El problema no es WhatsApp. El problema eres tú

Los amigos de X quedaban algunos jueves para ir al cine y cenar después en un restaurante mientras comentaban la película que habían visto.

No siempre conseguían reunirse porque a veces alguno de ellos tenía un compromiso o estaba hasta arriba de trabajo. Así que los jueves por la mañana, W, que era quien había ideado aquellos encuentros, les enviaba un correo electrónico con la propuesta, y cada miembro del grupo contestaba a todos los demás. A medio día ya sabían si se verían por la tarde en la puerta del cine o no.

—Odio el teléfono y odio Internet —les respondió X cuando le propusieron el plan—. Me niego a utilizarlos. Quien quiera comunicarse conmigo, que suba a verme al caserón en el que vivo en lo alto de la montaña, y yo recibiré encantado su mensaje.

¿Fueron aquellos amigos a buscar a X? Sabes de sobra que no. Como también sabes que W y el resto del grupo siguieron quedando jueves tras jueves sin contar con él.

X no quiso pagar el precio de la socialización. Prefirió permanecer incomunicado a pasar por el aro de un mecanismo con el que no simpatizaba.

Aplicando el mismo criterio que X, podemos optar por no aprender inglés. Así, si pretendemos hablar con personas de otros países, confiaremos en que aprenderán español. Y si no lo hacen, nos resignaremos.

Pero si tu intención no es ser un ermitaño —y la mía no lo es, aunque a veces se aproxime—, será cuestión, al fin y al cabo, de facilitar la comunicación. De encontrar una lingua franca en la que todas las partes os sintáis cómodas. Cuanto más inflexible seas, más difícil te será comunicarte. Por supuesto, no tienes por qué adaptarte. Puedes enrocarte y pedir que sean los otros los que se adapten a ti. Estás en tu derecho. Como ellos también lo estarán de no plegarse a tus demandas.

Conozco a gente —yo mismo he considerado la medida en más de una ocasión— que ha jubilado su smartphone para sustituirlo por un móvil que carece de conexión a Internet. Lo han hecho para librarse de la hipercomunicación. De la tentación de navegar; de la molestia de las notificaciones. Sin embargo, están eliminando el síntoma, pero no la enfermedad. Porque, ¿qué harán estas personas cuando estos dispositivos dejen de fabricarse; cuando los SMS ya no sean una opción?

Las comunicaciones pueden ser de dos tipos: síncronas y asíncronas. Las síncronas requieren que los interlocutores participen simultáneamente en la conversación, mientras que en las asíncronas los mensajes pueden ser emitidos y recibidos en momentos diferentes.

Antes se enviaban cartas manuscritas y ahora se envían correos electrónicos. No existe gran diferencia entre ambos medios porque el mecanismo de comunicación no difiere: el emisor escribe su mensaje y, al cabo de cierto tiempo, el receptor lo lee.

El inconveniente que presenta WhatsApp —y similares aplicaciones de mensajería instantánea— es que es demasiado asíncrono para ser síncrono y demasiado síncrono para ser asíncrono. En una conversación telefónica transcurre el diálogo con fluidez. Uno habla y otro escucha, y se alternan de vez en cuando los roles. No hay pérdida de tiempo. En un intercambio de correos electrónicos tampoco la hay, pues no se produce una espera activa, sino pasiva. Uno no está mirando la pantalla hasta que le llega el e-mail, sino que continúa con su actividad hasta que decide interrumpirla o es interrumpido. Pero en una conversación de chat no sólo inviertes tiempo en escribir y en leer, sino también en esos lapsos en que, mientras el otro escribe, tú aguardas a que llegue su mensaje. Al final, una información que despacharías en un minuto si te llegase toda junta por correo electrónico, te acaba suponiendo una inversión de un cuarto de hora.

Algo parecido sucede con la navegación por Internet: antes leías el periódico una vez al día; ahora, cada dos o tres horas. Y lo mismo ocurre con las notificaciones: antes revisabas el buzón, a lo sumo, una vez al día, cuando volvías de la calle. Pero, ¿te imaginas bajando al portal cada cinco minutos para comprobar si hay correo, como haces ahora con tu teléfono móvil cada vez que inspeccionas WhatsApp?

Tengo una mala noticia: El problema no es WhatsApp. El problema eres tú. WhatsApp será tan síncrono o tan asíncrono, tan puñetero o tan poco invasivo, como tú le permitas que sea.

La solución a tu problema pasa por darte cuenta de que lo importante no es el medio, sino el protocolo.

Ha llegado el momento de comportarte como un adulto. De modo que deja de culpar a WhatsApp de las conversaciones que se tornan eternas, y no responsabilices a tu smartphone de las interrupciones que te originan sus numerosas notificaciones.

Lo que necesitas es hallar un protocolo de comunicación que sea síncrono para los asuntos urgentes, y asíncrono para los que no lo son. Da igual de qué medios se trate. Lo único relevante es que los utilices correctamente.

Para los mensajes urgentes, encuentra un mecanismo que te interrumpa — una llamada telefónica, por ejemplo; que suene— o si, como es mi caso, prefieres tener el móvil en silencio todo el tiempo, configura el teléfono para que las notificaciones urgentes se muestren en la pantalla. De este modo las verás en cuanto tengas en tu mano el dispositivo y podrás actuar con la debida celeridad.

Para los mensajes que no son urgentes —el noventa y nueve por ciento—, desactiva su notificación. Bastará con que compruebes las bandejas de entrada de las aplicaciones que utilices una vez a media mañana y otra vez a media tarde. Y ya está. Si alguien te escribe con inusitada frecuencia para informarte de asuntos tan relevantes como cuál ha sido su cena o para enviarte vídeos y demás tonterías ajenas, óbvialo. No leas sus mensajes. Él mismo se dará cuenta con el tiempo del nulo caso que le haces y aprenderá a no molestarte innecesariamente.

Siguiendo este protocolo tan sencillo, podrás sobrevivir a cuantos medios de comunicación se pongan de moda. No tendrás que ser un apestado social ni tampoco renunciar a tu tranquilidad. Obtendrás lo bueno de la socialización y evitarás lo malo de la misma. Y lo mejor de todo: no será una solución para utilizar WhatsApp. Será una solución para toda la vida.

Archivo

Suscríbete o tendrás cinco años de mala suerte

Si quieres recibir los artículos exclusivos para suscriptores, déjame aquí tu e-mail y yo personalmente te enviaré dichos textos cuando los publique. De no hacerlo, ya sabes que tendrás cinco años de mala suerte.