El maletín del falso portátil

En la cafetería. Frente a mí, una mujer de unos treinta y ocho años. Interrumpe su lectura y guarda su libro o su cuaderno. En su rostro se adivina la mueca de quien está a punto de de prorrumpir en llanto. Se levanta para marcharse y comienza a caminar hacia la puerta.

—¿Estás bien? —le pregunto.

—Sí. ¿Por? ¿Qué parece? —inquiere con una sonrisa.

—Que estás triste. Creía que estabas llorando.

—¡Ah, no! Tengo la nariz congestionada. —Suena creíble.

—Ah, vale.

—¡Gracias!

Mi amiga M bautizó mi bolso habitual como «El maletín del falso portátil». Bastantes personas se han interesado en saber qué guardo en su interior, asumiendo muchas de ellas que, en contra de la denominación de mi amiga, voy de aquí para allá con un ordenador portátil a cuestas.

Lo primero que diré es que el tamaño del maletín no obedece —generalmente— al volumen ocupado por los objetos que contiene. Sin embargo, me resisto a elegir otro modelo más pequeño. El motivo es que mi dignidad me impide llevar eso a lo que el argot popular se refiere como «mariconera», amén de que las dimensiones de la misma ni siquiera dan para albergar un libro que no sea de bolsillo.

Dicho esto, podría optar por un bolso de tamaño intermedio; el problema es que entonces tendría que contar con un bolso para los días en que no llevo portátil, y otro para los días en que sí lo llevo. Esto daría lugar a un trasiego de objetos entre bolsos que originaría una pérdida de tiempo que no me apetece asumir.

En cuanto a la apariencia del bolso —el clásico de color negro para portátiles—, obedece ésta a mi incapacidad para encontrar un modelo más elegante que no sea de piel.

En lo que respecta al contenido, respondo aquí a la pregunta que tantas veces me han formulado revisando e inventariando lo que llevo en este mismo momento:

El otro día: voy a la presentación de Blues de invierno, de Gabriel Albiac. Me la había recomendado mi amigo D.

Se abre el turno de preguntas. Sólo levanto la mano yo.

—Mi pregunta es sobre el proceso creativo. Vi en Internet un vídeo en el que mostraba su biblioteca, donde hablaba de su proceso de escritura y decía que escribía en papeles pequeños, a razón de un párrafo por hoja. Quería saber si ha seguido este método también con la novela.

—Sí, sí. Con todo. Son papeles que cojo en los hoteles. Luego, de ahí paso a papeles un poco más grandes, y de ahí a libretas; por supuesto, han de estar encuadernadas, nada de libretas de anillas.

Al término de la presentación le pido que me firme el libro y, con esa excusa, le pregunto por su colección de estilográficas. En realidad lo que quiero es que me invite a su casa algún día y me muestre dicha colección. Pero no sale de él y yo, obviamente, no se lo voy a sugerir.

En la dedicatoria de la novela, no entiendo la cuarta palabra que me ha escrito.

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