Crónicas rumanas (1): Los caprichosos senderos del vínculo afectivo

No me dolían los oídos en un avión desde aquel fabuloso viaje de fin de semana que hice con mi amigo M en el año de gracia y del cerdo de dos mil siete de nuestra era.

A ambos nos habían dejado nuestras respectivas cerdas. (Te prometo que iba a escribir «novias» cuando se ha colado, a modo de okupa, esta expresión tan burda con la que el protagonista de la novela Historias del Kronen alude a las parejas. Que Dios nos perdone.)

Aquella mañana, M y yo estábamos hablando por Messenger —sí, si: el de Microsoft— cuando, de repente, le pregunto a mi amigo:

—¿Y si nos vamos a París?

Y él me replica:

—¿O a Ámsterdam?

No me lo pienso.

—A Ámsterdam.

Unas semanas más tarde nos hallábamos en el aeropuerto de Ámsterdam, tumbados en sus sillones rojos, durmiendo de cuatro a seis de la mañana.

Doce años y no sé cuántas mujeres más tarde, voy con mi novia rumbo a Bucarest y vuelven a dolerme los oídos.

«El arte es riesgo. Siempre lo ha sido. Si estás completamente seguro de que lo que vas a hacer va a ser maravilloso, probablemente no lo sea.» (Francis Ford Coppola.)

Le pregunto por Twitter a Pérez-Reverte por qué se llama «datáfono» lo que, a mi juicio etimológico, debería llamarse «teledata». No me contesta.

En el aeropuerto cambio unos pocos euros a lei. Enseguida localizamos un taxi. Le pedimos al taxista que nos lleve a nuestro hotel.

Faltan unos segundos para que estemos a punto de tener un accidente. Pero eso M2 y yo lo ignoramos. Charlamos distraídos en los asientos traseros.

Yo no me llevo el susto porque veo que un coche frena en la distancia y asumo que, si yo lo he visto, también lo habrá visto el taxista.

Pero M2 se encuentra de pronto con el frenazo del taxi, a escasos metros del otro vehículo. Se asusta.

No contento con ello, el taxista se pica con el conductor —con ése o con otro; no lo tengo muy claro—. Comienza a acelerar y maldice en su lengua rumana mientras le dirige ostensibles gestos manuales razonablemente universales.

M2 me contó que durante los viajes le venía una frase a los labios de forma recurrente:

«Van a matarme.»

Esta noche, el taxista ha estado a punto de hacerlo.

Todo encaja. El círculo se cierra. La muerte no descansa.

—It's okay! It's okay! —le grita M2 al taxista—. He's crazy! We don't want to die! It's okay!

El taxista refunfuña pero consigue dominarse.

—Sorry. It's my fault.

Cada vez me cuesta más leer novelas con narrador omnisciente sin sentir algo parecido al asco.

El buenismo es el disfraz moral de quienes no son buenos.

Llegamos felizmente íntegros al hotel. El recepcionista está empeñado en que M2 abone una cantidad superior a la que le corresponde. El plus es una especie de fianza por si hacemos efectivo el desayuno del bufé del hotel.

M2 no termina de entender el porqué de dicho cargo. El recepcionista hace operaciones en la calculadora una y otra vez y le muestra a M2 cantidades que, al estar expresadas en lei, no hacen sino confundirla más.

—Es nuestra política —sentencia el counter man, como he bautizado en mi cabeza al joven recepcionista.

Recelosa y resignada, M2 accede a que retiren temporalmente de su cuenta el dichoso fondo.

Un par de horas más tarde, tumbados ya en la cama y a punto de apagar las luces, procedemos a colocarnos nuestros respectivos antifaces. Es la primera vez que uso antifaz para dormir y, el hecho de que vayamos a compartir esta peculiar experiencia, nos llena de una desbordante e injustificada emoción.

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