El deseo de agradar (5): Psicodelia moderada

No sé cuántas personas leen lo que escribo en mi blog. A veces miro las estadísticas y compruebo que la mayoría de las visitas son de spiders rusas que rastrean ávida y automáticamente la web en busca de sabe Dios qué alimento.

Sólo hay dos personas a las que le interesa lo que escribo: una soy yo y la otra eres tú.

Me recuerdo marcando goles con cuatro años, en el patio del colegio. Jugábamos con un balón extrañísimo, que se traía un chaval que se llamaba Antonio. Es el balón más extraño con el que he jugado nunca: un balón de plástico que tenía un tapón para que el aire no se escapase. Sí, has leído bien: un tapón. Y ese tapón se perdía siempre durante el transcurso del partido, y el pobre Antonio se ponía a llorar y a mí me daba pena verlo llorar. Al día siguiente, o a los pocos días, aparecía con otro balón semejante y el proceso volvía a repetirse.

Hay dos cosas que me hubiera gustado que sucediesen y que no sucederán. La primera es haber sido mejor futbolista. Me hubiera gustado —claro— ser un grandísimo jugador, un maestro, un genio. Si bien es cierto que algunos me apodaron El Mago en mi época futbolera, yo sé honestamente que esa magia sólo sucedía de vez en cuando. El resto era obcecarme, dilapidar ocasiones, jugar andando.

La segunda cosa que me hubiera gustado que sucediese es tener un vídeo con todos los goles que he marcado en mi vida. Es una de esas cosas que por más dinero que se tenga no se pueden conseguir. Un vídeo con todos mis goles: desde los primeros que marcaba con el balón de broma de mi amigo Antonio hasta los últimos anotados con mis botas naranjas hechas polvo sobre el césped artificial del pabellón cubierto. He marcado auténticos golazos —las cosas como son—. Goles que ni yo mismo conseguiría explicarme.

El otro día me compré una camisa que sigue la línea que ahora me interesa. Podría calificar dicha línea como «moderadamente psicodélica». Creo que me define, porque eso también es lo que yo soy: moderadamente psicodélico; o recatadamente loco, o cabalmente excesivo, como se quiera expresar. Un individuo que cree en el orden y la rutina y que los practica, pero que aplaude la ruptura puntual de las mismas siempre que se haga con cierta responsabilidad.

Sabes que la relación ha terminado cuando adviertes que tu pareja ha perdido por completo el deseo de agradarte. Cuando actúa sin tener en cuenta lo que puede hacerte feliz es porque no le preocupa que la imagen que tienes de ella se degrade. Y esto sólo sucede cuando no tiene ningún miedo de perderte, lo cual coincide con el momento en que ha dejado de valorar tu compañía.

Este sábado pasado me di mi primer baño en el mar de la temporada. Ayer domingo, el segundo. El agua estaba fría, pero no me importó. No soporto que el mundo coarte mi libertad con sus niñerías, con sus pataletas de adolescente consentido. El mar no me va a decir a mí cuándo me puedo bañar y cuándo no. Hasta ahí podíamos llegar.

Yo, por mi parte, lo que voy a hacer es terminar un poema que tengo a medias, darle el último retoque a Fucsia Fantasía y enviarla a editoriales. En lo que respecta a 8888, tal vez haga lo propio antes de que concluya el verano. En breve, más temprano que tarde, será tiempo de ocuparse del guión de la nueva novela.

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