger sitio. Y de repente lo veo: Millás. Pero no Millás hijo, sino Millás padre. Millás Juan José Millás.

Me apresuro a estrecharle la mano.

—Eres uno de mis escritores favoritos —le digo—. Y por «favoritos» me refiero al top tres.

Le comento que el año pasado fui a verlo a la Feria del Libro y le hice una pregunta. De mí no se acuerda, pero sí de la pregunta. Yo también recuerdo la respuesta.

Viernes. Feria del Libro de Madrid. Retiro. Firmo libros en la caseta de Huerga & Fierro. Les he pedido a mis lectores que me traigan café.

Una lectora se acerca y me dice: «No te he traído café. Pero te he traído una Coca-Cola». Me da una lata. Llevo diez o doce años sin tomarme una Coca-Cola. Me la bebo.

«Coca-Cola: la bebida de los locos.» (Leopoldo María Panero.)

Para no parecer tan prepotente estoy empezando algunas frases con «Creo».

Libertad 8. Pido una tónica. Millás pide un agua Vichy Catalán. Su mujer, una cerveza artesanal. No me fijo en lo que piden los demás comensales. Millás extiende su tarjeta de crédito y no nos deja pagar.

Según un estudio que me acabo de inventar, cuantos más selfies tiene una tía en su Instagram, menos interesante es.

El orden alfabético —para mí, la obra suprema de Millás— es el libro que más veces he regalado. Lo leí con veinte o veintiún años, enfermo y en la cama —condiciones propicias—, y me pareció literalmente alucinante —y alucinantemente literario, valga el retruécano—. Sin embargo, por sorprendente que resulte, hasta la fecha ninguna de las obsequiadas ha encontrado la novela tan asombrosa como yo.

—Tú no eres consciente de la cantidad de felicidad que has aportado a mi vida —le digo más tarde a Millás, cuando estamos junto a la barra.

Reconozco que a lo largo de los años he abusado de Millás como herramienta mensuradora de compatibilidad parejil. Y no sólo porque haya regalado su novela El orden alfabético como sonda para tantear los caracteres de las aspirantes, sino también porque, a la hora de enjuiciar a las candidatas, he tenido muy en cuenta su grado de millasianidad. Cuanto más millasiana es la susodicha, más convencido estoy de la idoneidad de mi elección.

Millás hijo recita y rapea sobre el escenario. Dos temas me gustan especialmente: Gato por Morocco y un reggae interpretado con un ritmo frenético.

Le he quitado la funda al móvil porque llevar el móvil con funda me parece infantil.

Camino de Aleatorio! Bar, Juan José Millás me enseña que, una vez que te acostumbras, la lectura de un guión de teatro o de cine, que a mí siempre me ha resultado onerosa, acaba siendo tan fluida como la de una novela. «Aunque un guión se parece más a un cuento», subraya. También me explica que no le gusta leer libros electrónicos porque no tener una consciencia nítida de cuánto le resta para terminar el libro le produce una suerte de desasosiego con el que le incomoda lidiar.

—¿Qué día de la semana es hoy? —le pregunta Juan José Millás a su mujer cuando arribamos a la Plaza de San Ildefonso.

Está sorprendido por la cantidad de gente que hay en la calle. Parece un tanto desconcertado, como si se hubiese perdido en una de esas ciudades imaginarias por las que a menudo transitan los personajes de sus novelas.

—No estáis muy acostumbrados a malasañear, ¿no? —le pregunto—. Juan Goytisolo usaba el verbo medinear. Yo uso el verbo malasañear.

Durante los quince o veinte minutos del trayecto nadie lo detiene para pedirle un autógrafo o arrojarse a sus brazos. «Así que ser Premio Planeta consiste en pasar desapercibido», reflexiono con una mezcla de estupor y amargura al constatar el irrevocable grado de decadencia de esta sociedad.

No te fíes de quien va a la moda: sin duda es fácilmente influenciable.

Entro a la cafetería. Me dispongo a terminar este texto. Cuando casi ni he aposentado mi trasero en el sofá, una mujer que le enseña la pantalla de su teléfono a su amiga me mira, y adivino en sus ojos una demanda de opinión.

—Estos dos están liados, ¿verdad? —me muestra a un tipo con pajarita que posa junto a una mujer que luce un vestido.

—Yo diría que sí —le respondo—. Fíjate cómo la sujeta por el talle.

Iniciamos una conversación que se extiende más allá de la media hora. Quiere ir a Hawaii*, me dice. Yo también.

Qué raro es todo, que diría Millás.

(*) La grafía inglesa me resulta más paradisiaca que la castellana.

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