El intruso

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«Si llevas diez minutos en el 'slam poetry' de El Intruso y no encuentras al intruso, es que el intruso eres tú.»

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Una de las frases más célebres de Amarillo Slim —mítico jugador de póker profesional— es ésa que afirma que si llevas diez minutos jugando y aún no has encontrado al pardillo de la mesa, es que el pardillo eres tú.

Ayer asistí al slam poetry que se celebra los primeros miércoles de cada mes en El Intruso, un bar resultón incrustado en Chueca en el que habitualmente se ofrece música en directo.

Junto a la puerta final —el local tiene tres puertas: la que da a la calle y luego una doble tras el zaguán— saludé a P, reputado slammer que se encarga desde hace ya algunos años de organizar el evento.

P insistió en invitarme a pasar sin cobrarme entrada, pero decliné su generosa oferta porque quería colaborar económicamente con la causa. Me pasa lo mismo que con la piratería: puedo no pagar; pero también puedo hacerlo y lo segundo me parece, en términos absolutos, mejor.

Aún estaba junto a la puerta cuando sentí unos toques en el hombro. Era E, joven criatura a la que no veía desde tiempos inmemoriales. Apenas la había saludado cuando apareció Q. Y una vez que entramos en el garito nos encontramos a C.

C nos contó que estaba impartiendo unos talleres de «Literatura no creativa». Por lo visto dicho oxímoron aparente es un invento de un americano, y consiste, grosso modo, hablando en plata y, como dirían en mi pueblo, en escribir intentando no ir de guay.

Al lado de la barra nos encontramos a M, uno de mis poetas preferidos. Pero él, lamentablemente, no participaba en la sesión.

Mi decisión de acudir al slam partió de la hipótesis —quizás equivocada— de que me vendrá bien retomar el contacto con el mundillo poético toda vez que, en teoría, habré de presentar un par de poemarios en las próximas semanas. Algo así como una forma de ir metiéndome en harina luego de un largo periodo de ausencia de los mentideros literarios.

Esta tentativa de adaptación psicológica tuvo bastante de entrenamiento paramilitar, pues lejos de producirse de una manera gradual y sosegada, condujo a mi organismo directamente y de súbito a las más elevadas cotas de cortisol. No estaba preparado para una dosis tan concentrada de banalidad.

Entre toda esa mediocridad —textos penosos aderezados con puestas en escena infames— destacó una poeta que, por decirlo de un modo elegante y sutil, plagió descarada y asquerosamente a mi amigo Dani Orviz.

¿Qué estaba yo haciendo allí?, me pregunté como tantas veces a lo largo de mi vida.

Fue entonces, en mitad del gentío, con mi botellín de agua en una mano, cuando me acordé de la frase de Amarillo Slim. Pero adaptada al local y a mi condición:

«Si llevas diez minutos en el slam poetry de El Intruso y no encuentras al intruso, es que el intruso eres tú.»

De modo que en cuanto E y Q propusieron cambiar de aires e ir al Aleatorio!, me marché con ellos.

Los acompañé durante unos metros y, en el debido momento, viré sabiamente hacia mi hogar.

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