Crónicas jordanas (3): El perro, la nieve y El Tesoro

Hemos quedado con G en el recibidor del hotel a las seis y media de la mañana. G es el conductor con el que hemos concertado la excursión a Petra.

En un principio, nuestra intención era que nos llevara a Petra, luego al desierto de Wadi Rum, y que después nos condujese de regreso al hotel. Y que al día siguiente —viernes— visitásemos fugazmente el Mar Muerto.

Pero la noche anterior pensé que la excursión del jueves era una verdadera paliza y que, además, el viernes nos iba a sobrar medio día para ver Amán; y que eso era mucho tiempo, habida cuenta de que teníamos la impresión que no nos quedaba por ver nada significativo en la ciudad que justificase dedicarle tal cantidad de tiempo.

De modo que le propuse a G que nos llevase a Petra y después a Wadi Rum, pero que nos permitiese pernoctar en dicho desierto. Y que al día siguiente nos llevase a Áqaba —ya que estábamos, por qué no aprovechar la relativa proximidad y conocer el Mar Rojo— y al Mar Muerto antes de devolvernos a nuestro hotel.

G aceptó y sorprendentemente, para mayor alegría nuestra, apenas incrementó el precio de sus servicios en diez dinares jordanos.

Tras un rápido desayuno en el bufé de hotel, María sube a la habitación y yo me encuentro con G en el hall.

Mantenemos una conversación en inglés un tanto anodina sobre Amán y sobre el tiempo.

—One day, four seasons —dice G, refiriéndose a lo cambiante que es la atmósfera jordana.

En esos momentos, llueve.

María se reúne con nosotros, subimos al coche, y G pone rumbo a Petra.

Al cabo de hora y media aproximadamente, paramos en un apeadero. Un perro se nos acerca con curiosidad. Y María, que es cinofóbica, pega un respingo.

—¡Haz algo, Rafael!

—¿Qué quieres que haga? ¿Que lo coja en brazos?

Estoy muy tranquilo porque no veo que el can tenga malas intenciones. Sólo se acerca porque quiere que le demos algo de comer.

Pero esta preocupación de María con el perro ha sido sólo un anticipo. Un breve exordio de lo que ha de venir.

Porque el viaje continúa, y comienza a nevar.

G nos comenta que vamos a pasar por uno de los puntos más elevados de toda Jordania.

Continúa nevando. El asfalto ya apenas se distingue.

María —deliciosamente blanca y pelirroja, con su jersey amarillo de Urban Outfitters Nueva York— está atravesando un mal momento. Teme por nuestras vidas. Le hace preguntas al conductor sobre su experiencia y sobre el riesgo al que nos estamos exponiendo.

Yo estoy tranquilo porque apenas nos cruzamos con otros coches, la carretera es anchísima, y se extienden eriales ilimitados a ambos lados de la misma.

Ya no sé si es nieve, niebla o ambas cosas, pero cuando alcanzamos la cima de la montaña que hemos de subir y bajar, la blanca materia gaseosa que flota frente al parabrisas opaca todo cuanto se halla a más de medio metro de distancia.

Superado felizmente el escollo níveo, llegamos a Petra.

G nos comunica que nos esperará en el restaurante de un hotel dentro de cuatro horas, que es la duración estimada del recorrido turístico por las ruinas del antiguo reino nabateo.

Hace frío y cae una lluvia fina pero impenitente de la que protegerse es cuestión obligada. Aunque tuve la precaución de guardar el paraguas en la mochila, el viento oblicuo racheado, unido a la duración del tour, nos urgen a procurar hacernos con unos chubasqueros.

Por suerte, los encontramos enseguida en una tiendecilla. Son de color morado y nos confieren un aspecto de película postapocalípitca de serie B.

El recorrido que nos aguarda no es circular. Hemos, pues, de llegar al final del mismo y desandarlo a continuación.

El monumento más célebre del enclave es el que ellos llaman El Tesoro —Al Khazneh—: una especie de cripta elevada a templo, horadada en la piedra. Todos lo hemos visto de pequeños en Indiana Jones y la última cruzada.

Pero para llegar a él hay que recorrer antes el Siq, una garganta que serpentea entre altas paredes de roca que, según dice la Lonely Planet, se separaron a raíz de un terremoto.

El Siq se está llenando de charcos —la lluvia no ha mostrado la menor intención de detenerse—, que sorteamos con paciencia mientras continuamos avanzando.

Haber venido a Petra en enero y con este tiempo tan desapacible tiene sus ventajas: el número de turistas es tolerable.

El camino es cuesta abajo. Cada pocos minutos, sube o baja un burro al trote jadeando —babas fuera— mientras el conductor del carro tira de las riendas o atiza con una vara al pobre animal para que continúe funcionando como una máquina de transportar insensibles.

Después de una buena caminata, un último recodo, y ahí lo tenemos frente a nosotros: El Tesoro

Es impresionante; pero no me impresiona. No hay contradicción en mis palabras: es la consecuencia de ver fotografías de los lugares y monumentos antes de hacerlo con los propios ojos. Por eso me reafirmo en mi idea de que las guías de viaje sólo deberían contener texto. Y en que uno debería ser capaz de resistir la tentación de los reportajes de vídeo. Pero es fácil sucumbir a ellos porque, junto a la literatura de viajes —tan apreciada por mí—, son la única metadona viajera que uno se puede suministrar en épocas de exasperante inmovilidad.

—¿Te impresiona? —le pregunto a María.

—No. Me lo imaginaba más grande.

María es un hueso aún más duro de roer: a ella el Templo Dorado de Kioto no le hizo ni cosquillas en el espíritu.

Pasado El Tesoro avanzamos por Wadi Musa y llegamos a un anfiteatro nabateo/romano. Ahí justo, frente a sus gradas de piedra, miro a María a los ojos y me expreso en los siguientes términos:

—Eres ideal.

Seguimos caminando durante quince o veinte minutos; pero tenemos la sensación de que ya no nos queda mucho más por ver, así que damos la vuelta.

Lo que antes eran charcos, ahora es un Amazonas que anega la casi totalidad del cauce del Siq. Ya no es suficiente con evitar los charcos: ahora hay que poner el pie y confiar en el espesor de la suela.

Sucede lo inevitable: uno de mis zapatos se sumerge hasta el empeine y se moja el calcetín. Y, al poco, lo mismo sucede con el otro zapato.

Antes tenía los pantalones ligeramente húmedos y la lluvia me mojaba la cara y chorreaba por la visera de mi gorra; y no era agradable. Pero ahora me doy cuenta de que tener los pies secos o mojados es lo que marca la diferencia entre el bienestar y el malestar.

Una vez hemos desandado el camino y regresado a la civilización, entramos en el hotel donde nos ha citado G una hora más tarde.

Subimos al restaurante, que se halla en uno de los pisos superiores, y allí nos descalzamos de la manera menos indecorosa posible, y reponemos las energías perdidas con un generoso almuerzo.

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