El deseo de agradar (8): La persistencia del «yo»

Me gustan los artistas prolíficos porque no miran atrás. Terminan su obra y pasan a la siguiente. Sin contemplaciones, sin nostalgia. Siempre adelante. Como Woody Allen. Como Clint Eastwood. Como Vázquez-Figueroa.

¿Qué es lo mejor de escribir?

Escribir. Lo divertido es escribir. Y olvidar. Cuando rodábamos Océano en Lanzarote, Giovanni Bertolucci, el productor, llegó tarde al almuerzo. «Perdona,la escena de la muerte de Rogelia me ha llevado tiempo». Y le pregunto, ¿por qué has matado a Rogelia? Y él me recuerda que Matías Quintero la mata en la novela. Lo había olvidado. Lo divertido es escribir y olvidar.

Entrevista a Alberto Vázquez-Figueroa, Diario de avisos

Estoy viendo El cazador. Me la recomendó mi madre, consciente de mi filia por Vietnam. Me lo advirtió: «En la película hay una boda que se hace eterna, pero luego mejora». Lo que no me dijo es que la boda se celebra al principio. Para llegar al minuto cuarenta y siete he tenido que pararla y retomarla unas cinco veces. La única película que he visto en más «fascículos» ha sido La joven del agua.

Don nadie te ha invitado a que indiques que te gusta su página «Don nadie escritor».

Puede parecer una perogrullada y seguramente lo sea. Pero pienso que en una relación, cuanto menos tengan que cambiar su integrantes, cuanto menor sea su necesidad de adaptación mutua, cuanto más pueda cada persona seguir siendo ella misma, tanto más sencilla, tanto más placentera y tanto más plena será dicha relación. La alteración —y no digamos la supresión— del «yo» genera una frustración que impide la autorrealización y, en consecuencia, imposibilita la felicidad.

Recobro la consciencia. Estoy en el cine. El contable. Llevan cinco minutos disparándose en la pantalla. No sé por qué se están matando. Me doy cuenta de que desconecto mentalmente en las escenas de acción. Se me ocurre, de pronto, el tema para una futura novela.

En otra secuencia, un personaje le está revelando a otro una información trascendente. Hay tensión. Ella escucha atenta, levemente turbada. Suena el teléfono. Entonces me viene la idea: «El que llama se ha equivocado de número». Desde el punto de vista narrativo es catastrófico. Pero no lo puedo evitar. Cuando escribo —en especial, cuando escribo poesía— lucho continuamente contra mi propia naturaleza cómica. Estoy escribiendo un poema serio, filosófico, de cierta hondura, y me viene un verso chistoso. Y ya no sé si quitarlo y seguir con mi discurso inicial, o dejarlo y hacer de ese poema algo tragicómico al estilo de algunas películas surcoreanas —pienso, por ejemplo, en Mother.

No es que no me gustes. Es que tengo cosas que hacer. Y, además, no me gustas.

Es viernes por la noche. Voy andando desde el María Pandora hasta Malasaña. La gente está en la calle. Algarabía. Risas. Cubatas. Camino sorteando a la gente mientras escucho en los auriculares un podcast sobre Stephen King.

—¡Que me quiten lo bailado!

Lo bailado ya no sirve para nada. No somos eso. Lo fuimos, y a otra cosa. Punto a la línea. La danza sigue y en ella importa lo no bailado, pues eso es lo que queda, si queda algo, por bailar.

Fernando Sánchez Dragó, Shangri-la: El elixir de la eterna juventud

—Hoy ha sido uno de los días más felices de mi vida —le digo.

—De la mía también —me contesta ella.

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