El casi prosaico

Tengo un poema titulado «Poética del casi» en el que vengo a decir que la belleza de lo perfecto es inferior a la de aquello que se queda en la antesala de la perfección:

[…]La película soberbia y turbadora
de ciento veinte minutos,
derrumbada en un instante
por un giro innecesario de la trama.

Para ser justo tengo que indicar que también existe la maldición de lo contrario: la del casi prosaico; la del casi que te frustra, que te cabrea. El casi que se lo carga todo.

Ocurre en El show de Truman. Gran idea, buen guión. Pero siempre he pensado lo mismo: ¿No habría sido infinitamente mejor la película, no habría, tal vez, alcanzado la categoría de obra maestra, si al cuarto de hora de metraje no viésemos al público siguiendo el show en la televisión del bar; es decir, si el espectador tuviera en todo momento la misma información que el protagonista y ambos fueran descubriendo a la vez que todo forma parte de un espectáculo?

El casi prosaico está presente también en una de mis composiciones favoritas: la Danza macabra. ¿Por qué Saint-Saëns tuvo que añadir ese último minuto insulso, ocioso, naíf, que estropea el clímax al que se llega tras ese estrépito de violines, platillos y timbal? ¿Por qué no se estuvo quietecito?

Me he comprado un difusor ultrasónico de aceites esenciales y no estoy para tonterías.

Los polos opuestos se atraen, pero los iguales se reconocen. No hay nada más atractivo que la identidad.

No existe malditismo o pose en constatar la mediocridad que nos invade, la zafiedad de este inframundo. El género humano, en su práctica totalidad, resulta despreciable.

Soy demasiado ético para el siglo veintiuno.

Desayunar avena es una declaración de intenciones.

Los enamorados repiten una única plegaria cuando cierran los ojos y piensan en la persona amada: «Ojalá sea como parece».

—Es una idea tan absurda que podría ser divertida. Pero yo no quiero saber nada de boxeo. Sí, el boxeo fue mi gran pasión. Pero, como todas las pasiones, acaban desilusionándote.

—No, perdona un momento; escucha: No lo entiendo. Si tú tienes una pasión dentro, ¿por qué luchas contra ella?

—¿Por qué?

—Sí.

—Porque tendría que cambiar el mundo. Y a estas alturas el mundo no cambiará. Precisamente por eso será mejor que me vaya. Y cuanto antes. Si no, ¿sabes qué pasará? Que acabaré haciendo caso a un loco como tú.

Bombardero.

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