Crónicas egipcias (6): El otro mundo

La primera vez que vi la Pirámide de Keops fue a través del parabrisas del autobús que nos conducía a la meseta de Guiza.

Guardo esta frase como una postal en el archivo de mi memoria.

Me preocupaba —claro— que no me impresionara. Después de tantos años de espera, de tanta expectativa, todo cuanto podía hacer era decepcionarme. Y no obstante —valga el retruécano— me sorprende que sea tal y como la esperaba; esto es: grande.

Inmediatamente después surge la de Kefrén, con su inconfundible cúspide de caliza blanca que la convierte en la pluma Montblanc de la pirámides. La de Micerino no se atisba desde nuestra posición.

Soy la única persona de todo el autobús que quiere entrar en la Gran Pirámide. La mayoría lo hará en la de Kefrén, cuya entrada, o bien está incluida en el paquete contratado, o bien no lo está pero cuesta solo cien libras egipcias, frente a los cuatrocientos que cuesta acceder a la de Keops. Otras personas, como María, no entrarán en ninguna por falta de interés.

El guía que nos acompaña me entrega mi boleto y me advierte que debo reunirme con el resto del grupo dentro de veinte minutos. El tiempo apremia.

Me dirijo hacia la entrada de la pirámide. Me salen al paso algunos ganapanes que me piden que les muestre mi boleto y, fingiéndose guardianes del monumento, aducen que me falta no sé qué papel por el que inevitablemente tendría que pagar varios cientos de libras.

Paso de esos polacos, como dijo el poeta. Le muestro el ticket al guardián genuino y me adentro en las entrañas de la pirámide.

Tú no eres VERDADERAMENTE consciente de lo que significa este instante para mí. Entrar a la Gran Pirámide.

Me he preguntado muchas veces qué hay una vez que se sobrepasa el umbral y antes de que dé comienzo el supuesto pasadizo en el que te tienes que agachar. Ahora lo sé: un espacio más o menos articulado hacia la derecha, de quince o veinte metros.

A la izquierda de esta rampa ascendente se halla la otra, la que desciende unos cien metros hacia las profundidades del subsuelo. El acceso está clausurado con una cancela.

Asciendo agachado por la baja y estrecha rampa. He de esquivar a algún que otro visitante que recorre el camino en el sentido inverso.

Asciendo, asciendo, asciendo. Robo como recuerdo una piedrecita suelta que descansa en el suelo.

Llega el momento de ponerse de pie: la rampa ascendente da paso a la Gran Galería. Es increíble estar aquí.

Abajo, la Cámara de la Reina también está cerrada.

Observo las paredes, el techo, el piso. Trato de absorber cada detalle. Finalmente, alcanzo el diminuto recuadro por el que he de pasar.

Acuclillado, franqueo la entrada, atravieso la antecámara y salgo al otro lado, donde me aguarda la esperada, imponente, enigmática Cámara del Rey.

Tengo la inmensa fortuna —no sé si por el COVID, porque estamos en febrero, por ambas causas o por ninguna— de compartir espacio con una única persona. He visto vídeos en los que había cuarenta. Además, se trata de un místico: un individuo que ha aparcado su mochila y sus zapatillas a un lado y que, con los pies desnudos, con los ojos cerrados y dándole la espalda al sarcófago, medita en absoluto silencio.

Esto me permite disfrutar de un sucedáneo de soledad que no habría podido imaginar ni en mis mejores augurios.

A los pocos minutos, un matrimonio de japoneses irrumpe en la estancia. Es hora de marcharse.

Fuera de la pirámide me espera la luz. Yo ya, indudablemente, soy otra persona. Soy un hombre que ha cumplido un sueño. La vida es bella.

El autobús nos transporta a unos cientos de metros de las pirámides, donde se puede disfrutar de una vista panorámica de las mismas, incluyendo esta vez a la de Micerino.

María necesita ir al baño. Mientras aguardo junto a una de esas terribles cabinas portátiles, escucho sus alaridos procedentes del interior:

—¡Arghhh! ¡Arghhh!

La puerta se abre. Sale despavorida.

La mujer que vela —y cobra por usar— estos cuartos de baño se ríe. Ya la había advertido de que el chorro del agua del inodoro se eyectaba automáticamente al usar la cisterna. Pero parece que este dato no ha sido asimilado y el vestido de María está completamente empapado.

Tras disfrutar de la contemplación de las pirámides, subimos de nuevo al autobús y éste nos libera al lado de la Esfinge. Los turistas la atosigan como hormigas a un caramelo.

Tal y como sucediera con la tienda de perfumes, nos llevan a visitar una de papiros. Breve charla, demostración y tiempo libre para comprar. No nos llevamos ninguno.

Por la tarde tomamos un Uber que nos recoge en la puerta del hotel —precio irrisorio— y nos deposita en la acera de Abou Tarek, el restaurante de koshary más famoso de El Cairo.

El koshary se convierte de inmediato en uno de mis platos favoritos. No puede ser más simple: pasta, fideos, arroz, garbanzos, lentejas, cebolla frita, salsa de tomate picante… Parece la comida que se haría un superviviente de domingo como yo tras escudriñar la alacena y reclutar cualquier cosa que se antoje comestible.

Se diría que en El Cairo se conduce en la más completa anarquía. Pero algunas reglas tácitas han de respetarse, deduzco, pues de lo contrario habría accidentes cada cinco minutos, con sus consiguientes atascos; y no es el caso.

Me doy cuenta de que una ciudad se puede explicar a partir de sus semáforos. Las últimas que he visitado: en Atenas, no existe el verde intermitente. En París, existe, pero dura unos pocos segundos. En el Cairo no hay semáforos. Aquí cada cual cruza donde y cuando le da la gana bajo su entera responsabilidad.

Al salir del restaurante recorremos una calle larga y ancha que semeja la Gran Vía. Cogemos un taxi que nos lleva al mercado de Khan el Khalili.

Un pícaro de mediana edad nos explica que el mercado está en la dirección contraria a la que me indica Google Maps. Se ofrece a acompañarnos. Ni bien ha emprendido el paso, lo informo de que el mercado al que queremos ir es el que se halla al otro lado de la carretera.

—No, ese mercado es todo de chinos.

Niego con la cabeza.

—Nosotros vamos a ir ahí enfrente.

Probablemente querría llevarnos a la tienda de algún amigo para llevarse una comisión.

Lo dejamos rabiando y cruzamos la calzada a través de un paso subterráneo.

En efecto: el mercado que buscamos está aquí. Nada de chinos, son todo egipcios.

La mezquita de Hussein. Una plaza. Centenares de puestos.

Compramos unos imanes y unos escarabajos de adorno. Tomamos el té verde en el café El Fishawy, o Café de los Espejos.

En una pequeña tienda me hago con dos fundas de cojín. El dependiente se empeña en que le cambie o le regale mi fular color turquesa. Jamás.

El Cairo es como un sueño: se parece a la realidad, pero hay algo que no es como debería. Como en la vida misma, los viandantes caminan, los tenderos tratan de colocar sus mercancías, los coches se desplazan, los edificios se suceden. Pero siguen otras pautas y están compuestos por otras partículas. Como el onírico, este mundo está dentro del mundo pero es, a su vez, otro mundo.

2022-04-16

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