Crónicas coronavíricas (7): El inquietante simulacro de convivencia

Ayer quedé con X. Inauguramos así la denominada Fase uno del estado de alarma, que permite reunirse en las terrazas de los bares.

Las ideas políticas de X se hallan más o menos próximas a las mías. Con sus matices, ambos nos consideramos liberales. Sin embargo, a diferencia de mí, X siempre ha evitado pronunciarse políticamente en su vida pública.

Ser liberal —que en palabras de Javier Milei consiste en defender el respeto irrestricto del proyecto de vida del prójimo— te convierte en un intruso, en un paria, en un indeseable en esta tierra de encendidos apóstoles del socialismo.

—Es que estos tíos —protesta X—, como son así, no pueden aguantar ni cinco minutos sin empezar a atacar a la derecha. Y enseguida empiezan a gritar: ¡Es que tal político es un hijoputa!. Y, claro, yo me callo. Pero es que, si te callas, el otro ya comprende automáticamente que tú no piensas como él. Porque, si así fuese, lo habrías secundado gritando: ¡Sí, menudo cabrón!.

Entiendo la postura de X. No niego que, en alguna ocasión, cuando he comprobado que la gente —incluso personas cercanas por las que sentía una simpatía mutua— me ha dejado de hablar, me ha dejado de seguir en las redes sociales, los lectores me han dejado de leer porque soy de los otros, es decir, un monstruo…, cuando he observado las consecuencias de posicionarme políticamente, no he podido evitar que pasase por mi cabeza la pregunta: ¿Realmente merece la pena pronunciarme?.

Pero la respuesta es sí. Porque no hacerlo es ponerte de parte de los que sólo admiten como válida su opinión. Es entregarle el bate a tu agresor para que te pegue con él. Es convertirte en víctima del Síndrome de Estocolmo. Es seguirle el juego al intolerante. Es faltarte al respeto a ti mismo. Es contribuir a que sólo le esté permitido hablar a quien piense de una determinada manera. Cuanta más gente siga comportándose como X, más consecuencias negativas tendrá actuar como yo. A los intolerantes no se les respeta; se les educa. Y para educarlos hay que decirles aquello que no les gusta escuchar.

Hace algunas semanas me enteré del fallecimiento de Carlos Pujol a consecuencia del coronavirus. Guardo de él un buen recuerdo. Me llamó en una ocasión, allá por el dos mil trece, calculo. Él trabajaba para la editorial Alrevés, y yo para el Congreso de los Diputados. Fue una conversación breve. Yo les había enviado el borrador de mi novela 8888, y él me llamaba para decirme que le había encantado y que, si los otros tres miembros del comité de evaluación estaban de acuerdo, la editarían.

Nunca sucedió. Le escribí algún tiempo más tarde para preguntarle por la resolución que habían tomado, pero no obtuve respuesta. ¿No les gustó el libro a los demás integrantes del comité? Es posible. ¿Desestimaron su publicación porque el director de la editorial me seguía en Twitter —ya dejó de hacerlo— y consideró inaceptable que alguien con mis ideas políticas —defender el respeto por las vidas de los demás— publicase bajo su sello? Es posible.

Ya poco importa, pues después de aquel silencio administrativo procedí a publicar yo mismo la novela en Amazon. Y, naturalmente, seguí opinando a mis anchas, a diestro y siniestro, en las redes sociales.

El rapero Tote King cuenta que, cuando se pronunció políticamente, perdió un montón de seguidores:

Hay mucha gente que… todo es aséptico. No se mojan jamás. No dicen nunca nada. […] Y la gente callada. Porque: ¡Ay, que me da miedo perder los numeritos! ¡Ay, que me van a bajar los numeritos! ¡Vete al carajo! ¡Los numeritos! ¡Nos vamos a morir mañana! ¡Gilipollas! La gente no entiende eso.

Mi novia se vino a vivir a casa durante una semana. Cuando surgió la idea, en mi ánimo la preocupación empezó a competir con la alegría. Se agolpaban inquietudes de orden práctico: ¿Cómo haremos a la hora de cocinar, si yo soy vegetariano y ella no? ¿Cómo haré para no despertarla cuando me levante una hora antes que ella? Tendremos que pensar qué compramos en el supermercado; y cuándo. ¿En qué habitación desarrollará cada uno sus respectivos proyectos personales?.

Ella, en cambio, estaba relajada. Y confiada. No veía en el horizonte los problemas que veía yo.

En mi cabeza, además, aparecía otra preocupación cuando me imaginaba el devenir de la convivencia. A mí no me preocupaba ella, sino yo mismo; mi carácter. Después de quince años viviendo solo con muy puntuales excepciones, temía que las lógicas e inevitables alteraciones del silencio y del orden —espacial, temporal y disciplinario— me condujesen a un estado de frustración que me hiciese reaccionar de un modo poco conveniente.

Afortunadamente, todo salió bien. Tal y como ella presagiaba, la convivencia transcurrió en perfecta armonía, y los asuntos de intendencia doméstica se resolvieron sobre la marcha de la manera más natural.

El simulacro, pues, fue un éxito. Las perspectivas de futuro son halagüeñas.

Día ochenta desde que se decretó el estado de alarma.

Doscientos ochenta y siete mil doce casos confirmados en España. Veintisiete mil ciento veintisiete decesos.

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