El mercenario

Si el genio de la lámpara
me tiñese de rubio los bolsillos,
premiase mi existencia con fondos indexados,
me regalase un tupper repleto de bitcoins,
saldría de la cama cada día
una hora más tarde.

Haría unos minutos de ejercicio
o trotaría paralelo al mar.
Después retozaría entre sus aguas,
subiría a ducharme y a cambiarme
y desayunaría en el café
más bonito del barrio.
Leería un buen rato y luego escribiría
las trescientas palabras de rigor,
o algunas más si el viento es favorable.

Comería con Madre y con Hermana.
Jugaría con Perra.
Haría psicoanálisis a Amigos.
Viviría con Novia.
Quizás también con Hijos.
Con la llegada de cada estación
haríamos un viaje a algún país lejano
y al primer ademán de tarde tonta
sacaríamos vuelos para esa misma noche.

Por si no he sido claro:

Trabajar ocho horas no me chala.
El J2EE, el SQL,
el JavaScript, las JSF,
Struts, los documentos funcionales,
son asuntos impropios de un artista.

Después de la semana laboral
me entusiasma lo justo invertir un festivo
en instalar Eclipse,
montar un ¡Hola, mundo! en Spring Boot,
añadirle Hibernate JPA,
desplegarlo con Maven
y lanzar unas pruebas unitarias;
mas he de renovar mis aptitudes.

Tampoco es mi modelo de domingo
quemarlo enfrente del ordenador
haciendo web scraping.
Ni con Beautiful Soup ni con Selenium.
Y me seduce menos todavía
malgastar una tarde luminosa
en contrastes de hipótesis inútiles;
pero ser un científico de datos
me puede ser de ayuda en el futuro.

No me voy a quejar. Los hombres no se quejan.
Solo voy a pedirles un favor:
no me den palmaditas en la espalda;
no elogien mi actitud ni mi constancia;
mis acciones no tienen ningún mérito:
hago esto por dinero.

2022-05-21

Si consideras que hago tu vida mejor en alguna medida, sería un gesto muy elegante por tu parte que me enviaras un e-mail diciéndome simplemente: Gracias.