El sol de medianoche

Estoy modificando dos de las estrofas del rap —sí, nuevos cambios; no preguntes— cuando, en plena exaltación adrenalínica —y, todo sea dicho, en tono de broma— acuño vía WhatsApp el insulto «Malditos chapurreadores de Cheli».

He soñado que descubría maravillado que un conocido tenía un «Nokia Phantom», que era como el 3310, pero con tinta electrónica y conexión Wi-Fi. Ardía en deseos de adquirirlo.

Jueves. Tipos Infames. Roger Wolfe presenta La poesía es un revólver apuntando al corazón, antología de poemas seleccionados por la editorial Aguilar.

Voy con X. Su relación sentimental acaba de concluir y necesita la distracción tanto como mis consejos. Algunas personas recurren a mí para estos asuntos. Supongo que se me da bien el tema. Mis dos mejores talentos son escribir letras de canciones y ayudar a personas confusas a alcanzar la claridad mental.

Al final, siempre es lo mismo. Se trata de ir encontrando pequeñas certezas, como que el amor de tu vida no te deja, que una pantalla de más de cuatro pulgadas en un teléfono móvil es una ordinariez, o que el orgullo es el respeto que tenemos por nosotros mismos.

Viernes. Roger Wolfe presenta en White Lab una reedición de Todos los monos del mundo publicada por Renacimiento. Voy con D. Cuando se aproxima el final del acto, Roger pregunta si queremos que lea algún fragmento del libro. Le pido que lea mi pasaje favorito:

Hojeo el periódico del sábado, la mierda de periódico del sábado que empecé a pedir que me reservaran cuando estaba a la espera de que saliera una reseña de mi último libro, y salió, y seguí, no sé por qué, con la costumbre de que me lo reservaran, y veo basura, despojos, colgajos y basura y más mierda.

Y basura.

[…]

Wolfe es uno de los escritores que mejor recitan. No lee, declama. Pero —y ahí está el mérito— declama sin caer en la tan habitual e insoportable afectación.

Tras la presentación, Roger, Antonio Benicio —editor de Los Libros del Mississippi—, su novia Karina, D y este nunca suficientemente humilde escritor, nos vamos a beber algo o a cenar, según demanda fisiológica de cada uno. Invita Wolfe.

Sé que lleva años siendo un early riser, de modo que este tipo de excesos —nos despedimos a eso de las doce de la noche— arruinan sus planes. No puedes levantarte a las cinco de la mañana y rendir. De ahí que Mr. Wolfe procure meterse en la cama entre las nueve y las diez. Yo no soy tan ambicioso, y me conformaría con levantarme a las seis en lugar de a las siete. El problema es que para ello tendría que estar durmiendo a las once. Y ése es un hito que pocas veces he alcanzado.

Me compro una Kangol negra de invierno en mi tienda de sombreros preferida, que es la de la calle Hortaleza. Tenía una gorra gris oscura, casi negra, pero la lavé a mano y cuando se secó parecía un estornino vomitado por un leopardo. Respecto a la gorra recientemente adquirida, el dependiente me recomienda cepillarla de vez en cuando y lavarla siempre en seco.

No sé por qué estoy escribiendo este texto.

Después de mucho tiempo mareando la perdiz, me compro el Hive. Quedo con F para tomar un té matcha y echar una partida. Ella nunca ha jugado. Yo tampoco. Como era de prever, gana El Hombre de la Casa.

«Ganar, ganar y ganar y ganar, y volver a ganar y ganar y ganar y ganar, y volver a ganar y ganar y ganar y ganar.» (Luis Aragonés.)

Nulla ethica sine aesthetica, como reza el adagio. Y el cometido de Morante de la Puebla en esta vida terrena es recordarnos que el silogismo no tiene por qué validar la propiedad conmutativa.

He soñado que Maradona intentaba robar tofu en un chino y lo pillaban. Venía a pedirle explicaciones un inspector de policía ataviado con un abrigo verde de fieltro.

Everybody’s changing, de Keane, es una de las canciones más bonitas que he oído en mi vida.

S y yo hemos acordado que viajaremos a Islandia en verano. El martes uno de agosto de Año de Gracia y del gallo de dos mil diecisiete de Nuestra Era tuve a bien adquirir en la librería Deviaje el libro de crónicas sobre Islandia La isla secreta, de Xavier Moret. Ha llegado el momento de leerlo.

Soy de los que opinan que viajar siempre vale la pena. Por un lado, porque nos permite romper con la rutina y soltar el molesto lastre que conlleva la vida cotidiana; por otro, porque, al confrontarnos con otros paisajes y otras gentes, nos fuerza a la mirada interior y, por lo tanto, a conocernos mejor. De entre todos los viajes, mis preferidos son los que se asocian a los sueños de rastro enmarañado. Los prefiero porque tienden un puente que enlaza directamente con la imaginación infantil; es decir, con la imaginación en estado puro; porque a menudo se relacionan con lecturas hechas muchos años atrás; probablemente con alguna novela que, ya en el momento de leerla, provocó en el lector ese escalofrío que contagian las grandes obras, ese estremecimiento que le hizo soñar que algún día viajaría a ese país lejano que le tentaba con su magia desde las páginas de un libro.

La isla secreta, Xavier Moret

Cada uno o dos años me acuerdo del videoclip de la canción Anti Nazi Bund, de Sportfreunde Stiller, y lo veo de nuevo. Me sigue emocionando.

Si yo tuviera tiempo, escribiría una guía de viaje que no contuviese ni una sola foto: solo texto. Las imágenes estrangulan la imaginación sofocando la sorpresa del descubrimiento. Lo más parecido a una guía sin imágenes son los relatos de viajes. Quizás por eso me gusten tanto y los prefiera a las guías —lo cierto es que el libro de Xavier Moret también incluye algunas fotos, pero al menos no las intercala con el texto—.

Los editores de Huerga & Fierro me envían un correo con una carta adjunta en la que la Consejera de Cultura de la Embajada de Cuba me invita a participar en un intercambio cuya idea es «contactar con escritores y editoriales españolas, acercarlos al sector literario de Cuba, que conozcan sus instituciones y asociaciones, y sentar las bases para construir un puente entre intelectuales y escritores cubanos y españoles, que permita ampliar la colaboración en este campo.» No sé muy bien en qué consiste dicho intercambio, ni tengo la más remota idea de qué puedo aportar yo allí. Así que acepto.

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