Crónicas rumanas (3): Mi gran boda rumana

Hemos caminado por las calles céntricas de Bucarest, visitado la célebre librería Cărturești Carusel, curioseado en un mercadillo de antigüedades y entrado en dos iglesias.

El almuerzo lo hacemos en Caru' cu Bere, un restaurante de contrastada elegancia y gran solera. Es donde pruebo por primera vez la polenta, unas gachas de sémola de maíz que tiene una consistencia esponjosa. Los rumanos la sirven como guarnición, como un puré de patatas. Me gusta.

Tras un breve descanso en el hotel, pasan a recogernos en coche R y su novio, B. R es la amiga de M2 cuyo hermano se casa.

La ceremonia es en Cosoba, a una media hora de Bucarest. Se celebra en un recinto acondicionado situado en el bosque.

Una piscina, una gran extensión de césped, árboles, sillas al aire libre, un amplio salón techado y acristalado.

Unas semanas antes de conocer a M2, tras un encuentro sexual con una mujer que ni me va ni me viene, le envío un audio a mi amiga V:

—No voy a volver a acostarme con nadie que no me guste de verdad. Todo el día perdido. Podía haberlo pasado escribiendo. Y, total: ¿Para qué?

Y tomo la siguiente determinación: o sexo con una mujer que me encante, que me llene a todos los niveles, u onanismo. O experiencia trascendente, o alivio funcional. Nada de medias tintas.

Unos meses más tarde, le estoy hablando a M2 sobre una decisión que he tomado respecto a la publicación de mi obra, y me sorprende el paralelismo que de pronto encuentro entre esta decisión literaria y aquélla sexual.

—No voy a volver a publicar con editoriales pequeñas —le digo a M2—. O editoriales grandes, o autopublicación.

Así pues, he llegado al mismo puerto siguiendo dos cauces distintos. El descubrimiento de esta coherencia refuerza mi sensación de acierto.

Cuando el año que viene termine la novela que estoy escribiendo, me buscaré un agente.

Pregunta: ¿Puede decirnos algo de su próxima aventura?

Respuesta: Bueno, cuando uno habla de su nuevo proyecto, luego es difícil llevarlo a cabo. Tienes mucha ilusión y la gente te oye decir: «Quiero hacer esto y lo otro. Hablar de ello es como dejar escapar el vapor de la máquina de vapor». No puedo decir mucho sobre el proyecto en el que estoy trabajando, pero es la película más ambiciosa y grande que he hecho jamás.

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La ceremonia de la boda —que estimo regida por la tradición ortodoxa— consiste en una especie de sacerdote que medio declama medio canturrea algo que podrían ser salmos. Al fondo, un coro compuesto por dos hombres y una mujer repite sus palabras con dramatismo.

El cura toma un libraco —La Biblia, entiendo—, lo agita a izquierda y derecha, arriba y abajo, y se lo acerca a los novios para que lo besen.

Las bodas rumanas, por lo que vemos, tienen un desarrollo diferente al de las españolas: Se sirve el primer plato; se baila; se sirve el segundo plato; se baila. Y así —creo— hasta el cuarto baile.

Yo, como de costumbre, no quiero bailar.

—Esta canción que está sonando es… —empieza a articular M2.

—Despacito —respondo.

—No…

—Sí.

—No, no es Despacito.

—¿Qué te juegas?

—Si no lo es, bailas conmigo.

—Hecho.

No es.

Bailo con ella.

Cuando estamos degustando el segundo plato, M2 se empieza a reír.

Una de las singularidades de M2 es que le hace gracia absolutamente todo excepto el humor. No le hacen gracia los humoristas. No le hacen gracia los memes. Pero se parte de risa al hacer una reflexión aparentemente neutra.

—¿De qué te ríes? —le pregunto, sonriendo.

—De que hace años estaba aquí, en Rumanía, con mi contraprima, y ahora estoy contigo. Es muy curioso.

Continúa riéndose y comienzo a reírme yo también.

M2 se está riendo.

M2 se está tronchando.

Yo también me estoy tronchando.

La situación es desopilante.

—R y M3 van a pensar que nos estamos riendo de ellas —señala M2 con dificultad.

—¡Ay, qué risa! —exclamo yo, ya llorando sin mesura, tratando de ocultarme sobre su hombro.

Decidimos marcharnos a eso de las doce y media de la noche. Sabemos que, si nos vamos más tarde, estaremos destruidos al día siguiente.

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