El deseo de agradar (7): Hasta las últimas consecuencias

Jaime Bayly no tiene reparos a la hora de narrar los entresijos más personales de quienes le rodean. Sus lectores se lo agradecemos, pero dudo —y así lo confirma él mismo— que las personas afectadas se muestren igual de complacidas con su relato.

Yo, en cambio, sí tengo en cuenta el nivel de intimidad de la información de la que dispongo. Y establezco, en consonancia, tres categorías que guían mi comportamiento:

  1. Si lo que me dispongo a contar es íntimo y compromete la identidad de su protagonista, sencillamente no lo cuento.

  2. Si es íntimo pero la anécdota no permite reconocer a su protagonista, la cuento usando iniciales anónimas, tales como W, X, Y o Z.

  3. Si no es íntimo, uso el nombre del protagonista o su inicial.

Aclarado esto, referiré que la primera vez que vi a X ya le dije lo que pensaba de ella. Esto ocurrió, más o menos, a los dos segundos de que pasara por vez primera por delante de mis ojos.

X se quedó bloqueada. X se murió de vergüenza. Me acerqué para abrazarla, pero no correspondió mi gesto.

En las siguientes semanas pasaron algunas cosas.

Tres o cuatro meses más tarde, estábamos saliendo.

Nuestra relación duraría entre uno y dos meses. Durante ese tiempo, la tuve al corriente de mis pensamientos y de mis sentimientos. Y lo hice también el día en que decidí finalizar la relación.

Fui, por tanto, honesto, antes, durante y después. Sin embargo, la idea que a X le quedó es que yo había jugado con ella. No se explicaba cómo podía tener unos sentimientos una semana, y otros distintos una semana más tarde.

Pero, en fin; lo cierto es que eso fue justamente lo que sucedió. Y yo hice en todo momento lo único que estaba en mi mano: ser transparente con ella.

¿Cuál fue mi fallo? Ninguno. Puede que tenga muchos defectos, no lo niego: a veces pierdo la paciencia demasiado pronto, a veces soy más cabezón de lo que debería y nunca cojo las octavillas de publicidad que me ofrecen por la calle. Pero si de algo no se me puede acusar es de que no vaya con la verdad por delante.

Algunos conocidos con los que comenté mi decisión fueron críticos con la misma:

—Pero, ¿por qué la has dejado tan pronto?

—La he dejado en cuanto he percibido que no sentía lo que tenía que sentir.

—Pero eso no lo puedes saber tan pronto. Tenías que haberte tomado unos meses e ir viendo cómo evolucionaban tus sensaciones.

Bah. Basura.

A mí no me gusta perder el tiempo. No lo tengo. Y tampoco me gusta hacérselo perder a la otra persona. Es una cuestión de respeto tanto hacia ti mismo como hacia los demás.

Claro, que la asertividad no suele ser bien aceptada; especialmente cuando la información que comunicas no es la que a tu interlocutor le gustaría recibir. Pero, ¿acaso hubiera sido mejor seguir saliendo con X, como mis conocidos sugerían, sin tener la implicación emocional necesaria y siendo cómplice de la forja de una ilusión que indefectiblemente iba a acabar truncada más temprano que tarde?

Actuar sin el deseo de agradar no sólo consiste en decir las cosas positivas sin preocuparte por si la otra persona se va a sentir incómoda, se va a poner nerviosa o se va a molestar por tu osadía. Consiste también en decir, cuando se da el caso, lo que a la otra persona le va a doler escuchar.

Este grado de franqueza sólo admite dos excepciones en su empleo: cuando decir la verdad va a favorecer el éxito del mal, y cuando hacerlo va a a provocar un daño gratuito. En todos los demás casos, uno debe ir siempre de frente y expresar con sinceridad tanto lo bueno como lo malo. Y si a alguien no le gusta, es su problema; no el tuyo. Ser honesto es decir lo que piensas y lo que sientes. Ser honesto es decir lo que quieres y lo que no quieres. Ser honesto, en definitiva, es ser tú mismo hasta las últimas consecuencias.

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