El deseo de agradar (4): Por favor, no os peleéis por mí

Leo un magnífico artículo de John Carlin sobre Muhammad Ali, en El País:

[…] Tenía un tremendo sentido del humor y tanto yo como el público que juntó la BBC para presenciar la entrevista en directo nos partíamos de la risa. Rápido e ingenioso en sus respuestas, de repente soltaba un poema que él había compuesto proclamando su propia gloria. Pero con sus ojos, con su sonrisa, con sus muecas nos hacía cómplices de su fanfarronería. Como que nos estaba diciendo: no me tomen en serio, pero tómenme en serio. Estoy interpretando el papel de Muhammad Ali, pero este es el auténtico Muhammad Ali. Me río de mí mismo pero cuando digo que soy «the greatest» también me lo creo, y más vale que os lo creáis vosotros.

[…] Ali era la definición del carisma; era el carisma hecho carne […]

[…] ¿Qué es el carisma? El carisma es una luz que se transmite a partir de una colosal confianza en uno mismo, de saber, sin la más remota duda y mucho, mucho más allá de mezquindades como la altanería o su hermana gemela, la inseguridad, que uno es grande y especial. […]

Como diría James Ellroy de Beethoven, veo grandes paralelismos entre Ali y yo. No soy el único: a propósito de una cita del boxeador que pongo en Twitter, mi amiga R replica: «Tan tú».

Ali no fue un espejo en el que mirarme porque cuando yo descubrí a Ali —y, más concretamente, su actitud—, yo ya era, desde hacía muchos años, el chulo bueno —o el chulo gracioso (cocky & funny, David DeAngelo dixit)— que ahora soy. Pero puedo reconocer retrospectivamente esa confianza en sí mismo habitando también en mí.

Nunca me gustaron las discotecas. Siempre he pensado que estar en una discoteca es el precio que uno paga por ligar. Lo pensaba con dieciocho años y lo pienso hoy.

Te pueden venir con argumentos como el beber y el bailar; sucede. Pero si no te interesa la ingesta de alcohol y consideras que el baile es una actividad meramente femenina, entonces, sí, es evidente que tu punto de vista es tan agudo como veraz.

Cuando comprendes que puedes ligar sin problema a la luz del día —es más: que lo prefieres—, deja de tener sentido someterte a los desmanes de la multitud y a la tortura de la música machacona.

De alguna manera escribir una novela es como estar en una discoteca: escribir una novela es el precio que uno paga por haberla escrito.

Se lo contaba el otro día a M: El momento más feliz de escribir una novela es aquél en el que me doy cuenta de cómo tienen que suceder las cosas. Ese instante en que todos los pedacitos de trama que flotan en mi cabeza se unen por ensalmo y me revelan una verdad hasta entonces desconocida para mí. Es el único momento en el que dejo de ser escritor para convertirme en lector.

Soy liberal, desde luego. Pero si estoy en contra de la posesión de armas de fuego es, precisamente, por esta condición. Porque la forma más pura de libertad es aquélla en que nadie te la puede quitar. Idealmente, en un estado en el que tu libertad fuera sagrada, los otros te dispararían pero las balas nunca te alcanzarían. El problema es que en la realidad sí te alcanzan. Y te matan. Y la muerte es irreversible. De nada te sirve que a tu asesino le condenen cuando tú ya estás muerto. Prohibir las armas prioriza tu libertad de vivir sobre tu libertad de matar. Eso pienso ahora. Quizás mañana cambie de opinión.

«Soy un ser que busca, por encima de todo, su libertad. […] La libertad, los únicos límites que entiende, son los límites de la bondad.» (Kiko Matamoros.)

Mi estado de WhatsApp es, desde el momento en que me instalé la aplicación, «No tengo WhatsApp». Y esto es así porque fui muy reticente a instalármelo y presumí, en cierto modo, de no haberlo hecho. Así que cuando finalmente di mi brazo a torcer y ganó la mediocridad, entendí que sólo me quedaba la ironía, la parodia de mí mismo.

WhatsApp tiene lo peor de cada medio: por una parte, la comunicación es escrita, lo que le resta, inevitablemente, la espontaneidad y la autenticidad de las conversaciones presenciales y telefónicas. Y, por otra parte, los diálogos son síncronos, lo que significa que, a diferencia del correo electrónico, generan cierta urgencia o expectativa de respuesta rápida en tu interlocutor.

Mis amigas me mandan ficheros de audio que me pillan en la oficina, por lo que tengo que sacar los auriculares y conectarlos para escuchar lo que, algunas con tono escéptico, otras con tono levemente compungido, tratan de comunicarme.

A las ocho de la mañana le mando este WhatsApp a P:

Creo que deberías estar con X. Sé que le tienes miedo a las relaciones por el daño que me has dicho que te hicieron. Es normal, pero hay que enfrentarse a los miedos. Cuando te dejan, duele, sobre todo la primera vez. No te lo esperas y te parece imposible que eso pueda ocurrir, porque uno viene del amor familiar, que es incondicional e imperecedero, y no entiende que el amor se pueda acabar. Pero el aprendizaje que hay que sacar no es que hay que temer al amor, sino que hay que estar preparado. Luis Alberto de Cuenca tiene un libro cuyo título considero que refleja (sin pretenderlo) la que creo que es la actitud adecuada ante el amor: «Sin miedo ni esperanza». Yo lo tengo claro: me la he jugado y me la seguiré jugando en mis relaciones. Incluso si no les veo mucho futuro, me la jugaré. Hay que ser valiente e ir a por todas. Me llevaré puñaladas unas veces y saldré con rasguños otras, pero hay que arriesgar para ganar porque, como dice mi clon Pep Guardiola, «no existe mayor riesgo que no arriesgar». ¡Vamooooos!

P me acompañó ayer tarde por medio Madrid en busca de unas zapatillas de abuelo, unas yayunas, unas slip-on de lona y suela negras más presentables que las que llevo, que sean como las Vans pero que no sean Vans, porque las Vans cuestan setenta euros y yo ya he tenido dos pares que se me han rajado a los dos meses de uso y son una verdadera porquería sobreponderada por la siempre subjetiva —y bendita— balanza de la oferta y la demanda.

P se ofreció a acompañarme, a patearnos la ciudad bajo el sol de la tarde de verano madrileña. Lo hizo sin que yo se lo pidiera, sin que se lo sugiriese siquiera. Me demostró lo que ya sabía: que me quiere mucho. Yo también la quiero a ella. Ayer le dije en persona lo que ya le había dicho alguna vez por escrito: «Tú y yo vamos a ser amigos toda la vida». Es un presentimiento y también una intención.

De P lo que más me gusta es su total falta de hipocresía. Cuando la conocí me miró con cara de asco, como a todo el mundo. Eso me gustó. Me gustó esa antisonrisa tan sincera, cansado ya, como estoy, de tanta mueca falaz, de tanto deseo de agradar.

S me repite las reglas mnemónicas que le solicito:

Todas mis amigas me quieren mucho y a la gran mayoría —de las que tienen un mínimo de madurez, al menos— les gusto. Yo también las quiero y les deseo la mayor felicidad imaginable, como deseo también con gran fervor y así se lo pido que, por favor, no se peleen por mí.

«Impossible is just a big word thrown around by small men who find it easier to live in the world they’ve been given, than to explore the power they have to change it. Impossible is not a fact. It’s an opinion. Impossible is not a declaration. It’s a dare. Impossible is potential. Impossible is temporary. Impossible is nothing.» (Muhammad Ali.)

Archivo

Suscríbete o tendrás cinco años de mala suerte

Si quieres recibir los artículos exclusivos para suscriptores, déjame aquí tu e-mail y yo personalmente te enviaré dichos textos cuando los publique. De no hacerlo, ya sabes que tendrás cinco años de mala suerte.