Diario

DO/12/08/18

Hace unos días pasé la tarde con S.

S está cursando un doctorado sobre autobiografía familiar. La pobre se agobia ante el cariz arborescente que están adquiriendo sus estudios, haciéndose éstos cada vez más extensos en anchura al tiempo que mantienen invariable su profundidad. Tan pronto S conquista un nivel, aparecen nuevas estancias que visitar: más asuntos que tratar, más libros que leer… La entiendo perfectamente; si bien recordemos que, como dijo Pep Guardiola, «hay que ser anchos para ser profundos».

La autobiografía —y no digamos la familiar— me parece un tema muy interesante, no sólo por su naturaleza misma, sino también por su complejidad moral: ¿Hasta qué punto puede y debe un escritor contar intimidades que competen a los demás?

Hablando con S me di cuenta de algo que me había comentado B: sin conocer en demasía a las personas, orillo las preguntas, digamos, de cortesía, y me vuelco sin ambages en cuestiones de mayor hondura psicológica y filosófica.

Entiendo que este proceder pueda incomodar, al menos en un principio, a determinadas personas. Por eso —soy un caballero— acompaño mi curiosidad con un cortés «Si te parece que te estoy preguntando cosas muy íntimas, dímelo».

Bajo mi óptica, lo mío es lo natural. Voy a la esencia de la persona. «Te gusta Madrid» o «Qué tal te va en el trabajo» son cuestiones que pueden esperar. La jerarquía dialéctica debería construirse al revés: primero, los asuntos enjundiosos. Después, las menudencias.

En las últimas semanas me he bañado en distintas playas de la geografía española. Me gusta el mar. Cuando me fui a vivir a Madrid estuve tiempo sin echarlo de menos. Pero eso cambió hace algunos años. Puedo seguir viviendo en una ciudad sin mar sin excesivo problema. Pero no voy a renunciar a esporádicos peregrinajes a las costas. Es una forma bastante práctica de tenerlo todo: la gran ciudad y el mar. En verano, como es lógico, el mar se torna más necesario que en invierno. Y aunque no sea excesivamente barato desplazarse con frecuencia, no es menos cierto que uno trabaja duro durante todo el año para poder disfrutar de la vida como procede. Y esto vale para todo: compras puntuales, cenas en restaurantes, moderadas fugas de fin de semana o viajes más ambiciosos a otros rincones del orbe.

Ya sea yendo solo o acompañado, mi máximo tiempo de aguante en la playa se halla en torno a los cuarenta y cinco minutos. Llegada, entrada en calor, baño, secado parcial. Opcionales: baño adicional y secado parcial correspondiente. Mi política con respecto a la playa puede resumirse con aquellas tres palabras del músico de jazz Freddie Green parafraseadas en un poema de Roger Wolfe: «Llega. Toca. Lárgate».

Estoy leyendo, entre otras cosas, Diarios, de Iñaki Uriarte. Había encontrado muy buenas críticas, pero hasta el momento el libro me está resultando nada más que correcto.

En lo que a mi respecta, he tomado la siguiente determinación: voy a dar por concluido este diario. Lo hago por una cuestión de honestidad. Si quieres escribir un diario que se pueda considerar tal, tienes que hacerlo en tiempo real. Esto es: empezando y terminando el texto en cuestión en el día de marras. El mismo Uriarte admite que «Diarios está muy corregido. Creo que no hay ninguna frase que haya salido a la primera».

Mi forma de escribir favorita no coincide con una redacción secuencial. Normalmente se me ocurre una idea un día y la apunto. Otra idea otro día y la apunto. Un día le dedico al texto unos minutos, y lo termino tres días después introduciendo una última idea o delirio que en ese momento se me antoja pertinente añadir. Llamar a estos escritos «diario» me parece una licencia demasiado esponjosa.

¿Debe llamarse «diario» simplemente por el tono confesional y/o consuetudinario que impregna los textos? Bajo mi punto de vista, no. Un diario debe ser algo así como: «6 de enero: he ganado el Premio Nadal. Bla, bla, bla». Todo lo que no sea esto, es hacer trampa. Los textos de Uriarte ni siquiera están fechados.

El colegio al que íbamos a jugar al fútbol está cerrado hasta septiembre u octubre. El boxeo lo dejé a mediados de junio porque preví que el calor madrileño haría ardua su práctica. Y así es: tuve ocasión de comprobar que no me equivocaba en mi vaticinio cuando lo retomé hace unos días y tuve que cejar en mi propósito, habida cuenta de que en la franja horaria en que yo podía asistir al gimnasio, la potencia del aire acondicionado de las instalaciones era insuficiente para evitar una deshidratación fulminante.

Como no puedo estar sin hacer deporte, he optado por la calistenia, cuya filosofía siempre ha sido muy de mi agrado. Me he propuesto como reto llegar a hacer cien flexiones de brazos seguidas. Hace años conseguí llegar a setenta.

Dentro de un par de meses, en octubre, se publicará mi nuevo poemario. Y lo cierto es que este hecho me produce cierta alegría, pues publicar es siempre un bonito complemento en el hacer de un escritor cuya misión en la vida, huelga decir, es justamente ésta: escribir.

SÁ/28/07/18

—Lo que pica en los ojos no es el agua. Lo que pica en los ojos es la arena —dijo X, el instructor de buceo. Estaba en Ibiza. Flotaba en el mar con mi traje de neopreno húmedo. Era el año 20…

La primera…

La mejor playa del mundo es una playa secreta que hay en Tarragona.

«Atenció: Platja sense servet de salvament i socorrisme.»

La primera vez que oí…

De Tarragona me ha gustado todo: el clima, el paisaje, su escasa concurrencia pese a estar a finales de julio. Me ha parecido una ciudad excelentérrima.

Eran cerca de las siete de la tarde. El sol declinaba. Me he zambullido en las aguas verdosas de esa bahía mínima y recóndita y sus aguas amnióticas me han envuelto con calidez y me han conferido una serenidad que echaba de menos desde hacía tiempo.

«Mi patria está en mis zapatos.» (Fernando Sánchez Dragó.)

La primera vez que oí hablar de la playa…

JU/26/07/18

La base de cualquier acción ha de ser el respeto. Respeto por uno mismo, pero también respeto por los demás. No lo uno sin lo otro, pero tampoco lo otro sin lo uno. De ese respeto omnímodo emana la mayor parte de las virtudes que un ser humano puede atesorar.

DO/15/07/18

Cuando tenía siete años le gané a mi padre al ajedrez. No tuvo mérito porque no es que yo fuera un portento de dicho juego; mi victoria se debió nomás a un despiste de mi padre que, a buen seguro confiado por el escaso potencial de su contrincante, dejó desatendida una de mis torres. Cuando situé la pieza en la fila en la que su rey quedaba irremediablemente encerrado, dije:

—Jaque.

A lo que mi padre replicó:

—Jaque qué más.

—Mate.

En aquellos años mi propina semanal ascendía a cien pesetas. Y mi padre no me la entregaba de manera incondicional, sino que debía ganármela semana a semana resolviendo con acierto un problema de lógica o demostrando con mi intelecto de algún modo que era merecedor de tal asignación.

Yo acababa de ganarme la consabida suma. Pero al ir a sacar las cien pesetas de la cartera, mi padre tomó por error una moneda de doscientas. Hizo el ademán de cambiarla, pero debió de pensárselo mejor. Contuvo el gesto a mitad de camino y me formuló una pregunta. Una pregunta cuya respuesta yo conocía y, estaba convencido, me valdría las cien pesetas de diferencia.

—¿Qué prefieres: que te den dinero sin hacer nada o ganártelo tú?

Si hubiese sido más ambicioso o menos sincero, habría respondido lo que mi padre esperaba que respondiera y me habría ganado la propina extra. Pero me pudo la honestidad.

De haberme hecho la pregunta ahora, habría contestado lo contrario. No en vano, una de las razones por las que no juego a la lotería es porque la idea de ganar dinero sin merecimiento me provoca el mismo rechazo que pagar por sexo. Ambas situaciones se me antojan una suerte de antipremio.

Pero entonces, con siete años, contesté lo que contesté, y aquella fue, seguramente, la primera vez que decepcioné a mi padre. Me quedé, pues, con un padre decepcionado y sin las cien pesetas adicionales. Pero obtuve, a cambio, la satisfacción impagable de quien expresa, sin temor a las consecuencias, la verdad.

MA/26/06/18

En oposición al selfie, artera fotografía que uno toma de sí mismo con el propósito de mostrar su mejor faz, el antiselfie consiste en modelar con los rasgos faciales el gesto que menos nos favorezca y apretar el disparador sin ninguna compasión.

La única persona de la que uno debería reírse es de uno mismo. Hacerlo es una conveniente práctica que evidencia la buena salud de nuestra autoestima al tiempo que nos previene de acabar algún día convertidos en uno de esos aborrecibles individuos que profieren frases del tipo: «Usted no sabe con quién está hablando».

LU/18/06/18

—Are you a talent? —me pregunta.

Un irlandés algo encendido espera a mi lado a que abran el Rodilla. A pesar de que son las ocho y treinta y cinco y el café abre a las ocho, las puertas permanecen cerradas y en el interior una empleada coloca las cosas con parsimonia.

—I don't understand.

—Are you a talent? —me pregunta de nuevo.

—I don't know what are you saying to me! «Are you a talent?» What is «a talent»?

El irlandés ríe como un bebé.

—A talent, no! Italian! Are you italian?

MI/13/06/18

Ayer me escribió un e-mail un guionista del programa de televisión Ara i Aquí, de TVE Catalunya. En el correo me explicaba que estaban buscando personas con perfiles interesantes y habían dado conmigo. Había visto que había publicado el libro ¡Menuda zorra!: Cómo acabar de una vez por todas con el feminismo y, dado que el próximo programa versa sobre el poder y las mujeres, quería saber qué opinaba sobre la siguiente cuestión: «¿Qué preferimos, que nos mande un hombre o una mujer?» Ésta fue mi respuesta:

Lo cierto es que no tengo ninguna preferencia. He tenido tanto jefes como jefas, y los he tenido de todo tipo: buenos, malos y regulares. En mi experiencia no he observado que los unos sean mejores que las otras, o las otras que los unos.

Para mí lo más importante es que sean buenas personas. Y lo segundo más importante, que no tengan complejo de inferioridad y sientan en consecuencia la necesidad de demostrar a cualquier precio que son ellos quienes mandan.

Es posible que el guionista se haya interesado por mi opinión al intuir —tal es la falacia generalizada— que, como no soy feminista, necesariamente seré machista. Tal vez pensó así y calculó que yo pondría a caldo a las mujeres o hablaría mal de ellas, y que mis declaraciones serían un jugoso manjar con el que generar revuelo en su programa. Si eso fue lo que supuso, es evidente que se equivocó.

LU/11/06/18

No hay calcetines azul marino. En todo H&M no hay calcetines de color azul marino. Sí los hay, en cambio, amarillos con un estampado de salchichas moradas. Salchichas moradas en unos calcetines de hombre. No de niño, no. De hombre. Tampoco hay calcetines de color azul marino en Springfield.

No hay pantalones chinos de color gris oscuro. En todo H&M. Ni en Springfield. Sí los hay, en cambio, de color granate. Y pantalones cortos de vestir de gran variedad cromática.

No hay más que una camisa de manga larga con cuello americano en todo H&M. Sí las hay de manga corta. Y cientos de camisetas.

Han ganado. Ellos han ganado. Con su infantilismo; con su feísmo. Lo cual quiere decir que yo he perdido. Leer libros de Cesar Poetry y vestir ropa horrible son expresiones de la misma decadencia. Por eso cada vez hay más libros malos de poesía y cada vez es más difícil encontrar una ropa siquiera normal. Unos simples chinos grises. Unos simples calcetines azules. Un simple poemario como Dios manda.

MA/29/05/18

El domingo pasado fui a la Feria del Libro porque H quería que Juan José Millás le firmase su último libro. Cuando H completó su misión, me dirigí al escritor y le pregunté algo que siempre había querido saber: en qué momento y por qué razón dejó de escribir con el estilo —circunspecto, espeso— de sus primeros libros, y empezó a escribir como Juan José Millás.

—Fue cuando escribí Papel mojado, una novelita juvenil, de encargo.

—Pero, ¿qué fue lo que pasó para que cambiara de esa manera su forma de escribir?

—Lo que pasó fue eso: que la escribí. Era una novela que en principio no iba a leer mucha gente, y eso me permitió una enorme libertad. Me liberó.

MI/23/05/18

La primera vez que me preguntaron qué quería ser de mayor contesté que McEnroe. Así es: John McEnroe; el tenista.

La pregunta figuraba en un libro de ejercicios del colegio y yo debía de tener cuatro años. Ni siquiera sabía deletrear bien su nombre y escribí «McEroe».

Muchos años más tarde, este viernes pasado, fui al cine a ver Borg vs. McEnroe. La película narra la final del Campeonato de Wimbledon de 1980 entre ambos tenistas, así como sus infancias, sus adolescencias, sus buenos y sus malos momentos.

La rivalidad entre los dos deportistas no deja de ser, en cierto modo, la sempiterna lucha del bien contra el mal. Del cerebro contra el corazón. Del orden frente al caos. De la corrección frente a la irreverencia. La mayoría de mis ídolos deportivos —Ben Johnson, Mike Tyson, Hristo Stoitchkov— pertenecían al segundo grupo, aunque no todos. En un momento dado de la película, H me dijo algo así como que yo había dejado de ser el malo para convertirme en el caballero, acaso lo mismo que sucedió con Borg.

LU/14/05/18

Esta tarde me he apuntado a clases de boxeo.

Siempre me ha gustado el boxeo. Me pasé la adolescencia quedándome despierto hasta horas infames para ver un efímero combate de Mike Tyson. Lo conté en un poema:

Aguantando hasta las seis de la mañana
para ver codificados
—y escuchar en alemán—
dos minutos de combate.

Tú, former heavyweight champion of the world,
contra un saco antropomorfo
que era alérgico a la comba
y tenía por cerebro una hamburguesa.

[…]

Y siempre también he querido aprender la técnica. En más de una ocasión he considerado la posibilidad de recibir algunas clases. Ese momento, por fin, ha llegado. Empiezo dentro de tres días.

VI/11/05/18

Estoy disfrutando la lectura de Los hermanos Karamazov. Me alegra sobremanera haberme decidido a hincarle el diente a esta colosal novela.

Supe que era el momento de acometer su lectura cuando me cuestioné, no ya el tipo de novela que deseaba escribir, que también, sino la novela arquetípica, platónica, que a mí me gustaría leer.

Y al plantearme esta cuestión concluí que, si bien muchas de las novelas que he disfrutado carecen de la hondura suficiente —aunque sí dejan algún poso, despiertan alguna reflexión—, no es menos cierto que las historias que se limitan a la acción, que son la mayoría, son y deben ser pasto del vulgo, no de los genios con delirios mesiánicos como yo.

El otro día, en una cafetería, escuché a una gordita —ciertamente vulgar y un punto morbógena— aludir a su —supongo— novio, allí presente, afirmando que fulanito «tiene el móvil lleno de fotos de comida». Por lo que dio a entender, el sujeto no puede dejar un plato de fabada sin fotografiar. Y luego —no lo dijo ella pero todos lo sabemos—, a subirlo corriendo a las redes sociales. Y a aderezarlo con unos cuantos selfies. Caritas y comida: las dos grandes preocupaciones del ser humano actual.

Con estos credenciales, ¿qué tipo de novela podría leer este individuo, en caso de que un día quisiera leer alguna? Sin duda, algo ligerito. Que no lo haga pensar. El equivalente literario de una película de Bruce Willis.

Pero yo no aspiro a quedarme en el entretenimiento. Yo estoy escribiendo una obra maestra. La gran obra maestra. Una novela fuera del alcance de los que no hacen otra cosa que fotografiar chuletas requemadas y retratarse sacando la lengua con cara de idiotas.

MI/09/05/18

Íbamos ganando cuatro a cero. Dice uno que deberían haber marcado al menos un gol y le contesto que no, que llevan los goles que se merecen. Marcan. Cuatro a uno. Cinco a uno. Les digo: «Cinco a uno: la manita». Cinco a dos. Cinco a tres. Dijeron que íbamos cinco a cuatro, aunque yo no lo tengo tan claro. Cinco a cinco. Cinco a seis. Seis a seis. Digo: «El que marque, gana». Marcaron. Ganaron. Perdimos.

He defendido; cortado balones; me he ofrecido; he combinado; he dado buenos pases; he marcado tres goles, lanzado un zurriagazo al larguero. Hemos perdido.

Durante el encuentro, he experimentado dos sensaciones que me han resultado familiares. Son ya muchos los partidos disputados a lo largo de mi vida en que he sentido lo mismo.

La primera sensación es la de que todo lo tengo que hacer yo. Da igual cuánto aporte al equipo, que si no subo yo, al equipo le costará llegar, y si no bajo yo, el otro equipo nos llegará con suma facilidad.

La segunda sensación es la de la imposibilidad de ubicarme correctamente sobre el campo. Con frecuencia me percato de que, cuando sacamos de portería, todos estamos abajo. Y cuando nos atacan, todos estamos arriba. De manera que, para resolver tal desajuste, decido subir cuando tenemos el balón en nuestro campo, y quedarme abajo cuando el resto del equipo sube. Pero tampoco funciona: cuando estoy arriba apenas me llegan balones, y cuando me quedo abajo, todos se quedan allí conmigo y nadie sube.

El día ha consistido en: levantarme a las seis y cuarenta y cinco, desayunar, leer, escribir la novela, trabajar, pasar a ordenador varios días de escritura manual, completar mi página web, analizar algunos valores de la bolsa, jugar al fútbol, escribir este texto en el diario y leer otro rato. No está mal. Eso sí que es vivir la vida, y no tu melopea del sábado.

MI/09/05/18

Seamos claros: no voy a permitir que una pandilla de mataos gane el partido esta tarde.

Llevo tres semanas o más sin jugar al fútbol. Y las últimas tres veces que he jugado no he marcado. La primera, porque me dediqué más a defender y a animar que a atacar. Las otras dos, porque tuve fallos razonables que se unieron a fallos clamorosos.

Les he dicho a los del grupo de WhatsApp que sólo iría a jugar si éramos cinco contra cinco.

Para jugar cuatro contra cinco o cuatro contra cuatro, yo ni me levanto de la cama. Al final, uno de ellos traerá consigo a alguien más y jugaremos un partido como Dios y el reglamento de fútbol sala mandan.

Para confirmarles mi asistencia a los del grupo no me he contentado con un «Contad conmigo», o con el proverbial «Yo voy». Basta ya de formalidades y de armisticios. Para confirmarles mi asistencia les he dicho: «Iré y ganaré». Porque ésa es la única forma de empezar a demostrarles que aquí, tonterías, las justas. Que si vamos a echar una pachanga, si vamos a jugar un amistoso, un partidito desnutrido, entonces me quedo en mi casa. Si no hay oposición que vencer, entonces no quiero jugar.

Así que ahora estoy escribiendo esto en el teléfono, camino de la pista, en el metro, y al hacerlo ratifico mis tres propósitos de esta tarde: jugar como si no hubiera un mañana, marcar algunos goles y, por supuesto, ganarles el partido a esos paquetes.

SÁ/05/05/18

Intenta mezclar a Albert Camus con una camarera del Rodilla: «No hay sino un problema filosófico realmente serio: ¿Te tomarías un zumito por un euro más?»

MA/01/05/18

Hay siete tiarrones a mi izquierda. Uno de ellos acaba de proferir con su vozarrón la expresión «Puño divino». Hablan de «cartas legendarias».

Hombres de treinta y cinco años van al cine a ver películas de superhéroes.

Hombres de treinta y siete años se desplazan en el metro ataviados con pantalones piratas de tela vaquera, camisetas con muñequitos serigrafiados, tatuajes en brazos y piernas y gorras del revés.

Niños. Niños de cuarenta. Hombretones que afeitan canas; pero niños. Probablemente aliados feministas. Kali-Yuga y cuarto. Año de Gracia de dos mil dieciocho de Nuestra Era.

MA/24/04/18

Le escribo a H: «Es curioso. Escribir novela es ir del punto A al punto B. Pero en medio pasan cosas. Por mi guión, sé que menganito habla con fulanito en el capítulo que estoy escribiendo, y que éste le revela algo. Pero cómo acaba revelándole ese algo, lo improviso. Y me hace gracia cómo se enredan las cosas. Es una mezcla entre diseño inteligente y teoría evolutiva. Diseña Dios, pero pone los ladrillos Darwin».

LU/16/04/18

Podría haberle dicho: «Me encantó Tokio ya no nos quiere», porque era cierto. Pero no quería molestar.

Ayer me crucé con Ray Loriga. Yo salía del Carrefour de calle Zurbano y él entraba. Llevaba gafas de sol. Eran las ocho de la tarde y, sin embargo, juraría que dijo: «Buenos días».

JU/12/04/18

Madrid. Plaza de la Villa. Tropecientos metros cuadrados. Cero bancos donde sentarse. Por detalles así eres ciudad de paso, Madrid.

MI/04/04/18

Al contrario de lo que sucede en el cine, donde está considerada una mala práctica utilizar la voz en off por eso de que es un recurso facilón para contar con sonido lo que no eres capaz de explicar con imágenes, el empleo de la primera persona adquiere, en mi opinión, gran valor en la literatura, pues la escritura se antoja el medio más indicado para narrar lo que pasa por la cabeza de un personaje. En cine, si quieres expresar lo que alguien piensa prescindiendo de la voz en off, a lo más que puedes aspirar es a sugerirlo; no hay modo de profundizar en ello.

Sin embargo, hay algunos autores como César Aira —vuelvo a él— que desprecian la narración en primera persona. Y no entiendo por qué. Sobre todo si vas a recurrir a la tercera para contar exactamente lo que contarías valiéndote de la primera; es decir, los pensamientos, sensaciones y desvaríos que ocupan a tus personajes.

VI/23/03/18

Salado es a soso, como dulce es a…

Hay que hablarles a las personas con respeto.

No debería haberme tomado el segundo café de la mañana.

Como destino del viaje del año que viene va ganando la dupla Vietnam y Camboya. Preferiblemente en los meses en que haga frío en España: esa forma de suficiencia que consiste en decirle a tus conciudadanos: «Ahí os quedáis».

Hay que huir de los locos. Escucharlos, sí. Ser amables, sí. Pero no ofrecerles la mano si no quieres quedarte sin el brazo.

K se ha comprado una camiseta del Spartak de Moscú para ilustrar a sus alumnos el sinsentido de empatizar más con unos seres humanos que con otros por un asunto tan insignificante como es la proximidad geográfica.

DO/11/03/18

Mal asunto: se me ha pasado el efecto de Japón y Corea. Vuelvo a tener ganas de viajar. Lejos.

VI/09/03/18

Nunca me he sentido tan superior intelectualmente al resto como me sentí ayer. Y es una sensación que no le deseo a nadie.

VI/09/03/18

Iba a escribir sobre mi sensaciones de ayer, pero he pensado: ¿Por qué no meterlo en la novela? Es lo que hace César Aira. Posiblemente él, que escribe sin guión, se dejaría llevar por el inciso, y la trama seguiría ese curso. Yo, que tengo la historia bien definida de antemano, meteré la reflexión en la novela como una anécdota, como un pequeño apunte irrelevante.

SÁ/03/03/18

Hace dos días empecé a escribir la nueva novela. Por fin terminé el guión. Me ha costado horrores: siempre algo estaba mal. Como si de un cubo de Rubik se tratase, cuando tenía terminada la cara del amarillo, me daba cuenta de que, en el proceso, había destruido la del verde.

Por primera vez escribo sin urgencia. Y, como hacía muchos años, con placer. Recreándome. Me siento más libre que nunca. Va a ser una novela difícil de escribir por el estilo que me he impuesto. Pero voy a disfrutar.

MI/28/02/18

Una de las preguntas más interesantes que alguien puede hacerse es: ¿Me caería bien a mí mismo si me viese desde fuera? Y si la respuesta es «no», entonces debería cambiar algo. En mi caso, la respuesta es «no». Pero ¿quién soy yo para juzgarme?

VI/16/02/18

Fernando Sánchez Dragó lee los periódicos con tres meses de retraso. James Ellroy asegura no ver nunca la televisión ni leer la prensa. Homo Minimus afirmó recientemente en su blog que durante este año no leerá periódicos. Yo acabo de tomar una decisión similar: dejar de interesarme por las noticias. ¿Para qué sirven las noticias? Para nada. Si es lo suficientemente importante, será la noticia la que me encuentre a mí.

VI/09/02/18

«Si fueras mujer, no pensarías así.» «Eso lo dices porque eres hombre.» «Tu condición masculina te incapacita para sentir empatía hacia nosotras.»

Asisto repantingado al desfile de frases proferidas por mujeres —o lo que es más absurdo, por irónico: por aliados feministas (vulgo manginas)—, bien hacia mí, bien hacia cualquier varón que tenga una opinión distinta de la Única Visión Respetable Sobre el Feminismo que la Ideología de Género sostiene.

Entonces leo o escucho a esas otras mujeres que tienen sobre el feminismo la misma opinión que yo, y me solazo respondiendo mentalmente a la cantinela que inicia este texto: «Son mujeres. Piensan como yo. Y no os hacéis una idea de la enorme empatía que siento hacia ellas».

JU/08/02/18

Mi problema jugando al fútbol es que me creo mejor de lo que soy. Esto me lleva a intentar jugadas que están fuera de mi alcance. El resultado es que el noventa por ciento de las veces obtengo un clamoroso fracaso, mientras que el diez por ciento consigo un éxito rotundo. Esto está muy bien para el arte, pero muy mal para la artesanía. Y explica que jugadores menos técnicos sean de gran valor: la consciencia de su limitación los lleva a arriesgar poco y, en consecuencia, a cometer menos errores. Pelé puede hacer grandes jugadas sin arriesgar porque tiene mucha calidad; sólo arriesgará en el momento en que se exceda de sus limitaciones. El riesgo asumido debería ir en consonancia con el marcador del encuentro, no con la calidad del jugador.

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