El deseo de agradar (3): Qué normal parecías

Estoy terminando un programa de bolsa que analiza los datos históricos de las acciones y refleja señales de compra y de venta en función de distintos criterios. La idea es que el programa me avise de estas señales sin que yo tenga que detenerme a analizar las gráficas ni calcular los precios de entrada ni de salida. Lo he programado en Python, no sólo por su simplicidad, sino también porque era una forma de aprender el lenguaje. Otra característica fundamental del programa es su versatilidad, que me permite comparar distintas estrategias y encontrar las más rentables. También traza las gráficas. Ahora ando interesado en las estrategias relacionadas con la reversión de la media. RSI 25/75, por ejemplo. Relative strength index and let the sunshine in. ¡¡Ratatatatatatatata!! ¿Qué? ¿Le has dado?

L me dice que le gusta esta serie que estoy publicando en mi blog.

—¿Por qué haces lo contrario?

—¿A qué te refieres?

—¿Por qué actúas…?

—¿Con el deseo de desagradar?

—Sí.

—No actúo con el deseo de desagradar.

—En persona, no tanto.

—¿En las redes sociales?

—Sí.

—En las redes sociales soy neutral.

—¡Neutral! Eres polémico.

—No soy polémico. Yo digo lo que pienso. Hay una tiranía de la opinión; la gente tiene miedo a decir lo que piensa por la presión social. Yo lucho contra eso.

L habla de los «fantasmas» de mi blog.

—¿Qué fantasmas?

—Las frases ésas que metes de pronto, a cuento de nada.

La dificultad —la verdadera dificultad— aparece cuando quieres a alguien de verdad. En esos casos, ¿cómo no caer en el deseo de agradar? ¿Cómo no hacer todo lo posible para que esa persona esté a gusto?

Puede que ir bien vestido —corbata, americana— genere en el otro —la otra— la idea de que lo que busco es agradar. Subconscientemente.

J me cuenta que hoy se hará de rogar a la hora de recoger en su coche a la tía de la que está enamorado. Está cansado de ofrecer tanto y que no sólo no se lo valoren sino que, además y por tal causa, acabe devaluado a ojos de la susodicha.

—Un tío que tiene poca disponibilidad es atractivo para las mujeres —le digo—. Pero tiene que ser real, que tengas trabajo que hacer o estés ocupado en actividades que te interesan. Si es sólo una estrategia no funciona.

—Ya, tío. Pero qué hago. Es que yo, si puedo dedicarle mi tiempo a ella, es porque me preocupo por poder hacerlo.

Qué busca una mujer mas que alguien a quien seguir, de quien obtener. No alguien a quien proveer.

Hablo por WhatsApp con mi amiga P:

—Qué ilusión me hizo verte ayer —me dice—. Qué normal parecías. Qué veraniego. Parecías un niño pequeño.

—Es muy interesante esto que me dices —le contesto—. Precisamente porque yo también pienso en eso últimamente. En que en verano, por el calor, visto necesariamente menos serio. Y esa pérdida de solemnidad creo que la gente la recibe como mayor cercanía a ellos.

—Sí —concluye ella—. Das menos miedo.

«En Madrid estás muy serio.»

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