Crónicas egipcias (2): El miedo es aburrido

Que el COVID no existe sino que es un invento de la CIA lo sabe todo el mundo excepto María, que lo pilló en enero, y yo.

La primera noche en el crucero cenamos como dos apestados. Venimos de un Madrid hipocondriaco, donde la prudencia nos guarda de compartir mesa con desconocidos y de comer en espacios cerrados. Al comprobar que eso es justo lo que vamos a hacer, solicitamos al camarero que nos permita cenar en una mesa aparte. Incluso pedimos que a la mañana siguiente nos lleven el desayuno a la habitación.

Al entrar en nuestro camarote, el mundo tal y como lo conocemos toca a su fin: comienzan a sonar las trompetas del Juicio Final, María reemplaza al arcángel Gabriel y sopla el instrumento con cinco puntos de intensidad en la escala Saffir-Simpson.

¿Cuál es el problema? Hay dos: la ventana no da al Nilo y la habitación está llena de mosquitos.

La hecatombe.

María mata a todos los mosquitos menos a uno, que lo mato yo. Nunca mato ningún bicho —los capturo y los expulso—, pero no me queda más remedio porque la ventana está protegida por una mosquitera y, si la retiro, sus compañeros nos invadirán. Lo siento, mosquito; pero eras tú o nosotros.

En cuanto a las vistas al Nilo, no existe tal problema: resulta que tenemos un barco aparcado al lado del nuestro.

A primera hora de la mañana, el autobús nos conduce al Valle de los Reyes.

La primera en la frente: no vamos a visitar la tumba de Tutankamón. No entra en el paquete contratado. La entrada se puede comprar aparte, eso sí.

Dudo. Se cumple, además, el centenario de su descubrimiento. Otra efemérides egipcia: hace doscientos años, François Champollion descifró la Piedra Rosetta.

Samir, nuestro guía, nos indica que la tumba en cuestión no tiene demasiada enjundia. Su interés está más relacionado con colgarse la medalla del hito conseguido que con lo que ésta tiene que ofrecer a sus visitantes. Son más admirables, dice, las otras tres tumbas a las que vamos a entrar: las de Ramsés IX, III y I.

Las tumbas consisten en escaleras descendentes, jeroglíficos que cubren las paredes y techos y, en alguna ocasión, un sarcófago de piedra.

La inquietud me asalta de nuevo: ¿y si me arrepiento de no haber entrado en la tumba de Tutankamón? ¿No estoy comprando boletos para un futuro Síndrome del Monte Fuji?

En principio, no debería. No, porque yo he venido a Egipto para entrar en la Gran Pirámide. Es mi condición sine qua non. Esto significa que si consigo entrar, el viaje será un éxito y, si no, será un fracaso.

Miro el lado positivo: tal vez me esté librando de sufrir la llamada maldición de Tutankamón. El casoplón de Howard Carter se divisa desde la carretera.

Veo El crack. Le doy un 5 de 10.

La siguiente parada la hacemos en el templo de Hatshepsut.

Cuando ya he regresado del viaje, mi madre me informa de que allí mataron a turistas en un atentado.

Los atentados a turistas constituyen el principal motivo por el que siempre hemos considerado el viaje a Egipto más como una quimera que como una posibilidad real. Yo estaba por la labor, pero María era más cautelosa. Sin embargo, la superación del COVID le dio el impulso definitivo.

El miedo es aburrido.

Steve Pavlina

La sensibilidad, como dicen del vino, es un gusto adquirido. Para no variar, y al igual que me sucede con la pintura, la danza y el propio vino, mi capacidad para sentir algo distinto a la indiferencia contemplando monumentos es bastante limitada.

El autobús nos conduce a los Colosos de Memnón.

En el Valle de los Reyes he comprado una botella de agua y, durante el trayecto, observo que contiene una curiosa cantidad: seiscientos mililitros.

Cada coloso ha sido tallado en un solo bloque de piedra. Tienen su gracia. Yo soy más de representaciones antropomórficas de grandes dimensiones que de templos.

Una barca nos transporta a la otra orilla del río, donde aún hemos de visitar los templos de Lúxor —lo más destacable, los colosos sedentes de Ramsés II— y de Karnak —columnas para aburrir, crioesfinges, recuerdos de Muerte en el Nilo—.

Descansamos de la agotadora jornada viendo anochecer desde la cubierta del ferry.

2022-03-04

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