Crónicas cubanas (1): De qué va Pulp fiction

Son las cinco y siete minutos de la tarde. El avión deja atrás la costa de Portugal y empieza a sobrevolar el Atlántico.

A los animales terrestres el avión siempre nos infunde, como mínimo, un razonable respeto. La idea de hallarme suspendido sobre el océano sin la posibilidad siquiera de un aterrizaje de emergencia ocupa un escalón superior en el podio de los respetos.

A veces
encuentras en las páginas de un libro una vieja foto
de la persona que amas y eso te da un tremendo
escalofrío
vuelas sobre el Atlántico a más de mil kilómetros
por hora y piensas en sus ojos y en su pelo

José Agustín Goytisolo, A veces gran amor

En la consola del respaldo delantero, veo la película Green book. Me sonaba que P había hablado bien de ella. No me desagrada. Le doy un seis de diez.

He hecho los deberes: durante los preparativos del viaje he buscado cuáles son la mejor librería y la mejor cafetería de La Habana. Son los dos datos más importantes que un viajero necesita conocer cuando llega a una ciudad. Lo demás es prescindible e improvisable.

Escucho un podcast: el programa Todopoderosos. Mi archienemigo Juan Gómez-Jurado dice sobre Pulp fiction que es una película sin argumento.

Acuéstate, Gómez-Jurado.

Pulp fiction trata de un malo que deja de hacer el mal y halla la salvación.

Es una película que cuenta la misma vieja historia que cuenta toda novela negra: el crimen no compensa. Hay un momento clave en el film: los dos gánsteres son tiroteados a bocajarro. Sin embargo, las balas no los alcanzan. Mientras que para uno —Samuel L. Jackson— aquello ha sido un milagro, para el otro —John Travolta— se trata de mera casualidad. A partir de ese instante, Jackson abandona su carrera delictiva —perdonándole la vida al atracador, Tim Roth— y se salva, mientras que Travolta continúa delinquiendo y se condena —Bruce Willis lo cose a tiros cuando sale del cuarto de baño—. El hecho de que la película esté desordenada no es caprichoso: es la manera de mostrarle al espectador qué curso siguen las vidas de los protagonistas en función de la decisión que cada uno toma. Así se le da la oportunidad de plantearse qué camino seguir cuando todavía tiene posibilidad de elección.

Son las nueve y media de la noche cuando el avión aterriza felizmente en el Aeropuerto José Martí de La Habana. Me dirijo a cambiar moneda a una de las CADECA que hay a la salida. En la cola hablo con unas españolas que viven en Londres. Unas loquitas.

Tras obtener pesos convertibles (CUC), trato de cambiar algunos para obtener pesos cubanos (CUP) y así poder llamar por teléfono. Pero desisto cuando el camarero de una de las cafeterías del aeropuerto me indica que todas las cabinas telefónicas que hay allí funcionan con tarjeta. Y las tarjetas no se pueden adquirir hasta que el establecimiento correspondiente —de ETECSA— abra sus puertas por la mañana.

Un taxista me ofrece su servicio.

—¿Cuánto?

—¿Adónde vas?

—Centro Habana.

—Treinta CUC.

—Venga.

Para evitar que el taxista me lleve a un descampado y me atraque, le digo que es probable que pasado mañana me dirija a alguna otra ciudad. Y que, ya que lo conozco a él, lo podría llamar por teléfono para que me lleve.

Me entrega su tarjeta de visita y se pasa todo el trayecto relatándome los pormenores de los tours que ofrece al turista sin saber que no tengo la menor intención de llamarlo, que sólo quiero que la idea de ganar dinero dentro de unos días lo disuada de la de intentar robarme esta noche.

Tras llegar a mi destino —Los Balcones de Lorena—, el taxista llama por teléfono a los dueños de la casa y los avisa de que ya estoy en la puerta para que bajen a buscarme.

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