Izumi Tabata me observa divertido

En algún momento que intuyo no muy lejano, trataré de vender algo. De hacer algún tipo de negocio. Mi actitud habrá de ser radicalmente distinta de la que siempre he adoptado con respecto a mi obra literaria pues, en el primer caso, habré de buscar la satisfacción del cliente mientras que, en el segundo, siempre he perseguido la satisfacción propia. Escribir es lo contrario de vender, señalé en No puedes ser escritor.

Tengo ganas de jugar al fútbol. Veremos cuándo lo permite el coronavirus.

Quiero ir al cine a ver First love. Iré la semana que viene.

He diseñado un Tabata —elevación de rodillas, flexiones, crunches, extensiones de tríceps, Superman, sprint de brazos, sentadillas y flexiones diamante—, lo he completado, y luego me he ido a la playa a darme un baño. Fútbol, sprints, squash, boxeo, ejercicio de intervalos de alta intensidad… Prefiero la pólvora. Siempre he pensado que los hombres que hacen ejercicio aeróbico —bicicleta estática, correr durante una hora…— son unos tristes.

En dos mil trece revisé minuciosamente la película Chinatown para analizar los trajes que viste Jack Nicholson. Identifiqué siete: gris claro con raya diplomática ancha, blanco, gris liso, gris claro liso, gris con raya diplomática ancha, negro con raya diplomática ancha, beis. Completaba la muestra con variedad de camisas y corbatas.

En mi mente, Ali Farka Touré puntea los arpegios de Savane y Jesús Ge recita unos antihaikus. En una esquina de la sala, Izumi Tabata me observa divertido mientras yo bailo un sincopado vestido con un traje gris de raya diplomática.

Por cierto, si quieres recibir de vez en cuando algún texto mío más personal, déjame aquí tu nombre y tu dirección de e-mail*:

(*) Lee mi manifiesto sobre las redes sociales.