Crónicas rumanas (4): El mar verde

En Simbio me bebo un capuchino y me aprieto un sándwich vegano para desayunar. El pan está untado con pasta de fasole roşie. Esa misma noche le preguntaré a R de qué se trata y R me contestará que de judía roja.

M2 y yo emprendemos una larguísima caminata de más de cinco kilómetros que nos conduce hasta el Parque Herăstrău, donde nos sentamos a descansar junto a la orilla del lago homónimo.

De regreso, hacemos un alto en el camino en Alt Shift, un agradable restaurante. Como entrante, pido una sopa de tomate, plato que me encanta y que hacía mucho tiempo que no tomaba.

Avanzada la tarde, subimos a la terraza del Up in the Sky, donde hemos quedado con R, y donde contemplamos la proverbial puesta de sol.

Cerramos la jornada contemplando —por casualidad— un espectáculo de fuentes, luces y sonido.

«Don't join or follow a movement, but be a movement of one.» (George Bruno.)

Al día siguiente, nos levantamos temprano y desayunamos en Paul, una franquicia que M2 ya había visitado cuando vivió en Londres.

La recepcionista del hotel pide un taxi que nos lleva a la Estación de Bucarest Nord.

El tren es bastante correcto en lo que se refiere a limpieza, comodidad —los vagones de primera clase, al menos— y velocidad.

Tenemos, eso sí, un problema: M2 está muerta de sed. Y el tren no cuenta ni con cafetería, ni con máquinas expendedoras. (Iba a escribir «máquinas de vending», pero un fogonazo de lucidez ha impedido que perpetre semejante cursilada.)

—¿Quieres agua? —pregunta en inglés una de las tías que tenemos en los asientos enfrentados de delante—. Tengo dos botellas.

Le ofrece una a M2.

—No, gracias. —Sonríe M2.

Aquí el asunto es que M2 no sabe si la mujer ha bebido de esa botella. Ignora si sus babas han mancillado el plástico transparente.

M2 tiene sed. Pero también escrúpulos.

Así es como el trayecto a Constanza se convierte en un juego consistente en adivinar —en función del nivel del agua— si la mujer ha bebido o no.

Miramos en derredor, cotejamos la botella en cuestión con las de otros pasajeros, volvemos a mirar… La duda se perpetúa durante una hora larga. Incluso M2 hace una tentativa de coger la botella. Pero no se decide: la rechazó cuando se la ofrecieron, ha permanecido sobre la mesa, y ahora siente que ya no tiene derecho a apropiarse de ella.

Dejamos el equipaje en la amplísima habitación del hotel de Constanza, nos ponemos el bañador, y bajamos a la playa.

El Mar Negro sólo tiene de negro el primer metro. El color se debe a la concentración de minúsculas algas. El resto del Mar Negro es verde.

Nos adentramos en sus aguas. Por más que avanzamos, no terminan nunca de cubrirnos.

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