El Mohnkuchen y yo

Con la cara de bobo —supongo— que se le pone a uno estos casos, percibo la inefable suspensión en el abismo que experimentas la primera vez que te llaman «papá». Especialmente cuando la niña que te lo llama no es tu hija.

Mohnkuchen: pastel de semilla de amapola. Supe de su existencia cuando un pájaro nos lo recomendó en una lectura poética que tuvo lugar hace unos meses en una casa particular. Era el típico tío que se esfuerza sin éxito por ser gracioso, y que quiere erigirse a toda costa en la estrella de la reunión. Nos dijo que la tarta podía encontrarse en una pastelería de Madrid. La localicé. Y pensé en S como la persona oportuna para acompañarme.

Era difícil que la expectativa no excediera a la realidad. Así ha sucedido. El Mohnkuchen es muy agradable a la vista —masa marrón grisácea compuesta por pelotitas negras apelmazadas, coronada por grumos dorados—, pero sólo correcto para el paladar. Había imaginado un dispendio de sabor y me he encontrado con desconcertante timidez.

A mi derecha hay un tío viendo vídeos de Buenafuente en su portátil. Cada cual malgasta su vida como quiere o como puede.

Me acabo de enamorar de una horterada de edificio que hay en Singapur y ahora tendré que ir a visitarlo.

V me envía esta foto y pienso: «Hay que ver cómo se parece el tío de la izquierda a mí». Casi un minuto más tarde me doy cuenta de que soy yo.

En la presentación de 8.38 Luis Rodríguez confiesa su incontinencia a la hora de escribir en una novela algo que está fuera de lugar, una reflexión ajena a la trama, un adjetivo que un determinado personaje no emplearía.

Luis sabe que un libro bien hecho no incurriría en semejantes errores y, a pesar de ello, es incapaz de contenerse. Yo le digo que el arte reside precisamente en aquello que no es como debería ser. Que El grito de Munch es El grito de Munch porque en el cuadro hay algo que no pertenece al tío que grita, sino a Munch.

En novienvre hay un vagabundo que duerme en el cajero de un banco. Cuando lo escribió, imaginó que él mismo era ese hombre, tumbado en el suelo del cajero, de espaldas a la calle, con la frente pegada al cristal de la puerta corredera que da acceso al banco. Se vio así, hastiado, molido, recibiendo en el rostro el aire templado que se colaba por la ranura de la puerta mientras trataba de dormir. Lamo el suelo, escribió, lamo el suelo entre con frecuencia y a menudo. Entre con frecuencia y a menudo aquí es un estado de ánimo, y una unidad de tiempo. No le quiso explicar al lector su duración, al fin y al cabo era un vagabundo, no tenía ningún interés en aclararlo.

8.38, Luis Rodríguez

A veces Billy Mitchell le da a «me gusta» a mis fotos de Instagram. Es todo muy extraño.

Mira, una cosa te digo: a mí eso de ponerse a lloriquear porque se ha extinguido el último animal de una especie me parece poco trabajado a nivel emocional. Quiero decir, que sí que da pena. Pero a mí me da pena por el animal en sí, mientras que a ti te da pena por la extinción de la especie. En otras palabras: que tus lágrimas son puro egoísmo pues, al animal que muere, lo mismo le da la especie. La especie te importa a ti, no a él. A ti, que no podrás ir al zoo a atiborrarte de cortezas de crujiente sulfito naranja salpimentadas con sabroso glutamato monosódico mientras lo asustas con el palo selfie. Mira, te propongo lo siguiente: cada vez que sepas que ha muerto un animal, sea el que sea, siente la misma tristeza que ésa que proclamas cuando te enteras de que ha muerto el último de una especie. Es fácil. Incluso para alguien como tú. Confío en ti; puedes conseguirlo. Vamos, campeón. No me defraudes.

Quiero mucho a mi perra Cromi.

En una entrevista para malagaldía, Joaquín Campos dice que, si no fuera escritor, le encantaría ser un escritor frustrado que secuestra a un escritor verdadero para que le escriba los libros. Dentro de ese fabuloso género literario que son las entrevistas, yo lo habría dejado en: «Si no fuese un escritor, sería un escritor frustrado».

Luego ya cabría reflexionar sobre qué significa ser un escritor frustrado. Al hacerlo vislumbro que un escritor frustrado es aquél que, o bien no escribe, o bien no consigue escribir exactamente lo que quiere. Y que es preferible formar parte del segundo grupo.

Odio cuando IKEA me hace ojitos.

«Me hablas de lengua, patria y religión. Esas son las redes de las que he de procurar escapar.» (James Joyce.)

Me han regalado un cuenco tibetano y a ti no.

Le acabo de escribir a B para proponerle un proyecto conjunto. La conozco bien, confío en ella, creo en nuestras capacidades y en nuestra sinergia, y en nuestro deseo de jubilarnos mañana. El proyecto será secreto hasta que vea la luz, que es como deben ser todos los proyectos.

Todos los partidos exhiben una cara buena —la que ve la mayoría de sus votantes— y una cara mala —la que ven sus detractores—. Esa gente no es mala por votar a un partido o a otro. Lo sería si votase a pesar de ver la cara mala. Pero es que ve la buena.

Por ejemplo: donde unos ven fachas, racistas, misóginos, yo veo antietarras, antilobby feminazi, anticomunistas. Y donde yo veo comunistas probolivarianos, proetarras, hipócritas vividores, otros ven ángeles, altruistas, candorosos defensores de la mujer.

De modo que satanizar a alguien porque vote a un partido o a otro me parece una estupidez. Y la propia vida lo avala: no he visto diferencias notables a nivel humano entre mis amigos de derechas y mis amigos de izquierdas. Ambos son igual de detestables e igual de encantadores.

Son las 19:23 y ya he cenado. Aprende.

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