El Amanecer del Dragón Dorado

Mediante un sencillo proceso en el cual yo le digo lo que voy a comprarme, ella asiente o arruga la nariz, y yo decido finalmente lo que me da la gana, mi asesora de imagen y yo definimos la línea de vestimenta que voy a seguir durante la temporada otoño / invierno de esta etapa de mi vida a la que me referiré misteriosamente como El Amanecer del Dragón Dorado.

Me gusta dar nombre a mis etapas vitales. Atrás quedan la Etapa Rosa, la Etapa Magenta… ¿Qué hitos delimitan estas etapas? No lo sé. Como los buenos corredores, me muevo por sensaciones. Y tracatrá.

De más está decir que encontrar las prendas que me interesan supondrá la misma batalla de siempre. Calzonazos. Mandilones. Planchabragas. Aliados. El mundo está lleno de hombres sensibles: individuos infantiles, sumisos, incapaces de tomar decisiones, de mantener actitudes, de decir que sí o de decir que no, de llevar la contraria, de dar la cara, de ir a lo suyo, de respetarse a sí mismos. En consecuencia, la industria textil se ha adaptado a este carácter blandengue y pegajoso y ha saturado las tiendas de prendas igualmente indecorosas. No me verán tus ojos ni con chinos de colores de paleta Mondrian, ni con pantalones cortos de vestir, ni con pantalones pitillo, ni con camisetas estampadas, ni con vaqueros rotos, ni con pinquis, ni con pulseras, ni con mariconeras.

A mí, que me registren; soy un tío.

Voy bajando la calle Fuencarral cuando oigo el insistente sonido de un claxon.

Me giro y veo a una mujer con pelo rubio platino cortado a «a lo garçon» que ha detenido en mitad de la calzada el utilitario negro que conduce. Y que me está hablando.

El rostro de la dama me es familiar, pero no consigo ubicarla ni en espacio ni en tiempo.

Tardo unos segundos en entender lo que trata de decirme.

—¡Fernando!

Sí. Eso es lo que dice.

Señala hacia el asiento de su derecha.

—¡Fernando!

Me acerco, bordeo el coche, y, ahora sí, lo veo, sentado en el asiento de copiloto: mi buen amigo Dragó.

Dragó baja la ventanilla.

—Teníamos pendiente quedar un día para tomar algo y, mira, ahora tenemos la ocasión. Voy a una mesa redonda en la Biblioteca Nacional —dice.

—¿A qué hora es? —pregunto.

—Ahora mismo. A las siete.

Faltan quince minutos.

—Voy para allá.

La Biblioteca Nacional está cerca. Sólo tengo que coger Mejía Lequerica y seguir atravesando calles hasta cruzar el Paseo de Recoletos.

Por el camino, el bueno de Dragó me llama para disculparse por su mala cabeza, pues no se les ha ocurrido que me subiera en el coche con ellos cuando nos hemos encontrado. Pero lo cierto es que, dado que había coches aguardando detrás del suyo y dada la proximidad de la biblioteca, a mí tampoco se me ha ocurrido.

Ocupo un asiento en el salón de actos de la biblioteca y Laura, la novia de Dragó, viene a sentarse a mi lado.

El acto da comienzo.

—¿Qué opinas de cómo le queda la barba a Dragó? —le susurro a Laura.

Dragó luce una barba de tres días que no le había visto nunca.

—Me gusta cómo le queda.

—Le queda bien, ¿eh? Parece un hippie dos punto cero.

Laura es muy risueña.

Dragó, con su facilidad de palabra y su siempre entretenido discurso, se gana fácilmente a la audiencia.

Cuando salimos de la biblioteca, un matrimonio de personas mayores asaltan a Laura y Dragó. Mientras el marido trata de colocarle a Dragó el libro de un hijo suyo que escribió en El País, la mujer acapara a Laura para contarle no sé qué milonga.

—Qué duro es ser Dragó —le reconozco, una vez que el matrimonio los ha dejado tranquilos.

Bajamos al aparcamiento y subimos al coche.

Laura conduce, Dragó va a su lado y yo voy tras el asiento del conductor. Hablamos de las redes sociales, de la corrección política, de la gratuidad del adjetivo «facha», de libros, de la muerte…

Nos bajamos en Malasaña.

—¿Cuál es tu horario óptimo de sueño? —le pregunto a Dragó.

Sonríe.

—De nueve de la noche a cinco de la mañana.

«Pero eso, en España, es imposible», pienso.

—Pero eso aquí es imposible —dice él.

Dragó propone entrar en un local donde yo he tomado café algunas veces.

Laura pide una cerveza y Dragó y yo nos enjaretamos sendos rooibos con hielo. Teníamos pendiente un té matcha, pero esta hierba sudafricana es también una excelente opción. Tengo además el honor de haber compartido con él el primer rooibos de su vida.

El domingo, durante el desayuno con P:

—¿Y qué te parece Carlos Boyero?

—Insoportable. Me recuerda a ti.

—¿Lo conoces?

—No. Me encantaría.

—A mí me cae bien.

—No me extraña. Tiene tanto ego como tú.

Otra con el ego. Anda. Dime algo que no sepa.

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