Crónicas jordanas (2) Despertar en Jordania con un jamalajá

Hemos dormido muy pocas horas cuando el jamalajá ferromagnético del muecín comienza a manar de los altavoces del minarete de la Mezquita del Rey Abdalá.

Con un ojo abierto y el otro cerrado, distingo la silueta de María saliendo disparada de la cama en dirección al ventanal.

Desde que los escuchara por vez primera en Estambul, la salmodia de los musulmanes despierta en mi novia un arrobamiento de incierta explicación.

Cuando escribo mis crónicas viajeras tengo la sensación de ir en una montaña rusa con una antigua cámara de fotos de acordeón: sé que todo cuanto consiga recoger en mi cuaderno en estos viajes tan apresurados, saldrá inevitablemente borroso o fuera de cuadro. Algo así como lo que afirma Josep Pla en Fin de semana en Nueva York a propósito de sus reportajes: «[…] no tengo la pretensión pueril de haber descubierto nada nuevo, porque daría risa, en tan poco tiempo y en países tan diferentes y de tan grandes dimensiones». Mas me consuela pensar que, tal y como Pla añade: «[…] aunque pasara por encima y curioseando como embobado, me doy por satisfecho si alguna vez me ha salido plausiblemente el toque humano, social y geográfico que entreví».

La mezquita desde la que se convoca a los fieles al rezo se halla ciertamente próxima a nuestro hotel. El día ha amanecido plúmbeo y frío, y en los minutos que dura el paseo ya me hago la idea de que el tiempo no va a poner de su parte para que disfrutemos la experiencia viajera.

La gran cúpula azul de la mezquita fulge como un oasis de belleza en medio de una ciudad de alexitímica fealdad.

Muy cerca de la mezquita, una iglesia con su evidente cruz. Curioso, tratándose de un país musulmán. Aunque no del todo sorprendente, si tenemos en cuenta su cercanía a Israel. Claro, que, también Tailandia y Malasia están una al lado de la otra y nada tienen que ver en materia religiosa.

Para entrar en la mezquita hay que atravesar una amplia tienda de recuerdos en la que se despachan desde imanes para nevera hasta alfombras y mesitas.

La empleada que nos atiende es venezolana. Nos indica que María debe cubrirse con una especie de chilaba negra con capucha, que le entrega.

Atravesamos la tienda, salimos de nuevo al exterior, y pagamos nuestras entradas.

Mujeres y hombres deben entrar en salas diferentes. Acuerdo con María vernos fuera unos minutos más tarde.

La sala en la que entra María, cuyo interior se atisba desde la puerta, no es excesivamente espaciosa. La que a mí me corresponde, por contra, es enorme. Es la estancia principal de la mezquita.

Tras dejar mi calzado en un zapatero situado junto a la entrada, cruzo el quicio y me admiro de la majestuosidad del espacio: el suelo es una alfombra continua; del techo pende una lámpara ilimitada.

Un hombre reza de rodillas al fondo de la sala.

Estoy a un lado de la puerta, apenas a medio metro de la misma. Desde fuera se acerca un ganapán: sonrisa nerviosa y astrosa dentadura.

Me pregunta si soy italiano.

—Spain.

No le entiendo nada más, pero no hace falta tener don de lenguas para saber que este bigardo lo que quiere es parné.

—Jámala, jámala, money, jamalajá.

—I don't understand.

Más palabras en árabe, entre las cuales, nuevamente, sólo distingo money.

Me encojo de hombros como si no lo entendiera.

—I don't understand. Sorry.

Dejamos atrás la mezquita y caminamos hasta el centro de la ciudad. Las calles de Amán son como la de La Habana pero sin gracia: dos de cada tres locales están, no ya abandonados, sino destruidos. Las fachadas de todos los edificios son de un ocre que no sé si atribuir al color de la pintura o a un hipotético tizne ocasionado por el viento al frotar contra ellas partículas de arena.

En un pequeño comercio de hierbas y especias a granel adquirimos manzanilla y anís estrellado para preparar por la noche en el hotel unas infusiones carminativas.

No conseguimos orientarnos, por lo que entramos en un local de cambio de moneda y le pedimos ayuda al dependiente. Nos da una consigna: preguntar por un lugar —Jebel Amman— cuya grafía nos apunta en una pequeña libreta propagandística que nos regala.

Después de visitar el teatro romano, subimos a un taxi que nos conduce al Templo de Hércules. Se halla en una colina desde cuya cumbre puede contemplarse una estupenda panorámica de la ciudad.

El hambre empieza a repicar en nuestros estómagos. Mientras hacemos hora para que abran el restaurante que hemos elegido —Sufra—, nos acercamos a una falafalería ubicada más abajo, en la misma calle Rainbow.

Nuestra intención es comer un falafel, pero no venden una unidad, sino varias y en bocadillo. Para nuestra sorpresa, el empleado nos regala una a cada uno, aliviando así nuestra espera.

Es Sufra nos reciben con unas aceitunas muy sabrosas servidas, no en un cuenco, sino en un bote de cristal, como el de los pepinillos o el de las propias aceitunas.

Nos despachamos a gusto: María pide mansaf —cordero sobre arroz, con caldo por encima—, uno de los platos más típicos del país, y yo pido lentejas con no sé qué y unas patatas fritas con huevo —mfarakeh, en árabe, huevos rotos sin jamón, en mi pueblo— que también resultan ser un clásico de la gastronomía jordana. Compartimos unos falafeles.

He estado tentado en varias ocasiones de deshacerme de la libreta que nos han regalado por la mañana. Cuando María se ausenta para ir al cuarto de baño, la travesura se dibuja sola en mi cabeza: me levanto, me acerco a un perchero en el que cuelgan algunas prendas de abrigo de los clientes, e introduzco la libretita en el bolsillo de una chaqueta.

«Ahí la llevas», digo para mis adentros.

Detrás de María hay un señor con bigote, que bautizo como The Observer, que se encarga de hornear el pan. Lo saludamos. Y más tarde, al marcharnos, le decimos adiós con la mano de un modo absurdamente reiterativo.

Una vez finalizado el copioso almuerzo, vamos a Books@Cafe, donde pruebo por primera vez el café turco. Y donde voluntariamente cometo la osadía de añadirle leche.

A falta de mejores ideas, decidimos visitar el Mecca Mall, el centro comercial más grande de la ciudad.

Allí curioseamos entre los estantes del supermercado y nos comemos un par de dulces de forma cúbica. Recorridas todas sus plantas y varios de sus pasillos, abandonamos el centro y tomamos un taxi.

Llueve, y el camino de regreso pone a prueba mi paciencia; no sólo por la densidad del tráfico, sino porque el taxista no tiene empacho en prenderse un cigarro después de otro. La decisión con la que bajo la ventanilla no parece disuadirlo.

Ya en el hotel, preparamos como podemos las infusiones —no disponemos de filtro; uso el vaso de lavarse los dientes para tratar de depurar el preciado líquido; me quemo la mano—, y apagamos la luz sabiendo que, en unas pocas horas, nos tenemos que despertar.

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