Es tu hijo el que te está educando a ti

Voy camino de la cafetería en la que he quedado para desayunar con mi amigo M. Apunto esta frase: «Todas las deformidades del carácter son mecanismos de defensa contra el dolor.»

M me cuenta que su hijo, de unos pocos años de edad, cogió la costumbre de esconderse debajo del piano de cola y hacer allí sus necesidades más escatológicas. Un día, M se hartó y reprendió a su hijo con una severidad entonces desconocida para éste. En contra de lo que cabría suponer, el hijo de M no corrigió su conducta por mor del miedo infundido por su padre, sino que la acentuó.

Los subsiguientes días exhibió este modus operandi: si estaba con su madre, iba al cuarto de baño. Si estaba con su padre, se dirigía a su escondite bajo el piano.

La reacción de mi amigo ante el desafío de su hijo fue adoptar la posición contraria: en lugar de reprenderle, le decía: «Otra vez te has ensuciado». Y lo limpiaba todo. A los pocos días, el hijo de M dejó de usar los bajos del piano como WC.

—Es muy interesante —le comento a mi amigo—. Porque, en realidad, es tu hijo el que te está educando a ti.

Me preocupa qué tipo de padre voy a ser, si es que alguna vez llego a serlo. No quisiera caer en el exceso de autoridad en que cayó mi padre conmigo. Pero tampoco me gustaría que, por tratar de eludir dicho extremo, acabe pecando de flexible y me convierta en un calzonazos paterno-filial.

«Educar es reprimir». Salvador Sostres.

«La finalidad de la educación es conseguir individuos independientes». José Miguel Gaona.

«Si soy amigo de mi hijo, le dejo huérfano». Emilio Calatayud.

—Con un año —dice M— ya ves la personalidad. La traen de fábrica. Ahí, la educación no tiene nada que ver.

Ésa es otra cuestión. Cada hijo tiene su personalidad. En consecuencia, no parece una buena idea aplicarles las mismas estrategias a todos. Los buenos entrenadores son aquéllos que saben a qué futbolistas tienen que dar un toque de atención y a cuáles es mejor dejarlos a su aire.

Cuando tenía cuatro años me moría de miedo con un anuncio de la marca de zumo Cofrutos en la que aparecían unas frutas bailando. En cuanto salían en la televisión, corría a esconderme bajo la mesa camilla.

Mi amigo D me quiere entrevistar a las cinco de la tarde vía Gmail. En principio, aquí estaré, presto a responder.

Cuando te hablo de estas cosas no sé si estoy escribiendo mi blog, o si acaso cuando escribo mi blog te estoy hablando a ti.

Yo no tenía una granja en África.

Escucho «Klaymen's theme», un tema de la banda sonora del videojuego Neverhood, al que nunca he jugado y al que probablemente jamás jugaré. La banda sonora y, en concreto, esta melodía, son una maravilla. Si tuviese los derechos de explotación no dudaría en usarla para el booktrailer de una de mis novelas negras. Desde la adolescencia pienso con frecuencia en términos cinematográficos. No sé por qué. Creo que tengo cierta intuición para imaginar lo que podría quedar bien, lo que podría satisfacer al espectador —empezando siempre por mí—.

Creo este script para convertir las imágenes que subo al blog sin tener que abrir el programa de dibujo para hacer las operaciones pertinentes:

  #!/bin/bash
  
  if [[ $# -eq 1 ]]; then
    fichero="$1"
    convert tmp.jpg \
    -type Grayscale \
    -contrast \
    -scale 800x600 \
    $fichero
  else
    echo "Introduzca el nombre \
    del fichero al que desea \
    convertir el fichero tmp.jpg"
  fi
	

Hago:

  $ ./convertir-imagen.sh \
    es-tu-hijo-el-que.jpg
	

Escribir. Acabar el «Diario de Japón». Algún poema. Este texto.

Cuando a algunos sólo les quede como último amigo Jack Daniel's, a mí me quedará este cuaderno. Tú eres tu amigo más importante y, por consiguiente, el último al que te puedes permitir la osadía de defraudar.

Escribir como condición sine qua non de la existencia. Como origen y como destino.

«Llevo desde niño practicando todos los días una media de catorce horas. A eso, en mi tierra, le llaman "duende"». Paco de Lucía.

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