El largo pasillo de mi casa

Una cosa que recientemente he aprendido de mí es que adolezco de falta de empatía por las personas que están fuera de mi círculo más íntimo.

Si alguien de mi familia real o adoptada lo está pasando mal por alguna razón, su dolor me llega y empantana hasta el punto de hacer imposible mi bienestar. Sin embargo, si la persona en cuestión es alguien que no conozco, me cuesta mucho hacer mía su desgracia, padecer siquiera una pequeña parte de su dolor. Puedo compadecerme de esos individuos y lo hago, pero a un nivel mucho más racional que emocional.

Supongo que esto que me sucede es algo totalmente normal. Siempre empatizamos más con lo cercano que con lo lejano; de ahí que algunos se embrutezcan semanalmente comiendo tapas de jamón, pero sean incapaces de apretarse un chihuahua en salsa agridulce a menos que hayan nacido en Corea.

He visto el documental AlphaGo. Bastante interesante. La historia ya la conocía: es la del algoritmo de deep learning que derrotó al campeón del mundo de go: Lee Sedol. ¿Comerá perro este coreano? No estoy seguro. Pero lo que sí parece claro tras ver el documental es que Lee Sedol tiene voz de mujer.

Sesenta y ocho mil ochocientas ochenta y ocho palabras tiene de momento mi nueva novela. Ahora mismo estoy en la primera revisión. Llevo el siete por ciento. Si hago bien la cosas, la novela debería superar las setenta y cinco mil palabras. Cuando la termine buscaré una editorial que la quiera publicar.

Echo de menos jugar al fútbol. Llevo ya más de un año sin hacerlo.

También echo de menos los viajes, como no puede ser de otra manera. Me refiero a los viajes de verdad, no a venir a Málaga. Málaga no cuenta. Málaga es mi casa, como lo es Madrid. Simplemente son dos habitaciones de un mismo hogar conectadas por un pasillo de quinientos cuarenta y cuatro kilómetros. Nada más.

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