Crónicas jordanas (4): Morir de frío en Wadi Rum

Nuestro conductor —G— nos facilita sobremanera las gestiones para dormir en el desierto de Wadi Rum. La reserva la hizo María por Internet la noche anterior, pero G se encarga de que pasemos satisfactoriamente un control y de hablar con un joven para que nos lleve en coche al campamento.

Nos trasladan en un jeep. Cuando el conductor nos pregunta si queremos ir dentro o fuera del vehículo, no lo dudamos demasiado:

—Outside.

La luna brilla imponente sobre el azul oscuro del cielo acotado por dos montañas. Los últimos rayos de sol dicen adiós mientras el automóvil bota —y nosotros con él— con las múltiples irregularidades del terreno.

El movimiento acrecienta la sensación de frío, pero el abrigo, la bufanda y la gorra me protegen haciendo la travesía bastante llevadera.

En mi imaginario —cándido imaginario, constato ahora— ocuparíamos una jaima convenientemente acondicionada, que contaría con uno o dos radiadores que nos harían reírnos del frío desde el confort burgués de nuestro refugio.

Pero la realidad me golpea en la cara con la ineluctable autoridad que sólo ella posee: cubículo metálico tipo container, ventanas que son meros recortes de abrelatas en el metal de las paredes y que permiten, por no estar sellados los bordes, que el viento penetre entre sus rendijas, una cama y dos discretas mesillas de noche como único mobiliario. Total: diez metros cuadrados estimando al alza.

Hace un frío atroz.

Suelto la mochila. Me descalzo y, con la ropa que llevo puesta, me meto en la cama y me tapo con las dos mantas más gruesas que he visto en mi vida. Pesan como planchas de plomo.

Me cubro por completo, cabeza incluida.

Estoy congelado. Tirito.

Mi plan es permanecer cubierto durante unos minutos para entrar en calor con el vaho de mi respiración.

María se ríe:

—Qué exagerado. No hace frío.

Cuando por fin mi cuerpo alcanza una temperatura decente, María se me pega para que le dé calor, y a mí, ninguneado por ella hace escasos minutos, me sale decirle:

—¡No me robes mis recursos energéticos!

Salimos de la caseta y nos dirigimos al comedor, que está a medio minuto, pasando los baños.

Cuando por fin mi cuerpo alcanza una temperatura decente, salimos de la caseta y nos dirigimos al comedor, que está a medio minuto, pasando los baños.

El comedor pinta mucho mejor que nuestro gélido cubículo: sala amplia y dos estufas de butano que hacen mucho más agradable la estancia.

La cena está servida: pollo con arroz —traducción para vegetarianos: arroz— y platillos con hummus, pasta de judías, verduras, aceitunas… y halva, mi descubrimiento del viaje: una especie de baklava que consiste en un bloque blanco de pasta de almendra apelmazada, muy dulce.

Mientras María va al baño, escucho a las tres machorras que tengo al lado y pienso: «Yo diría que son rumanas». Y como por ensalmo, mi suposición se confirma del único modo en que podía hacerse: una de ellas les pone un vídeo en el teléfono a las otras, y escucho los primeros compases: «Mulţi ani trăiască, / mulţi ani trăiască; / la mulţi ani […].»: la canción del cumpleaños feliz: las únicas palabras que conozco en rumano.

Después de cenar le pedimos al encargado una estufa: nuevo ejercicio de candidez. Nos entrega otra manta.

Tres mantas y varias horas más tarde, duermo plácidamente.

Me despierto. Son las cuatro de la mañana.

Llueve. Voy a ir al cuarto de baño.

María está despierta. Y está helada.

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