El personaje que todos diseñamos

Puesto que me cae mal la mayoría de los escritores —leo o escucho sus declaraciones y no puedo evitar pensar que son estúpidos—, me planteo, no ya si será recíproco —que intuyo que sí—, sino si acaso no pensaría lo mismo de mí si me viese desde fuera.

Y lo cierto es que sí: seguramente pensaría que menudo imbécil está hecho ese tal Rafael Sarmentero. No por lo que dice, sino por cómo lo dice; con esa fatuidad, con esa pedantería tan enervante.

Está claro que, lo quiera o no, uno siempre acaba siendo un personaje. Uno elige qué mostrarles y qué no mostrarles a los demás. Silencia o comunica. Modula o exagera. La pregunta que me hago es si no me habré equivocado en la construcción del personaje. Es más que una pregunta: es una sospecha. Es probable que haya elegido mal las partes de mí que he querido mostrar al público. Y me sorprende, en consecuencia, que habiendo yo exhibido una cara que no es al cien por cien la mía, algunos desconocidos se hayan acercado a mí o a mi obra y me hayan transmitido la idea de que, a pesar de todo, no les engañamos y nos quieren.

En este último párrafo también me he parecido muy pedante.

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