El deseo de agradar (1): El mejor escritor de todos los tiempos no usa smileys

Empiezo este texto sin saber adónde me va a conducir. (Este texto que formará parte de una serie que bautizaré como «El deseo de agradar».) Cuando aspiras a pergeñar una teoría, lo habitual es partir de una serie de puntos preconcebidos y desarrollarlos.

Sin embargo, recorreré el camino inverso: escribiré primero y pensaré después. No seré deductivo, sino inductivo. No iré de lo general a lo particular, sino de lo particular a lo general. No seré descendente, sino ascendente. Arrojaré los dados sobre el tapete, daré palos de ciego, desembocaré numerosas veces en culs-de-sac y sólo al final del recorrido sabré si he conquistado alguna cima o si sólo he dado vueltas a nivel del mar.

22:30 y ya en la cama. Lo he conseguido. (Nota: no había conseguido nada. Me puse a leer y a parchear con el móvil para terminar durmiéndome cerca de la una.)

El único riesgo que hay que tomarse en serio es el que pone en peligro tu vida o la de los demás. Todos los demás riesgos están sobredimensionados. Temerlos es una actitud de mariquita.

Piensa un poco: ¿Acaso crees que el mejor escritor de todos los tiempos usaría smileys? (Rafael Sarmentero. Ocho meses sin usar un solo smiley y contando.)

¿He estado verdaderamente en Japón? Todavía me lo sigo preguntando.

Tengo en mente desde hace algunos meses publicar Fucsia Fantasía en Internet y gratis para los lectores. Últimamente —reflexiones continuas mías— me cuestiono si no será acaso una postura cobarde. Si no esconderá el miedo a ser rechazado por las editoriales. El caso es que acabo de resolver esta disyuntiva: voy a hacer las dos cosas. Voy a publicar mi novela en Internet y voy a mandarla a editoriales. Soy bueno.

«Desde que estuve, niña, en La Habana, no se me puede olvidar.»

K me ofreció ir al Bernabéu a ver un partido de veteranos del Real Madrid contra veteranos del Ajax. Acepté. K, como yo, es un romántico del fútbol. Quiero decir que va más allá de la mera afición o de la mera pasión. Él, como yo, es un amante de la estética, de la filosofía del juego; en fin, de todas esas consideraciones que —con razón— sitúan al fútbol en un plano metafísico.

Es un hecho que algunos futbolistas estaban bastante gordos. No todos. Pero lo peor no era verlos gordos, sino verlos dóciles. Overmars —ese extremo con mayúsculas—, que no hace tanto se la echaba larga por la banda y a correr —benditas carreras—, fue incapaz, no ya de marcharse de su marcador, sino siquiera de intentarlo. Eso fue lo que más me molestó: que no lo intentara. Por supuesto que no lo habría conseguido ni harto de doping. Dios y él no son los únicos que lo saben. Pero no conseguirlo habría sido un fracaso más honroso que no intentarlo. Me habría quedado la sensación de que, aunque su cuerpo está para hacerlo carne picada y entregárselo a las alimañas del bosque, al menos su mente sigue siendo competitiva, sigue creyéndose capaz de superar a sus rivales.

Casualmente —o no— esto conecta con lo que digo más abajo —no escribo estos artículos de forma secuencial—.

«Let's not worry about failure. Failure is a badge of honor: it means you risked failure.» (Charlie Kaufman.)

Que no te dé la razón no significa que no me encantaría escuchar tus explicaciones.

Dios santo, viva Cuba. (Éxtasis místico derivado de la audición de Chan Chan de Compay Segundo.)

I get around de The Beach Boys siempre me ha parecido tan compleja como misteriosa.

Me he comprado un kalanchoe de flores amarillas. Se llama Joe. Se une a Chuck, el cactus tipo aloe vera que tengo desde 2008, y Napalm, la buganvilla que ha sobrevivido a excesos y carencias de agua propiciados por mi ausencia en viajes de verano.

No lo difundas, pero planeo un experimento que consiste en grabarme bailando solo para ver cuánto hay de no saber bailar y cuánto de pudor.

A veces me planteo si visto desde fuera parezco tonto.

Como siempre, hay que practicar la observación. Y la observación me dice que existen personas que aparentemente nada tienen de excepcional —ni física, ni intelectual ni humanamente— y que, sin embargo, exhiben algo que los demás captan y de lo que, de alguna manera, quedan prendados.

Creo que puedo afirmar que lo que estos seres grises exhiben es lo mismo que muestran determinadas personas que sí sobresalen —en una u otra faceta—. Así que mi primera conclusión es que el público —la gente— siente lo mismo ante una persona gris con ese «algo» que ante una excepcional que también tiene ese «algo».

«To be a great champion you must believe you are the best. If you’re not, pretend you are.» (Muhammad Ali.)

Creo que con mi belleza y mi inteligencia vamos a hacer grandes cosas juntos.

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