Desde que

La primera vez que escuché la canción fue de labios de J, un tío con el que trabajé en las oficinas de informática de Carrefour en San Sebastián de los Reyes, hace un viaje de años. A pesar de ser andaluz, J tenía gracia. Quizás porque su humor era más británico que gaditano. Participó —acaso también la propuso, ya no lo recuerdo— en la redacción de mi biografía apócrifa: un texto humorístico que escribieron mis compañeros de trabajo. J tenía otro tic: de vez en cuando formulaba la pregunta: «¿Cuál es el gentilicio de Ulán Bator?»

Desde entonces, la canción acude a mi mente en las circunstancias más diversas.

Desde que.

Me he dado cuenta de que a veces no sólo canto en la ducha, sino también en mis escritos.

Mi querido Seiko se atrasa con alarmante asiduidad. Tengo que ajustar la hora cada semana. Pero es mi Seiko y lo quiero así. Lo acepto con sus virtudes y a pesar de sus defectos. Lo mismo me sucede con mis estilográficas Kaweco. Me ha costado mucho encontrar los definitivos; pero una vez que los he encontrado, no los quiero cambiar. Ocurre así con el amor, ¿no es cierto? Quien lo probó, lo sabe. Ya lo he dicho en otras ocasiones: tan malo es conformarse con todo como no conformarse con nada.

¡Ratatatatatatatatata!

(Simulacro de ataque terrorista.)

Una vez escribí el siguiente haiku:

No hay buenos tontos:
la bondad es la máxima
inteligencia.

La mentira es una ganzúa que abre muchas puertas. Esta cualidad propicia que la gente recurra a ella con frecuencia.

Hay hitos que cuesta mucho conseguir. Hay situaciones a las que no es agradable enfrentarse. Hay precios que a uno le gustaría no tener que pagar.

Metes la mano en el bolsillo y palpas la mentira; ese atajo deshonesto. Y caes en la equivocación —no sólo ética, sino también puramente intelectual— de pensar que es inteligente mentir, en la medida en que permite solucionar un problema complejo con una cantidad de recursos muy limitada.

Y aparentemente es así. Lo que ocurre es que el juego —la vida— no concluye en esa pantalla. Tras esquivar con dicha argucia el monstruo de final de fase, la partida continúa. Y entonces no sólo empieza a taladrarte las sienes la conciencia —si la tienes—, sino que además te percatas de que la treta que has empleado te genera ahora nuevos conflictos que no se habrían presentado si hubieses dicho la verdad. Y esto continúa siendo así hasta que, tarde o temprano, terminas perdiendo la partida y llegando a la dolorosa —y en el fondo tan intuida— conclusión de que la mentira no compensa.

La mentira es una ganzúa que abre muchas puertas pero sólo desde fuera.

Desde que estuve.

Cuento esto porque el otro día X admitió que me había mentido. Fue a propósito de una letra de canción que está dando mucha guerra.

Me había dicho, asegurado y repetido que le gustaban unas estrofas —incluso que le encantaban—. Y a la semana siguiente, cuando ya estaba en el estudio de grabación, de repente, ya no la convencían.

Y aunque en principio la mentira le sirvió para soslayar el —hipotético— conflicto —que, por otro lado, no habría sido tan dramático—, acabó pasándole la consabida factura. Primero, porque tuvo que reconocer que me había mentido a la hora de darme su verdadera opinión. Y segundo, porque destruyó la confianza que yo tenía depositada en ella.

Tal vez pueda pensarse que mi reacción ha sido un tanto radical. Pero digo yo: Si le quitas la confianza a una amistad, ¿qué te queda? ¿No es la confianza condición sine qua non para una amistad?

X me ha pedido perdón profusamente y la he perdonado. Es sólo que, como le dije a la susodicha, el problema de la confianza es que uno no tiene poder sobre ella. Es como sentir frío: no le puedes pedir a una persona que sienta frío, ni está en manos de esa persona el sentirlo. Si lo sientes, lo sientes, y si no lo sientes, no lo sientes.

Soy muy alérgico a las mentiras.

No creo que sea tan difícil hacer las cosas bien.

«La verdad es algo muy bonito.» (Bruce Willis en El último boy scout.)

X me manda el impreso para registrar la canción en la SGAE. Lo firmo.

S me manda el dibujo para la portada de Fucsia Fantasía. Estupendo.

Desde que estuve, niña.

Presentación de Antología. Les cuento aquel sueño que tuve tan poco —o acaso tan— ambicioso, en el que simplemente entraba en un bar y pedía un zumo de pomelo. Y al día siguiente, X me envía una captura de pantalla de una serie de Netflix en la que dos mujeres entran en un bar, y una de ellas le dice a la otra: «Si tienen zumo de pomelo, te pago el alquiler del mes».

Tras la presentación del libro, vamos a tomar algo en un garito cercano.

—Las tres personas que más quiero en el mundo son mis padres y tú —me dice X.

A lo largo de los años, X me ha repetido esa frase varias veces. Alguna vez me dijo también que yo era su superhéroe favorito. Un gran poder precisa una gran responsabilidad. Perdón por el cliché.

—Yo no he visto a nadie —me dice mi editor—, pero a nadie, a quien quieran más las mujeres que a ti.

A mí que me registren. La verdad es que lo percibo y, por supuesto, lo aprecio en grado sumo. Pero yo no hago nada especial. Me limito a tratar a las personas como me gustaría que me tratasen a mí.

«El hecho de que seas una personalidad no significa que tengas personalidad.» (El Señor Lobo en Pulp Fiction.)

Dios, que en realidad no es ni Jesucristo, ni Alá, ni Visnú, ni Ra, ni los kami del sintoísmo, ni el karma, ni la energía cósmica, ni los chakras de tu prima, ni siquiera Julio Cortázar, sino que, como sugiere el poeta colombiano Rómulo Bustos, reside en el hemisferio derecho del cerebro «cuya función es soñarlo», sabía que andaba dándole vueltas a un posible viaje a Cuba y, como ya conté, ha tenido la magnificencia de encarnarse en mi editorial e invitarme a un intercambio con escritores y editores cubanos que tendrá lugar mañana. La cuestión es que han cambiado el punto de encuentro y ahora, en lugar de celebrarse en la sede de mi editorial, se celebrará en la Embajada de Cuba, en el Paseo de La Habana. Y para más inri, nos recibirá el embajador. Ergo tendré que ir de traje. Ya sabes: protocolo.

Desde que estuve, niña, en La Habana, no se me puede olvidar.

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