Crónicas egipcias (y 7): Las suelas siempre dicen la verdad

Nuestro penúltimo día en Egipto —el último consistirá únicamente en ir al aeropuerto y tomar el avión de regreso— lo dedicamos a caminar por El Cairo.

Uno de los grandes placeres de los que uno puede gozar cuando viaja es el de recorrer a pie una ciudad. No existe un mejor modo de conocerla, de palparla, de entender cómo respira.

En vista de cómo se presenta el tráfico, deambular a pie de un sitio para otro es una utopía que ni siquiera había considerado. Pero, no sé muy bien cómo, hacerlo es una decisión que ya hemos tomado sin verbalizarla siquiera.

Partimos del Hotel Conrad y, ninguneando el Museo Egipcio, llegamos a la Plaza Tahir. Desde ahí ponemos rumbo al Café Riche.

Por el camino se nos adosa un hombre de unos sesenta años, que nos da palique. El Café Riche está aún cerrado, y él nos comenta que tiene una tienda justo enfrente. Aceptamos visitarla, con la vaga intención en mi caso de comprar algún objeto curioso si allí lo encontrase.

De modo sutil y obviamente calculado hasta el milímetro, este señor nos deja con sus hijos y desaparece de la escena.

La hija atiende detrás del mostrador. El hijo se dice artista. Vive y expone en Lyon, afirma. La tienda está llena de falsos papiros pintados. Me fijo en uno en tonos azules. Es el único que me dice algo de toda la tienda.

María, en cambio, ficha uno de cantosos colores flúor.

—Este he tardado un mes en pintarlo —dice el tío jeta, cuando se huele en una milla a la redonda que es el típico dibujo de pintura rápida que hacen los buscavidas en Benidorm usando tres botes de espray, un cepillo de dientes y dos posavasos.

Pero el tío seguirá dándonos coba, mareando la perdiz, preguntándonos una y otra vez cuál nos gusta más, invitándonos a un té y, finalmente, enrollando los dibujos e introduciéndolos en un canuto de cartón con la única intención de que le ofrezcamos una cantidad de dinero que le satisfaga.

Aun sabiendo que no es papiro sino hoja de plátano o similar, considero que diez euros no es un precio desorbitado. Para El Cairo seguramente lo sea, pero no para mí. Y menos si los paga María, como es el caso. Diez euros por el mío, diez euros por el suyo.

Nos vamos de la tienda molestos con el tío porque ha sido muy pesado y porque ha tenido la poca vergüenza de hacerse el dolido ante lo que él ha considerado un precio casi insultante por su valiosísimo arte. Menudo zorro.

El Café Riche ya ha abierto. Es más o menos bonito; antiguo; simple. Pero los cafés con leche que pedimos no llegan a servirse nunca. Tres cuartos de hora más tarde decidimos irnos sin conocer el motivo por el que no nos los han traído, pues apenas había dos mesas ocupadas y una era la nuestra.

Otra buena caminata por lo más profundo —y auténtico— de El Cairo nos conduce a la Ciudadela, con su Mezquita de Alabastro.

Somos incapaces de dar con la entrada al recinto y, fatigados, desistimos y tomamos un taxi.

El taxi nos lleva a Zamalek, el barrio pijo de la isla fluvial del mismo nombre.

Allí, en un local autóctono, me aprieto otro koshary. María come no sé qué vaina con pan y cosas que le sienta como un tiro. En un absurdo intento por curar su dolencia con más comida, tomamos un par de baklavas en una pastelería para ricos, que nos cuestan una horrible cantidad de dinero y no remedian el mal.

Entramos en un par de librerías y en un magnífico local —cafetería, librería, almoneda, galería de arte— llamado Sufi.

Pasamos junto a la Torre de El Cairo, cruzamos el puente, caminamos esquivando coches como podemos, usando como escudo humano a una pareja que nos precede.

—Te quiero —dice María inopinadamente cuando, muchas horas más tarde, ya casi hemos regresado a nuestro hotel.

2022-04-19

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