Crónicas rumanas (2): La mitad de ochenta y cuatro no es necesariamente cuarenta y dos

He buscado en Internet cuáles son las mejores cafeterías para desayunar en Bucarest y he sugerido que optemos por Origo. Pero una vez sentados a la mesa, comprobamos que es una cafetería muy centrada en el café que descuida la oferta gastronómica. Si nuestra intención es desayunar algo más que pan de plátano —y lo es—, la camarera nos recomienda Trafic, que debe de ser del mismo dueño, pues nos entrega una tarjeta de visita con las señas del local.

Tras un copioso desayuno —en el que empiezo a constatar que el pimiento que en España llamamos «del piquillo» va a estar muy presente en los platos rumanos—, recorremos Calea Victoriei hacia arriba y hacia abajo, en busca del célebre callejón de los paraguas.

—Tengo la sensación de que estoy de viaje —dice M2—, pero no de que sea mi cumpleaños. Si tuviera, no sé, una corona o algo…

—Un segundo —le digo.

Apoyo la mochila en la acera. Deslizo la cremallera —rrrrr—. Saco una bolsa. Extraigo de ella un collar de flores rosas que lleva incorporados unos leds de parpadeante luz azul. Se la coloco.

Toda mi obra —literaria y vital— es la búsqueda de la expresión que ahora mismo tiene su rostro.

A mí mi cumpleaños me importa tres pepinos desde que cumplí, no sé, ¿trece años? Pero prácticamente todas las mujeres que conozco le otorgan una importancia capital. Para ellas no es un día cualquiera, como lo es para mí. Para ellas es un día especial. Clave. Un día muy emotivo. Uno de esos días que, si uno no se aplica como la ocasión requiere, puede terminar en drama.

Esto me recuerda a una de mis teorías. La he acuñado recientemente. A ver qué te parece:

Mi teoría sugiere que las mujeres son seres infantiles, con procesos cerebrales muy similares a los de los niños, cuyo infantilismo obedece al empeño de la naturaleza de que una madre empatice lo máximo posible con su hijo.

Esto explicaría que las mujeres sean capaces de ponerse a llorar a lágrima viva porque su cumpleaños no ha salido exactamente como esperaban, de molestarse si se las felicita un día antes o un día después, o de entrar con gusto en una sala de cine para ver una película de Disney de dibujos animados.

Le comento esta teoría a mi hermana. No le convence. Dice que los hombres también son infantiles. Y, claro, le tengo que dar la razón. Vaya si se la tengo que dar: En el instante en que escribo estas líneas hay millones de hombres vestidos con pantalones cortos o viendo una película de superhéroes.

No hay nadie como tú.
No hay nadie como yo.
Conozco a un tipo azul
pintado de marrón.
Y cada cual, su luz.
Y todos, un montón.
Me gusta tanto el blues
que toco un rock and roll.

Fito & Fitipaldis, Yo no soy Bo Diddley

Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.

Hola, Ana.

M2 quería comprar velas. Quería un tres y un uno de cera, con sus respectivos pabilos. Iba a comprarlas en Madrid, pero lo fue aplazando. Y ahora estamos en Bucarest y no tenemos velas.

Pero Bucarest no es Somalia, ni el Desierto de Atacama.

—Vamos a buscar las velas —propongo.

Enseguida encontramos una tienda de alimentación. Pequeña; con lo básico.

M2 halla unas velas junto al mostrador. Son velas cilíndricas y chatas. Toma una. No es lo que buscamos, pero se puede encender y soplar. Algo es algo.

Con poca esperanza, le pregunta a la cajera si tiene velas con forma de números. Contra todo pronóstico, la cajera dice que sí y abre frente a nosotros una caja de cartón en la que hay algunas velas.

Pero no hay ningún tres.

Cojo un ocho.

—Lo partimos por la mitad.

La cajera entiende lo que pretendo y nos ofrece un cuatro para fabricar un uno.

La mitad aritmética de ochenta y cuatro es cuarenta y dos. Pero la mitad geométrica es treinta y uno.

Obtenemos más lei en un local de cambio de moneda.

Nos acercamos a contemplar el Parlamento. Casa del Pueblo, lo bautizó Ceaușescu, siguiendo ese hábito tan arraigado en los dictadores comunistas de vivir como dioses a costa de los adocenados ciudadanos, mientras les hacen creer que lo hacen todo por y para el pueblo. (No importa cuántos dictadores comunistas hayan hecho antes exactamente lo mismo, que el estúpido populacho los seguirá creyendo.)

Tenemos las velas; falta la tarta. Pedimos una porción de pastel de chocolate en una cafetería que hay enfrente del hotel y nos sentamos para la ceremonia.

Corto las velas con el cuchillo. Las colocamos en la tarta. M2 pide un mechero. Las enciende.

M2 me había dicho semanas atrás que quería que le cantase el Cumpleaños Feliz en rumano. Y ya he explicado antes que, cuando se trata de cumpleaños y mujeres, lo mejor es no jugársela.

—Mulţi ani trăiască, / mulţi ani trăiască; / la mulţi ani […].

M2 solpla las velas.

Felices treinta y uno.

Llega la hora de los regalos.

Durante toda la semana le he dado vueltas a cómo proceder.

Le he comprado un ukelele. Pero viajo con mi sempiterna mochila negra de veintiocho litros y con una funda de traje, y es evidente que no entra en ninguna de las dos.

He utilizado el Teorema de Pitágoras por primera vez en treinta años para calcular cuánto tendría que medir una maleta para que el ukelele cupiese en la diagonal. Las medidas estarían justo en el límite de lo que la compañía permite como equipaje de mano.

Pero no dispongo de dicha maleta y, aun si la adquiriese, la presencia del ukelele apenas dejaría espacio para todo lo demás.

Pienso en escribirle a M2 una nota en la que le explique que le he comprado un ukelele. Pienso en fotografiar el instrumento y mostrarle la foto durante la celebración. O en enviársela para que le llegue a su teléfono.

Ninguna de las opciones que contemplo me dejan satisfecho. No puedo llevar el ukelele, pero tampoco puedo delegar en lo virtual. La sorpresa no casa tan bien con lo aparente como lo hace con lo tangible.

Entonces se me ocurre la idea salvadora: le regalaré la funda. Doblaré la funda, la envolveré en papel de regalo, y se la entregaré.

M2 abre el paquete. Sonríe. Mira la funda. Continúa sonriendo. No termina de comprender. ¿Qué diablos es eso? ¿La funda de una raqueta?

—El ukelele lo he dejado en mi casa —le digo, mostrándole (ahora sí) la foto que he tomado en casa para tal fin.

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