El Hippie Limpio

Los conocí en la cola de la Fnac, en dos mil cinco, mientras esperábamos —en vano— a que nos firmase un disco Joaquín Sabina. Uno estudiaba Ciencias Políticas y el otro había hecho algo de publicidad. Eran peculiares y decían formar un dúo cómico llamado Infame y Sublime. Yo vestía chaqueta y corbata y también me pusieron un nombre: ¡Tú eres El Hippie Limpio!.

Si te dejas llevar por el pensamiento generalizado, por el sentir popular, por la corriente dominante, te conviertes en una de esas personas que no hace tantos años se oponían a la homosexualidad o consideraban que los negros no tenían los mismos derechos que los blancos: personas que no eran necesariamente malvadas, sino normales para esa época.

Si permites que las ideas del grupo contaminen tu propio raciocinio, estarás perpetuando lo que podría ser incorrecto. Estarás dejando de ser libre. Estarás dejando de ser tú.

Mi vida ha sido —es— un intento consciente por no dejarme influir por los demás.

Uno debería actuar como un filtro que sólo dejara pasar lo bueno que ha recibido de sus padres, de sus amigos, de la sociedad.

A veces sueño con gastarme mil quinientos (1 500) euros (€) en una Brompton de seis velocidades y salir a recorrer el mundo como Heinz Stücke.

Me gusta beber el rooibos en una taza de cristal.

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Quiero ser tu amigo*.

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