Esto no es un juego

Arturo Pérez-Reverte acaba de publicar Línea de fuego —de treinta y dos títulos publicados, si no he contado mal, dieciséis contienen la preposición de; la mitad—. Su anterior libro —Sidi— salió al mercado en septiembre del pasado año. Solía decir en las entrevistas que invertía dos años en escribir sus novelas: uno para prepararlas, y otro para redactarlas. Pero en los últimos años parece que ha pisado el pedal a fondo y ha duplicado la frecuencia de sus publicaciones.

Por supuesto que hay autores más prolíficos —el ritmo de Jordi Sierra i Fabra es un disparate— pero, por algún motivo, el entusiasmo de Pérez-Reverte repica en mi conciencia haciendo más evidente mi propio letargo. No es que no esté escribiendo —continúo con mi novela (cincuenta mil sesenta y seis palabras y contando) y, cada dos o tres semanas, doy a luz textos como éste—. Se trata del ritmo. En los últimos meses me he relajado. He sido mariquitamente autoindulgente. Y eso se ha terminado.

Ni que decir tiene que estoy a favor del ocio. El ocio no solo es satisfactorio, sino que también es necesario. Lo que me estoy afeando es el exceso de ocio. La laxitud de mi compromiso conmigo mismo y con mi misión en la vida. Si gente que lo ha hecho ya casi todo continúa creando con esa pasión, ¿qué estoy haciendo yo con tal grado de pagafantismo creativo? ¡Te recuerdo que has venido a este mundo a escribir obras maestras, no a ver goles de Messi en YouTube!

Hasta los veinte años, la naturaleza va a favor tuyo. A partir de los treinta va en tu contra. Y a partir de una edad, lo siento, pero o cuidas la alimentación y haces ejercicio o, si no, pues entras en la trituradora normal del ser humano. A partir de una edad hay que hacer ejercicio, no puedes no hacerlo. […] Por las noches, antes de irme a dormir. Y los fines de semana que me dejan. […] Ejercicio rápido. El equivalente a la hamburguesa, pero en ejercicio. […] Ya, pero es que es necesario. Hay una serie de cosas que, apetezcan o no apetezcan, son necesarias. Hay medidas de higiene básicas que, aunque no te apetezca un día, son necesarias. […] A mí no me apetece estudiar todos los días; y tengo que estudiar todos los días. Hay días que no me apetece, y me aguanto las pocas ganas, y estudio. Es que la vida es así. Si yo hiciera solo lo que me apetece, qué alegría más grande. Los niños pequeños a veces pueden hacer solo lo que les apetece. Los adultos, no. […] Yo empiezo a trabajar a las siete y media. […] En algún momento, entre las ocho y las diez de la noche, acabo. Más o menos. De lunes a viernes. Ésa es mi vida. Ésa es mi maravillosa vida.

Pedro Cavadas, Podcast Lo que tú digas

De modo que si cada día al menos escribo mi media hora, tres cuartos, y hago unos minutos de ejercicio, no solo voy a recuperar la sensación del deber cumplido sino que, además, la parte ociosa de mi vida no se va a resentir. No estoy hablando de renunciar a toda diversión y emprender una existencia de recogimiento y abnegación, sino de incorporar unas pequeñas pero valiosísimas obligaciones a esas otras indoloras como son lavarme los dientes después de cada comida, ducharme o trabajar. Nada que suponga un sacrificio desolador.

Buongiorno Italia, con i tuoi artisti, / con troppa America sui manifesti, / con le canzoni, con amore, / con il cuore, / con più donne e sempre meno suore [1].

Hace un rato estaba trabajando. Fallaba algo en un bucle y no terminaba de ver a qué se debía el error. Me he parado a pensar y una fracción de segundo ha bastado. Luego he imaginado que seguramente mi proceder se asemeja al de los grandes maestros de ajedrez.

Viendo vídeos del Gran Maestro José Gascón Del Nogal, uno se da cuenta de que no es que un Gran Maestro piense más rápido que un jugador del montón —que también—; es que solo considera las mejores jugadas. Parece que las otras ni las viese. Es como si su cerebro emplease un atajo. Yo esto ya lo sabía, pero hoy lo he sentido. Si el fragmento de código me lo hubiese encontrado cuando empezaba a programar hace décadas, habría tenido que ir siguiéndolo, calculando qué hace el algoritmo en cada paso. Ahora no es que lo calcule más rápido; es que veo el camino directo a la solución. No la busco; la encuentro.

Cuando estaba preparando la memoria del proyecto de fin de carrera —un juego de ajedrez—, valoré proyectar en la presentación un fragmento de El día de la bestia en que los protagonistas queman un papel y sobreviven al fuego unos fragmentos con letras. Creo que es el cura el que dice algo así como: Son quince letras, lo que da un total de permutaciones de [no sé cuántos millones]. En ese instante, Santiago Segura toma las letras, las ordena, y puede leerse: Esto no es un juego. Tras el vídeo, mi ponencia continuaría conmigo diciendo: Esto sí es un juego, y explicaría cómo, a diferencia de la fuerza bruta de la pseudointeligencia artificial, nuestro cerebro nos permite encontrar respuestas sin la necesidad de que consideremos todas las preguntas. Al final no empecé así mi exposición; no recuerdo por qué.

La cisterna estaba rota. Nunca paraba de llenarse porque seguía soltando agua. El año pasado ya sucedió lo mismo y lo remedié colocando una pinza para evitar que el eje de la boya se saliese de su ubicación. Pero hace un par de semanas apliqué idéntico remedio —la anterior pinza se había partido a consecuencia de la herrumbre— y fue en vano: continuaba saliendo agua aunque el eje se mantuviese en su sitio.

Busqué una boya nueva en Internet. Encontré una en Leroy Merlin por menos de cinco euros. Todo indicaba que no conseguiría arreglar la cisterna —para empezar, la llave que regula el flujo de agua que le llega a la misma está rota, de modo que es imposible cortar el agua para poder maniobrar como Dios manda—. Pero lo conseguí.

Necesitaba las dos manos para enroscar el nuevo adminículo a su correspondiente rosca, así que tuve que derivar hacia la bañera la manguera metálica que le entra a la cisterna, y sujetarla con el palo de la fregona sostenido entre mi pie izquierdo y mi frente.

Cuando comprobé que había reparado la cisterna y que el proceso había sido tan exitoso como rápido y limpio, sentí una gran alegría. Creo que los hombres tenemos una vocación innata por enfrentarnos a problemas lógicos y mecánicos, y obtenemos una satisfacción metafísica cuando conseguimos resolverlos.

Cuando concluí la faena, escribí en una ficha de biblioteca: Fontanería Jiménez Jr., le hice una foto y se la envié al grupo de WhatsApp que tengo con mi madre y mi hermana. Era un homenaje a mi padre que, cada vez que hacía algún tipo de arreglo de manitas, le entregaba una tarjeta similar a mi madre. Que Dios lo bendiga.

Ayer hablo con María de El lobo estepario. A ninguno nos gustó ese libro. Hoy veo que mi amigo D ha enlazado un vídeo de Julio Cortázar en el que pone a caldo otro libro de Hermann Hesse: Demian.

Buongiorno Italia, buongiorno María, / con gli occhi pieni di malinconia, / buongiorno Dio, / lo sai che ci sono anch'io.

He cambiado de opinión con respecto a la tilde de solo. Antes era un encendido defensor de dicha tilde diacrítica. Era de los que sostienen que hay que ponerla para evitar ambigüedades como la que se produce en frases como: Tuve sexo solo una hora. Sin embargo, un artículo publicado en El País escrito por un tal Jaime Rubio Hancock me abrió los ojos.

El artículo te sitúa frente a la frase: Esta noche tengo sexo seguro. Si seguro es ambigua en este contexto, ¿por qué no ponerle tilde para distinguir su significado?

Pongámosela. Vale. Pero ¿qué hacemos entonces con primero en: Cómprate un piso primero? ¿Le ponemos tilde diacrítica también?

Pérez-Reverte sigue defendiendo la tilde de solo. Habrá que preguntarle por qué.

Este cambio de opinión acerca de la tilde que me lleva del radicalismo de defender una postura al radicalismo de defender la contraria, se dio también con el asunto de los raperos que amenazan de muerte a personas en sus canciones. Yo estaba de acuerdo con los que defienden la ilegalidad de dichas proclamas hasta que leí un artículo de Alberto Olmos que cambió mi punto de vista. Mi posición se basaba en lo gratuito que saldría a nivel penal amenazar de muerte a alguien. Bastaría con canturrearle la amenaza con unos ritmos o con unos acordes. Pero el artículo en cuestión me hizo comprender que precisamente porque son canciones no son amenazas. Supongo que alguien que le desea la muerte a otro no está de humor para decírselo con gorgoritos.

Estas dos mutaciones de parecer que me han conducido de un extremo al opuesto refuerzan mi hipótesis ya expuesta alguna vez de que yo no soy cabezón sino, tal vez, apasionado. Es decir, que no soy un fanático de mi propio punto de vista, sino un fanático de la verdad. La diga Agamenón o su porquero. Como dijo el poeta.

Lasciatemi cantare, / con la chitarra in mano, / lasciatemi cantare / una canzone piano piano. // Lasciatemi cantare / perché ne sono fiero, / sono un italiano, / un italiano vero.

[1] Toto Cutugno, L'italiano.

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