Crónicas cubanas (4): Vas bien, Rafael

Desayuno en el Café Arcángel. Lugar excelente, muy próximo a la casa en la que me estoy quedando a dormir.

Cambio dinero en un CADECA de las inmediaciones. Detrás de mí, en la cola, hay dos argentinas. Al principio he pensado que eran uruguayas, pues portaban un termo de agua para el mate y, por lo visto, eso de llevar el mate y el termo por la calle es una costumbre uruguaya. Pero en su diálogo dan a entender que vienen de Argentina.

En el Hotel Plaza adquiero un billete de autobús para Trinidad. Cuando preparaba el viaje decidí que, aparte de La Habana, visitaría al menos una o dos ciudades que no se encontraran demasiado lejos.

Esto no debería contártelo para no contravenir el manual del buen viajero, pero si me sueltas la pierna te lo digo: he hecho del Hotel Plaza mi centro de operaciones porque allí te venden tarjetas de Internet sin tener que hacer cola, hay wifi disponible, y te puedes sentar como un rey en los cómodos sillones del hall —ellos lo llaman lobby—.

Me tomo un café en El Dandy —cómo no—. A la salida, llamo a la madre de I, mi amiga cubana que vive en Madrid. Cuando he contado que iba a quedar con la madre de mi amiga, la gente se ha sorprendido. Pero ya que he llegado hasta aquí, ¿cómo no voy a visitar a la madre de mi amiga? ¿Soy raro? Lo sé. Gracias. Salud y neón.

Acuerdo con la madre de I que me mandará un SMS con la ubicación de la casa de su hermana —donde nos reuniremos— y la hora de la cita.

Aconsejado una vez más por B, papeo en O’Reilly 304: tacos vegetarianos y zumo de zanahoria, jengibre y no sé qué. El zumo, bien; los tacos no me entusiasman.

Tras efectuar una de mis peregrinaciones al Hotel Plaza, subo la Avenida Simón Bolívar, continúo por la Salvador Allende y sigo por la de la Revolución.

A mitad de mi paseo entro en el Centro Comercial Carlos III y descubro la total falta de dedicación que evidencian los comercios allí ubicados: cristales sucios, productos repetidos hasta el absurdo, estanterías llenas de huecos, distribución azarosa de los artículos… Días más tarde, ya en Madrid, cenando en el etíope con I, mi amiga me confirmará que casi todos los trabajadores de Cuba son funcionarios del Estado que cobran veinte dólares al mes como sueldo fijo e inmutable, así vendan cien o cincuenta mil, lo que explica a la perfección esa dejadez en su labor. Total, si vas a cobrar lo mismo, para qué te vas a esforzar.

Llego a la Plaza de la Revolución, echo un vistazo al monumento a José Martí, veo los caretos del Che —«Hasta la victoria siempre»— y de Camilo Cienfuegos —«Vas bien, Fidel»—, y vuelvo por donde he venido.

En Cuba, como en Japón, las puertas se abren girando la llave en el sentido contrario al habitual en España.

Últimamente varias personas me han dicho que tengo mucha cara. Supongo que tienen razón.

¿Quieres leer el resto de esta historia? Podrás hacerlo en mi próximo libro de crónicas autobiográficas. Suscríbete y te informaré cuando lo publique. Buen trabajo.

Archivo

Suscríbete o tendrás cinco años de mala suerte

Si quieres recibir los artículos exclusivos para suscriptores, déjame aquí tu e-mail y yo personalmente te enviaré dichos textos cuando los publique. De no hacerlo, ya sabes que tendrás cinco años de mala suerte.