Fucsia fantasía. Capítulo 2

© Phosquito / Rocío Bazán Muñoz

En la calle, Ángel detiene un taxi.

Claudio arroja el cigarrillo al suelo y la colilla se apaga al contacto con un charco.

Fffsss.

Los dos hombres se abrazan.

La luz de las farolas pinta destellos amarillos sobre las aceras mojadas.

—Llámame y quedamos otro día antes de que te vayas —dice Claudio.

—Claro, yo te llamo —responde Ángel—. Cuídate.

—Igualmente. Y recuerdos para Nereida.

Claudio camina a paso moderado y deja atrás algunos bares. Ahora, mientras avanza, observa el reflejo de la luna sobre el río. Cuando llega a la altura del puente se fija en una mujer que solloza, de pie, cubriéndose el rostro con las manos.

Es alta, negra, delgada; grandes pechos comprimidos por una camiseta amarilla escotada. Melena rizada, uñas largas, manicura francesa.

—¿Qué te pasa? —pregunta Claudio.

—Mi… novio.

Se descubre el rostro. Tiene una mancha roja oscura en la comisura del labio.

—Íbamos en su coche —gime—. Hemos discutido. Se ha puesto hecho una furia.

—Tranquila.

Claudio apoya la mano sobre su hombro.

—Me ha obligado a bajarme. Me ha empujado como un loco. Me ha dejado tirada en la acera.

—Tienes… aquí en el labio… ¿Te ha pegado?

—Le había dicho que le consultaría antes de aceptar la invitación a la boda de mi hermana. Esta tarde he estado tomando un helado con ella y con su novio y les he dicho que sí, que iríamos a la boda. Pero le había dicho a Miguel que no le daría una respuesta hasta que no lo hablásemos y he metido la pata y le he dicho a mi hermana que sí. No sé, ha sido un impulso, pensaba que iríamos y me he dejado llevar, pero le había dicho a Miguel que no le daría la respuesta todavía… Soy una bocazas. Tenía que haberme estado callada.

—¿Y por eso te ha partido el labio?

—No quiero hablar de ese tema ahora. Tengo que hablar con mi madre antes de que se acueste. Voy a pasar la noche con ella. ¿Sabes dónde hay una cabina?

—¿Una cabina? ¿Todavía existen?

—Tengo que llamarla. Y me he dejado el bolso en el coche de Miguel.

—No pasa nada, yo te dejo mi móvil. Y ya de paso me apunto tu número.

Claudio hurga en el bolsillo derecho del pantalón.

—Estoy demasiado nerviosa, no quiero preocupar a nadie. Voy a intentar relajarme un poco antes, si no te importa. Un par de minutos. Hasta he pensado en tirarme —Señala el río—. Si este puente llega a ser un poco más alto, me tiro.

—No digas eso. No merece la pena. Hay demasiada gente en el mundo, demasiados tíos. La mayoría, mejores que Miguel. Seguro. Y una chica como tú no va a tener el más mínimo problema para encontrar a alguien adecuado. Y cualquier tío está deseando salir contigo. Cualquiera.

—Qué va.

—¿Tú es que no tienes espejos en casa? Eres preciosa. Preciosa.

»Yo te presto mi teléfono, pero no vas a llamar a tu novio, ¿no?

—No, voy a llamar a mi madre.

—¿Seguro?

—Claro.

—Vale. Es que no deberías llamarlo. Te ha pegado. Te ha pegado. Eso no se puede tolerar. Por mucho que lo quieras; me da igual. Alguien que te pega es alguien que la ha cagado de una forma definitiva. Para siempre. Esa persona ya debería haberse acabado para ti. Nunca más deberías pensar en ella, porque ya es, ante todo y sobre cualquier otra definición, un tío que te ha pegado. No lo olvides.

»Mira, un amigo mío: su mujer lo humillaba. No es lo mismo, ella no le pegaba. Pero es parecido. A lo mejor estábamos un grupo de amigos tomando unas cañas y la mujer aparecía y empezaba a insultarlo; a llamarle de todo ahí, en medio del bar, con todos sus amigos delante. Y ella gritándole. Pero ¿te vas a poner a insultar a tu marido delante de sus amigos? Y él lo aguantaba. Intentaba calmarla y se iba con ella a casa. Se marchaban y lo veías a él detrás, como un perrito. Ella, cabreada, andando rápido. Y él, detrás, justificándose. Lamentable. Ya le perdí la pista, no sé qué habrá sido de él. Pero cada vez que quedábamos se pasaba todo el rato mirando el móvil o mandándole mensajes a la mujer para decirle en todo momento donde estaba. Pobre gilipollas.

»Por eso, es lo que te digo: hay que olvidarse de estas personas. Alguien que te humilla no se merece el menor respeto ni la menor consideración.

—¡Pffff…! —resopla ella—. Me estoy agobiando.

Claudio la contempla de arriba abajo. Viste unos vaqueros desgastados, casi blancos. Calza unas zapatillas de lona amarillas, a juego con la camiseta.

—¿Quieres tomar algo? —pregunta Claudio—. Te vendría bien desconectar un poco.

—¿Tú has cenado? Yo, no. Me muero de hambre.

—He cenado, pero te acompaño encantado.

—Algo rápido. Me apetece una hamburguesa.

—Aquí al lado hay una hamburguesería que está bastante bien. ¿Vamos?

La mujer asiente.

—¿Cómo te llamas? —pregunta Claudio.

—¿Cómo me llamo?

—Todavía no lo sé.

—Me llamo Mara.

—Yo soy Claudio.

—Encantada.

Claudio se acerca.

Muc, muc.

Dos besos.

Caminan.

—Lo que has dicho antes… Lo de la humillación. Lo de no permitir que te humillen.

—Sí.

—Todo eso es verdad. Pero es que te atrapa. Todo está bien, sales con esa persona y todo es maravilloso. Pero un día, de pronto, se pone agresiva y te monta un numerito. No entiendes nada, te pilla desprevenida. Tardas en asimilarlo y cuando lo haces piensas que sólo ha sido una reacción puntual; horrible, pero puntual. Y luego pasa un tiempo y vuelve a suceder y tú cada vez estás… El problema es que te mina la autoestima. No sólo te la baja sino que él se convierte en la única persona capaz de subírtela. Al final, estás totalmente en sus manos. Cuando te trata bien y te dice cosas bonitas, todo es perfecto, te sientes bien. Pero cuando no, cuando te insulta y te dice cosas terribles, te sientes una porquería, indigna de su amor. Te despersonaliza. Yo estoy en ese punto, y lo peor es que lo sé. Pero no puedo evitar que cuando me…

—Es aquí —dice Claudio, señalando la puerta de la hamburguesería.

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