EL FÚTBOL NO ES ASÍ

Lo más interesante de mi día ha sido que le he dado de comer tarta de zanahoria a un gorrión. Supéralo.

El miércoles volví a jugar al fútbol después de no sé cuántos meses. Jugué con —contra— mi amigo K y con —y contra— un grupo de conocidos suyos, en la pista de fútbol sala de un colegio de Tres Olivos. La idea es jugar todas o casi todas las semanas. No juego con asiduidad al fútbol desde hace doce años.

Pienso en lo sencillo que sería ser un gran jugador de fútbol si todos los movimientos se produjeran a cámara lenta: tres segundos para levantar la cabeza, localizar al compañero mejor posicionado y calcular la fuerza y la dirección convenientes para dar el pase; tres segundos para ejecutar un regate; tres segundos para preparar el disparo a puerta; y así.

Lo difícil no es el gesto técnico. Lo difícil es el gesto técnico a elevada velocidad. Si los futbolistas y el balón se moviesen tres veces más despacio, yo sería tres veces más bueno.

La habilidad, pues, está directamente relacionada con la velocidad; es decir, con el tiempo. No en vano, para aprender a tocar un instrumento, te aconsejan que practiques primero despacio y que, cuando tu ejecución sea correcta, vayas aumentando la velocidad con ayuda del metrónomo.

Tal vez —se me ocurre— para aprender a jugar bien al fútbol sea importante empezar a hacerlo contra jugadores que sean peores que tú. E ir subiendo el nivel de los rivales conforme vas dominando la técnica. Es posible que si comienzas jugando contra jugadores de tu mismo nivel —lo habitual— o superior, nunca encuentres la calma necesaria para dominar los movimientos. La velocidad exigida por la supervivencia te impedirá asimilar correctamente la técnica y la retórica de tu juego se contaminará de pragmatismo y acabará deviniendo banal.

Acabo de descubrir que sí vi la Torre de Tokio cuando estuve en Japón hace dos años. En un podcast que estaba escuchando han mencionado las hermosas vistas que se pueden contemplar de noche en Odaiba, con la —falsa— Estatua de la Libertad iluminada, el Puente Arco Iris al fondo y la Torre de Tokio. Enseguida he revisado las fotos que tomé cuando estuve allí y, en efecto, he encontrado la torre. Pequeña. Lejana. Pero la Torre. Y sin embargo, es como si no la hubiese visto, pues no recuerdo que tuviera conciencia de ello.

El problema de no hacer nada creativo es que acabas sintiéndote orgulloso de cosas tan absurdas como ser catalán, español o del Real Madrid.

Leyendo Falcó me pregunto si no seré ya demasiado viejo para disfrutar de una novela «normal». También me pregunto, ciertamente molesto, por qué el narrador es omnisciente, por qué me revela información sobre el pasado y los pensamientos del protagonista que nadie —salvo el propio referido— podría atestiguar. Y me viene a la cabeza una entrevista que leí hace uno días, en la que Ron Gilbert, creador de la saga Monkey Island, reconoce que es incapaz de disfrutar con un videojuego porque cuando lo juega, en lugar de dejarse atrapar por la historia, está pensando en que él lo habría hecho de otra manera.

Lo que pasa cuando juego es que no puedo evitar pensar en cómo lo habría hecho yo. Veo cosas que se podrían haber hecho mejor todo el rato, y no me lo paso, estoy como analizándolo, ¡estoy trabajando!

Ron Gilbert

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