Crónicas cubanas (3): Saca la clave

B me ha recomendado el restaurante Los Cinco Sentidos y hacia allá me encamino. Acierto pleno: comida exquisita —wok de verduras, arroz moro, plátano frito—, lugar limpio y agradable, trato exquisito.

Aconsejado también por B, tomo el café en la Cafetería O'Reilly. En la segunda planta, bebo mi café con leche. Aquí la leche sabe diferente; tiene un punto salado que le da al café un sabor particular.

En la televisión suena «Rosas», de La Oreja de Van Gogh. Pienso: «La Oreja de Van Gogh tiene canciones bonitas. Algunas letras —como la de esta canción— no están mal. ¿Quién será el letrista? Y algunas de sus melodías —como la de esta canción— son preciosas». Mi hermana —que toca con el piano la canción Once de marzo— también compone melodías preciosas. Mi hermana es la mejor compositora del mundo.

Qué familia tan curiosa tengo. A cada uno le ha dado por una faceta artística: a mi padre, por la fotografía; a mi madre, por la pintura; a mi hermana, por la música; a mí, ya sabes, aquí me tienes, dándole a la pianola, que diría el padre de A. A mi padre, además, siempre le ha interesado especialmente la Ciencia, y a mi madre la Historia y el cine.

Creo que todos sabemos que tarde o temprano acabaré comprándome una furgoneta y acondicionándola para viajar.

Salgo de la O'Reilly y me acerco a La Bodeguita del Medio, donde obviamente no entro.

Deambulando por las inmediaciones diviso dos mujeres vestidas de negro con viola y violonchelo respectivamente a la espalda, que al poco son abordadas por otra joven —con pendientes de Frida Khalo— que les pregunta si se dirigen a dar algún concierto. Me uno a la conversación, hablamos ella y yo unos instantes y, tras despedirnos, recuerdo que yo quería ir a La Zorra y el Cuervo —local de jazz—. Vuelvo tras ella y se lo comento.

Continuamos hablando y sugiere que nos unamos. Acaba de estar en Las Torres del Paine. Me recomienda encarecidamente que visite dicho parque nacional.

Pasamos el resto de la tarde juntos, primero en el Malecón, luego cenando un sándwich vegetal —es vegetariana, toca el violín, ha estudiado trabajo social; es chilena— y, tras una charla en el Parque Central, entramos en el Tablao —calle San Rafael—, donde tocan música cubana en vivo.

—¿Quieres bailar?

—No.

—¿No te gusta?

—No.

Al cabo de una hora, insiste. Bailamos un poco, a mi pesar —soy casi un caballero—. Me enseña unos pasos; lo justo.

Mi recién adquirida amiga me comenta que se ha comprado una clave en una tiendecilla del centro. Le pido que la saque del bolso y, una vez en mi poder, empiezo a percutir madera contra madera al innegociable ritmo del son cubano: pa, pa, pa, papá; pa, pa, pa, papá.

Pero tan pronto aprende uno lo básico, enseguida siente el impulso de trascender esos límites. Por fonética, mi palabra favorita es «mandarina». Pero por semántica, me alineo con Dragó: «desobediencia».

Empiezo a improvisar ritmos con la clave hasta que el mánager del grupo —que está sentado junto al escenario y de vez en cuando intenta colocarnos discos a los asistentes— me dirige una mirada reprobatoria y, con gestos evidentes, me pide que me detenga.

Desobediencia, sí. Pero no mala intención.

Concluido el concierto, me despido de Berni —así se llama la chilena— y enfilo calle arriba en dirección a mi alojamiento en la calle San Nicolás.

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