Fucsia fantasía. Capítulo 1

© Sofía Rincón

—Si un segundo después de haberte tirado a una tía no te da asco, es que la quieres —dice el hombre de la camisa estampada mientras se acaricia una barba rala. Se inclina hacia adelante—. Ese criterio nunca falla.

Frente a él, otro hombre con camisa azul y gafas estudia la carta ensimismado.

—Hablas como si alguna vez hubieses querido a alguien.

—No es algo que suceda con frecuencia, pero sucede. He tenido unas cuantas novias, sé de lo que hablo. Sé lo que es querer a una mujer. Y sé que existe una diferencia entre eso y un polvo de una noche. Si después de zumbártela todavía queda algo, ese algo es el amor.

—Ya.

—Es verdad.

—¿Sí? ¿De verdad sabes lo que es querer a una mujer?

—Hombre, el otro caso lo conozco mejor, no te voy a engañar. Ese aborrecimiento repentino.

—En eso sí te doy la razón. En esa situación sí eres un experto.

—Bueno, es lo típico. Estás en una discoteca y ves a una tía que se está intentando pedir algo en la barra. De lejos parece que está buena y te acercas. Y no, no está buena: está tremenda. Increíble; de calendario. Y te mira y no te transmite esa distancia que suelen transmitir los pibones, sino que te está diciendo con la mirada: «Habla conmigo, no te voy a dar ningún corte, ni me voy a reír de ti en tu puta jeta».

»Entonces le entras, y la tía es simpática y te presenta a sus amigas y os pedís unos chupitos y al final te la acabas follando. Te has pasado cinco o seis horas hablando de gilipolleces, resaltando tus virtudes, haciéndote el gracioso con ella y con sus amigas sólo para follártela, porque tenías que hacerlo, desde que la viste en la discoteca no podías pensar en otra cosa, a la mierda tus amigos, parecía como si la tía fuera lo único que existía en todo el mundo. Y, sin embargo, te acabas de correr y ya te da igual la tía. Incluso te molesta, te da grima. ¿Qué hace ésa desconocida ahí, en tu cama? ¿Por qué no se larga de una vez? ¿Qué estás haciendo tú a su lado? A eso me refiero.

—Tú siempre has tenido suerte —dice el hombre de la camisa azul—. Por lo del piso, quiero decir. Bueno, no me malinterpretes. Me refiero a que el piso que heredaste de tus padres te ha venido bien, ya cuando éramos jóvenes, para llevarte a quien…

—Ya te digo, Ángel. Ese piso… Si no hubiera tenido ese piso no sé lo que habría hecho. Me habría comido los mocos.

—Como todos nosotros —sonríe Ángel, ajustándose sus ligeras gafas de montura de acero.

—Bueno, el piso estaba a vuestra disposición.

—Sí, siempre que no ligaras tú esa noche. Lo cual no solía suceder con demasiada frecuencia.

—Fueron buenos tiempos aquéllos. De los diecisiete a los veinti… cinco o así. Luego ya, empiezas a currar, la gente se dispersa y todo se va a la mierda.

Ángel mira la pantalla de su móvil. Es un móvil negro, sobrio, con bordes redondeados y gran pantalla.

El camarero se acerca a la mesa. Viste de negro. No sonríe. Un tupido flequillo gris le cubre la frente.

—¿Saben ya qué van a tomar de postre?

—Yo quiero un menta poleo —dice Ángel—. Claudio.

—¡Sí! Yo, em… un… tarta de queso. ¡No! Eh… sí, tarta de queso.

Claudio mira a Ángel y se pone la mano sobre el vientre.

—Tendría que cortarme un poco, tengo el colesterol alto. Pero un día es un día.

Ángel se quita las gafas, dobla las patillas y las deja a un lado de la mesa. Se masajea los párpados con las yemas de los dedos.

—Por lo que veo, este sitio sigue igual. Me gusta: limpio, acogedor, comida casera… No hacen falta grandes complicaciones para que la gente esté a gusto.

—¿Hace cuánto que te fuiste? Como siete años, ¿no? —dice Claudio—. Esto sigue igual. Pero el resto de la ciudad tampoco te creas que ha cambiado mucho. Hombre, han cambiado las tiendas. Han abierto otro centro comercial, donde el acuario. A finales del año pasado; supongo que ya lo sabes.

—Ni idea. Es la primera vez que vuelvo desde que me fui.

—Bah, nada especial. Las típicas tiendas de ropa de siempre. Casi todas tiendas de tías: ropa, maquillaje, zapatos… Los sábados por la tarde salen todas a comprar en manada y se llena aquello de hembras.

Claudio juega con su teléfono desplazándolo por el mantel de tela blanca como si manejase un coche de juguete.

—¿Y qué tal todo lo demás?

—¿A qué te refieres con «todo lo demás»? —pregunta Ángel.

—Pues no sé. Al principio, cuando te fuiste, hablábamos más. Pero luego ya, con los años…

—Ya, hemos perdido un poco el contacto.

—No es un reproche, ¿eh? Que yo soy el primero que no te ha llamado —se excusa Claudio—. Además, me has dicho que no entras en las redes sociales; así también es más difícil comunicarse contigo. Nunca has sido tú muy sociable. Eres más bien solitario.

—Pues sí. Pero bueno, ya has visto que lo primero que he hecho, en cuanto he sabido que iba a estar por aquí, ha sido llamarte.

—Y te lo agradezco.

—Dime una cosa, Claudio: ¿De verdad sigues llevando el mismo tipo de vida? ¿Sigues saliendo, bebiendo, acostándote cada día con una, o presumes de ello por mantener esa imagen?

—Hombre, cada día con una, no.

—Tú me entiendes.

—¿Te parece mal?

—No, qué va. En absoluto.

—¿Entonces?

—No, sólo preguntaba. Lo decía porque, normalmente, la vida que uno lleva va cambiando con el paso del tiempo.

Claudio se echa hacia atrás, descansando en el respaldo de la recia silla de madera.

—«Madurar», que lo llaman.

—Eso es. No es tanto una cuestión del tiempo que pasa, como de lo que te pasa en ese tiempo. No lo veo como un proceso continuo, sino discreto. Que avanza a saltos.

—La gente va cediendo ante el sistema. Y encima se cree que eso está bien. Por eso está todo el mundo amargado: porque ha renunciado a su esencia para hacer lo que se supone que tiene que hacer. Lo que la sociedad le impone que haga. ¿A eso le llamas tú «madurar»?

—No tiene nada que ver con eso —corrige Ángel—. Consiste, simplemente, en ver las cosas de otra manera. En que no te sigan gustando las mismas actividades, las mismas películas, las mismas mujeres. Como dice un amigo, madurar es pasar de «es tonta pero está buena» a «está buena pero es tonta».

—¿Y tú has madurado? —pregunta Claudio—. No parece que hayas cambiado mucho…

—La verdad es que no he cambiado radicalmente. Pero sí veo algunas cosas de otra manera.

El camarero trae el postre. Ángel sopla sobre el líquido de su taza mientras Claudio da los primeros bocados a su tarta de queso.

—Bueno, como todo el mundo —dice Claudio, masticando—. ¿No?

Ángel se encoge de hombros.

—Entonces estás aquí dos semanitas currando y te vuelves —prosigue Claudio.

—Eso es.

—Tú vendiste tu casa.

—Sí. Me quedo en un hotel. Las dietas y el alojamiento las paga la consultora. Es lo mínimo. Las consultoras grandes te hacen echar más horas que un reloj; qué menos que costearte los desplazamientos.

—¿Estás solo en el hotel? ¿O has venido con la rubia?

—¿Con qué rubia?

—Con Nereida.

—No, no; he venido solo. No vengo a hacer turismo, vengo a trabajar en plan: de la oficina al hotel y del hotel a la oficina. Trabajar y dormir, nada más. Dos semanas. Vengo a arreglarles un lío que se ha montado con el software de los nuevos cajeros y me vuelvo.

—Estás solo en el hotel… Qué lujo. Quién lo pillara. Yo de ti, aprovechaba. Llegas reventado de un duro día de trabajo… ¿Y qué vas a hacer? ¿Ver la tele?

—Me daré un baño y hablaré por teléfono con mi mujer.

—La vida es corta.

—Sí. Hay que vivirla con provecho.

—No deberías dejar pasar las oportunidades. Hay que disfrutar mientras se pueda. Es como si eres un niño, es tu cumpleaños, tu padre te lleva a una juguetería. Y, en lugar de decirte: «Elige lo que más te guste», te dice: «Puedes coger todo lo que quieras». Así es la vida. Hay demasiadas mujeres guapas como para contentarte con una. Te autosaboteas. Te niegas una serie de placeres que están al alcance de tu mano.

—Disculpen, ¿un chupito? —interrumpe el camarero—. Invita la casa.

—Gracias —asiente Claudio—. ¿Puede traer la cuenta?

El camarero sirve los chupitos.

—Venga —Claudio alza el pequeño vaso—. Por los viejos tiempos.

¡Chiiiiin!

—¿No lo quieres?

—No —responde Ángel.

—Pues, si no te importa, me lo voy a beber yo.

El camarero trae la cuenta.

—Deja, deja —dice Ángel, impidiendo que Claudio saque la cartera.

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