El año del buey

El año del buey

Dominguitis aguda. A las razones nunca del todo esclarecidas que la propician se une otra muy elocuente: mañana trabajo después de diecinueve días de vacaciones.

La fiesta terminó.

El trabajo es el refugio de los que no tienen nada que hacer, dijo Oscar Wilde. Si el trabajo fuera bueno no pagarían por hacerlo, dijo no sé quién.

Madrid, diez de enero del año de gracia y del buey de dos mil veintiuno de nuestra era. Este fin de semana cayó una considerable nevada. Ayer salí a pasear por la nieve. Como no tengo botas, ni de alpinismo, ni de senderismo, ni de vestir, salí con las multitaco de fútbol siete.

El año del buey

A mi padre le gustaba la canción The year of the cat, de Al Stewart. En alguna ocasión le oí escucharla. Se la grabó mi tío favorito en una cinta, hace ya no sé cuántos animales del horóscopo chino.

On a morning from a Bogart movie
In a country where they turn back time
You go strolling through the crowd like Peter Lorre
Contemplating a crime.

Al Stewart, The year of the cat

Durante las Navidades pensé que sería buena idea volver a subir vídeos. Tenía decididos los detalles: manera de proceder, estética, tono, sonido. E hice varias pruebas estos días. Pero el resultado quedó lejos de lo que había imaginado.

El hecho de que no me haya salido como quería es tal vez el motivo de mayor peso que me llevará a volver a intentarlo. La infraestructura requerida —colocar el trípode, procurarme una iluminación aceptable, grabar las tomas necesarias, editar el vídeo…— hacen necesarios una dedicación y un tiempo de los que no siempre quiero disponer.

Por lo pronto, voy a ver si mantengo esa videollamada pública tantas veces aplazada con mi tocayo y colega Rafaelini, que acaba de salir de un centro de rehabilitación psicológica después de cuatro meses de internamiento voluntario.

Para Woody Allen, toda tarea en la que una persona se embarca es una distracción que mantiene su mente alejada de pensamientos angustiosos sobre la muerte y el sinsentido de la vida. Él ha sido siempre muy consciente de ello, de ahí su extensa filmografía.

Bienvenida sea toda distracción que nos haga olvidar la finitud de la vida. Los niños no saben que van a morir, y no es casual que la gente suela referirse a la infancia como un paraíso perdido.

Así planteado, la distracción —incluidos tanto el ocio como la creación de ocio para otros— sería un objetivo más elevado que la iluminación. Y, sí, el estoicismo consiste en ser consciente de la realidad y aceptarla como venga, pero acaso sea ésta una magnífica actitud a adoptar solo cuando haya fracasado la otra.

La estrategia ganadora, entonces, sería: vivir lo más distraídamente posible, aceptar la realidad en los momentos en que ésta se haga presente, e intentar que, dentro de nuestras distracciones, las haya de las que dan sentido a nuestra existencia. De ésas que, cuando se evaporan y uno regresa a la realidad cotidiana, uno se alegra de haber emprendido y se siente satisfecho de haber aportado algo valioso a los demás.

Me he comprado un televisor.

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