Crónicas cubanas (2): Turismo sexual. Sí, sí; ajá

Si nunca he usado Tinder, que es prostitución gratuita, menos aún recurriré a la de pago. ¿No te parece?

Pero como buen graciosillo que eres, al enterarte de que viajaba a Cuba te ha faltado tiempo para hacer la broma facilona de preguntar si me largaba allí a hacer turismo sexual. Reconozco que eres muy original. Nadie había hecho jamás esa gracia. En ocasiones me pregunto qué es peor, si no ser gracioso en absoluto, o intentarlo.

Aunque el comercio del sexo nunca me haya interesado, viva la prostitución. La prostitución ejercida entre adultos de manera libre y consensuada. Las feminazis abolicionistas pueden arder en el infierno. Paz.

En cuanto a Tinder, ya que estamos, el otro día me decía S —que sí es usuaria de la aplicación— que «ahí vas a lo que vas». Y me parece perfecto; nada que objetar. Lo que pasa es que yo, incluso cuando se trata de mera atracción física, encuentro que la enjundia de la conquista reside en el proceso mismo, no en el resultado. El éxito de la seducción es un valor añadido. Es como jugar al fútbol: jugar al fútbol y ganar está muy bien. Pero si te gusta jugar al fútbol, considerarás más gratificante jugar y perder que ganar sin jugar. ¿Qué encanto puede existir en ir a tiro hecho; en obtener la victoria pírrica de su cuerpo —Luis Alberto de Cuenca dixit— si en ningún momento te has tenido que armar de valor, dar la cara y exponerte a ser rechazado?

La casa en la que me hospedo en Centro Habana es generosa en estancias y sus techos se alzan a más de tres metros del suelo.

A las ocho de la mañana me presento en el salón. Luis me sirve el desayuno. El adjetivo «pantagruélico» se inventó sobre esta mesa: un plato de fruta cortada —plátano, piña, sandía, papaya, guayaba—, un termo de café acompañado de una jarra de leche, dos bollos con mantequilla para untar, huevos revueltos servidos junto a rodajas de tomate y pepino, y zumo de piña natural.

Papaya 2 - 0 guayaba.

Informática: información automática. Ésa debió de ser de las primeras cosas —irrelevantes— que nos contaron en la carrera. Bien, bueno, vale, okey, wonderfuloso.

Pero entonces, ¿cómo se explica que el ordenador sea EL ELECTRODOMÉSTICO MÁS LENTO de la casa? Porque yo al menos no me imagino abriendo la nevera y esperando dos minutos para poder coger una alcachofa…

A mi estilo lo podría llamar Nonsequiturismo. Realmente ni yo mismo sé por dónde voy a salir.

Bajo la calle Neptuno: bolsas de basura apiladas, moscas, hedor a materia orgánica en descomposición, coches de colores de los años cincuenta que pasan petardeando, ofertas clandestinas de taxis y de cambio de divisa…

El Parque Central circundado por hoteles y enseguida el Capitolio, entablillado de andamios y de mallas en la escenificación de una obra de teatro cuyo nudo se me antoja interminable.

Madrid. Mi primera vez en un Tim Horton. Me han servido un auténtico tanque de café con leche. Tim Horton: una franquicia sin encanto, valga la obviedad. Dudo que vuelva.

Lunes: B; martes: S; miércoles: quedo con D para ir a la presentación del último libro de Dragó. No puede venir, pero allí me encuentro con J, con C, con S, y conozco en persona a E —nos seguimos por Twitter—. Jueves: I; viernes: V y S; sábado: P, H y recital con E. Se me ha llenado la semana de citas sin que yo haya hecho prácticamente nada más que acatar la demanda de los otros. ¡Ah, cronófagos…! Pero sois mis cronófagos. Claro que, la vocación siempre está presente y reclama lo que es suyo. Para bien y para mal, soy un hombre con una misión en la vida.

El arte es antisocial, dijo Roger Wolfe en la presentación de la nueva edición de Todos los monos del mundo. «La literatura son cuatro paredes y un ordenador.»

«A veces encuentras en las páginas de un libro una vieja foto de la persona que amas y eso te da un tremendo escalofrío; vuelas sobre el Atlántico a más de mil kilómetros por hora…» Vale, vale, ya basta, José Agustín. Dear Wolfe: aludiste en tu blog al poema «A veces gran amor», me gustó, lo escuché varias veces, y ahora, como si de una canción del verano se tratase, sus versos se imbrican con mis pensamientos en las bulliciosas calles de La Habana.

Veo el Edificio Bacardí. Desciendo el Paseo Martí hasta el Malecón. Lo subo de nuevo. Compro un anuncio de revista antigua en la Librería Memorias.

Ni me planteo entrar en La Floridita. Recorro la calle Obispo y hago hora y media de cola para adquirir tres tristes tarjetas —no me dejan comprar más— para conectarme a Internet.

Callejeo por O'Reilly, Oficios, Mercaderes. Acuclillado, hago uso de la red wifi de la Plaza de Cristo.

Existe un cierto nivel de ociosidad en la gente. Hasta los perros —abandonados y sarnosos, los pobres— se pasan el día tirados en el suelo. Es la antítesis de Corea del Sur. En el punto justo estará la virtud. Puede que España haya sabido encontrar dicho punto.

«Decadente» es un adjetivo en cuyas letras parece anidar un gerundio. Usarlo para calificar a La Habana sería demasiado magnánimo. Porque si algo es La Habana, es participio.

La Habana. Me viene aquel verso que Fonollosa escribió a propósito de Nueva York y que no había terminado de comprender hasta ahora: «No hay nada bueno en ti. Por eso te amo».

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